Hace poco subieron esta película a HBO MAX, aunque la fecha de lanzamiento fue el 2019, jamás la vi en ese momento. A los ojos de cómo está el género hoy, debo decir que no es exageradamente lo mejor que vi pero sí recuperé algo que en los últimos años le había perdido el gusto, el entretenimiento por el susto y ya. Creo que el “terror elevado” como le dicen por ahí ha empezado a penetrar sin duda en el gusto y disfrute del espectador promedio. No por nada, A24 se estaría replanteando toda su “curaduría” de guiones, ya que subiría de nivel en el mercado. Muchos dicen que es el fin de su poética y de ese estilo tan marcado que tienen sus películas. Yo creo que por el contrario, más difícil va a ser encontrar en un futuro muy cercano películas como Polaroid. No por nada, apenas comienza, si disfrutaste del cine de terror de los 90 vas a reconocer la productora, no es más ni menos que Dimension Films, distribuida por Miramax en aquel entonces (otra productora que como A24 había permeado su poética al público de aquella época).

El guion de la peli está muy bien, parece que Blair Butler conoce muy bien el mecanismo del género de los slasher sobrenaturales típico de los 2000 y lo articula perfectamente con la puesta en escena de Lars Klevberg que nos trae pocos sustos pero certeros. Está basada en un corto del mismo director que acumuló premios en algunos festivales específicos del género y otros no tanto. Lo que más me llamó la atención fue como la ambientación y el tema están sumamente ligados a la dimensión aleccionadora que siempre ha tenido, desde sus comienzos, el cine de terror y cómo algunos detalles del espacio son absolutamente contemporaneos.

La trama es muy sencilla, centrada en adolescentes que hacen algunas cosas mal y se dejan llevar por la banalidad. En este caso el objeto del mal o la amenaza es una cámara Polaroid que tiene en su interior un especie de demonio antiguo, que mata a toda persona que aparezca en una foto tomada por esa cámara. Una especie de profecía autocumplida, un sinoasiago a lo Final Destination o The Ring donde los personajes van muriendo uno a uno, sin importarnos mucho que así suceda, ya que obviamente el artilugio dramático está puesto en que solo sintamos un poco de identificación por Bird (Kathryn Prescott), una estudiante que no tiene muchos amigos. No le interesa salir pero conoce mucho sobre fotografía, cámaras antiguas y es una espectadora de la realidad, sin involucrarse demasiado. Su compañero de trabajo y parecería un posible romance, le regala una cámara Polaroid de los 70 que encontró en una típica venta de garage. Este pibe la intenta besar, pero ella se resiste y escapa de la situación. Luego nos enteramos que en realidad Bird tiene ojos solo para Connor, un chico bastante unidimensional, ya que no nos explican mucho quién es y tampoco importa mucho. Solo sabemos que la protagonista se siente atraída por él, y que la primera vez que lo vemos es a través del típico y artificioso plano que simula una subjetiva del ojo de la cámara. Ella necesita resguardarse de la realidad y de las personas, por eso usa siempre un objeto, como la cámara. Pero no es el único, también usa un pañuelo en su cuello que cubre algo que ella no quiere que vea el resto de las personas y que es un indicio de por qué ella siente que debe protegerse de las demás personas. Esto es algo súper aleccionador, y muy típico del género. Si ella pudiese abrirse, compartir con sus compañeros más y no ser tan ermitaña seguramente no hubiese trabajado en una casa de antigüedades en un pequeño pueblo y tener gustos por cosas viejas que deberían estar en la basura como la Polaroid y ser reemplazadas por cosas nuevas. Al margen de que va en contra de la sociedad de consumo, que obvio que ya no estamos en el keynesianismo más acérrimo de otros años, esta idea queda como un efecto residual en los relatos más mainstream, y también en una agudo y sugestionado analisis de quien escribe estas palabras.
Por si fuera poco tenemos ese pueblo, que invita estar adentro y que se hace un poco difícil de identificar en dónde es. Bird habita un espacio en el que puede ser el lugar común de las películas de terror. La nieve trae esa sensación de aislamiento y a la vez acogedora del fuego. El quedarse adentro al lado de la estufa porque afuera (en el fuera de campo) está la oscuridad, la nieve, está la amenaza.Me parece que como espectadores esto nos lleva a un doble proceso, porque sentimos que el personaje está aislado por el ambiente y además lo decide hacer por una decisión propia. Luego veremos en el final, con esa vuelta de tuerca que el aislamiento y no abrirse a los vínculos son las principales causas que atraen todo el horror que se manifiesta con la cámara.

Antes de ese final sorpresivo, que está bien, creo que profundiza este existencialismo que a veces sienten los adolescentes para con su vida, en el que odian a los padres, el lugar en el que nacieron y prefieren estar en ninguna parte. El director confesó -sobre la elección de un lugar con nieve como este- que: “Dimension le dio el aspecto perfecto a la película. Yo estaba muy contento. Está cubierto de nieve, frío, y simplemente crea algo diferente y visual. Me recordó a Noruega (él es de ahí), le dio a la película algo único e interesante”. La producción fue bastante accidentada ya que se filmó en 2017 en Halifax, Nueva Escocia, Canadá. Pero luego hubo inconvenientes y permaneció todo frizado hasta que Dimension la recupera y termina saliendo en cines en el 2019. Esta decisión de producción no es un simple dato logístico, sino que tiene implicaciones más profundas cuando se analiza desde una perspectiva crítica con el concepto de "radicante" de Jean Baudrillard. Este concepto intenta describir una forma de existencia y adaptación donde el individuo o el objeto no tiene raíces fijas, sino que se desplaza y se adapta a diferentes contextos culturales y geográficos. Esto se opone a la idea tradicional de raíces firmemente plantadas en un solo lugar. En este sentido, el "radicante" absorbe influencias de diversos entornos, adaptándose y transformándose según el contexto en el que se encuentre. La elección de Klevberg de filmar "Polaroid" en Canadá, a pesar de ser un director noruego con aspiraciones en Hollywood, se alinea con este concepto de "radicante". La película, aunque hecha para una audiencia global y con la intención de entrar en el competitivo mercado hollywoodense, lleva consigo la esencia y las influencias del director noruego. Canadá, con su clima y paisajes que recuerdan a Noruega, proporciona un entorno familiar para Klevberg, permitiéndole mantener un sentido de identidad y autenticidad en su obra. El hecho de que "Polaroid" se haya rodado en Canadá también se refleja en la atmósfera y el estilo de la película. Los paisajes fríos y oscuros, así como la estética visual, evocan una sensación que puede recordar al cine escandinavo, conocido por su atmósfera melancólica y misteriosa. Esta mezcla de influencias culturales crea una película que no está completamente arraigada en un solo lugar, sino que toma elementos de diferentes contextos para construir su narrativa y su ambiente. "Polaroid" es un ejemplo interesante de cómo el cine contemporáneo puede ser un espacio de hibridación cultural y geográfica.



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