¿Qué pasa cuando una película nos marca? Vemos películas desde pequeños y, sin embargo, solo algunas generan un quiebre en nuestra forma de sentir el cine a nivel personal pero también cambian nuestra forma de entenderlo a nivel artístico. Reflexionar sobre el por qué una película nos marcó, es detenernos a identificar rasgos importantes en su forma y contenido. En este caso elegí recorrer un título que, además de generar un gran impacto en mí, es una obra importantísima en la historia del cine: Los 400 golpes, de Francois Truffaut.
Francois Truffaut: de escribir sobre cine a hacerlo
En los años 60 en Francia, un grupo de jóvenes críticos de cine incursionaron en la realización de películas según premisas que desarrollaron primero en sus textos en la mítica revista Cahiers du Cinéma. Ellos cuestionaron fuertemente el cine de aquel momento y propusieron con sus propias obras una nueva forma de concebir la puesta en escena y la narración. Claude Chabrol, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Eric Rohmer y, por supuesto, el ya mencionado protagonista de este artículo.
Una impronta mucho más personal, la marca autoral, la imponencia de los exteriores y las estructuras fuera del cánon demandaron un espectador mucho más activo en la construcción de sentido. A partir de estas ideas se origina su forma de hacer cine y esta nueva ola marca el momento histórico.
En una entrevista recopilada por la editorial Paidós en el número 18 de La memoria del cine Claude Chabrol y otros, La Nouvelle Vague, Truffaut menciona algo de su proceso como crítico y qué rasgos aparecían ya en él como un ímpetu más parecido al de un director de cine:
“En todo caso, la obligación, cada semana, de contar una película me benefició mucho. Anteriormente, yo no veía ni siquiera las películas. Estaba tan embriagado por el cine que no veía nada más que el movimiento, el ritmo... Pero no tuve más remedio que obligarme a consultar una sinopsis (al comienzo, por lo menos), porque me costaba mucho resumir la acción. Eso hizo que me fijara en todos los defectos de determinados guiones, de determinados principios, de determinados trucos de narración. Todos los tópicos y vulgaridades terminaron por hacerse evidentes para mí. Ése fue para mí el período más rico, correspondió un poco, en mi caso, al menos eso creo, a lo que debe ser la experiencia de un guionista. Y ello me condujo a ver más claro, incluso en mis gustos, en mis elecciones, con mis prejuicios.
Llegué a diseccionar las películas hasta tal punto que, durante mi último año en Arts, ya no se trataba de crítica propiamente dicha, sino que lo que hacía entonces era crítica de director. Solamente me excitaba aquello que se asemejaba de alguna manera a lo que yo tenía ganas de hacer, y me hice demasiado apasionado, demasiado malvado”.
Algo interesante de esta forma de verse en retrospectiva nos invita a reflexionar sobre el oficio de la escritura y el análisis de una película, preguntarnos desde qué lugar estamos haciendo nuestras observaciones.
Dato: en el año 2023 Cahiers du Cinéma eligió Trenque Lauquen de la directora argentina Laura Citarella como la mejor película del año.
Los 400 golpes y la saga de Antoine Doinel
Pero vamos a la película en cuestión, el protagonista es un niño, Antoine Doinel, interpretado por Jean-Pierre Léaud. En este personaje Truffaut construyó su alter ego. El relato cuenta “las mil y una” que hace este pequeño y el maltrato del mundo adulto que busca recluirlo y reprenderlo por la certeza que tienen de que su destino es convertirse en un delincuente.
Este personaje crece y se reitera en otras películas para convertirse en una especie de “saga de Antoine Doinel”, siempre interpretado por Léaud. Esta “saga” continúa con Antoine y Colette (El amor a los veinte años), Besos robados, Domicilio conyugal y El amor en fuga. Casi que podríamos incluirla también en el desafío de “duplas del cine: actor y director”.
Decimos que es un alter ego del director porque, a través de Antoine Doinel, Truffaut expresó su perspectiva y sentimiento de las cosas en su dura infancia hacia la ficción, independientemente de la rigurosidad biográfica, que no es tal cual y que se incluye como pinceladas e instantáneas de recuerdos y momentos, en sus propias palabras “la parte autobiográfica de mis films, realmente no la puedo declarar, no la puedo señalar, ni la puedo separar, porque no soy totalmente consciente y porque soy algo hipócrita y me oculto tras estos films, procuro no hablar en primera persona. El resultado, por tanto, no es claro”. Distinto de películas como Los Fabelman donde Steven Spielberg sí busca un recorte personal con una carga de realidad muchísimo más fuerte.
Hay en las formalidades técnicas de la película una búsqueda clara de borrar las huellas de la puesta en escena, apelar a una forma neutral y un punto de vista moral de los sucesos. Este tipo de películas, como mencionamos, demandan un espectador activo que busque el sentido de lo que se muestra, se aleja de un cine translúcido que ofrece información masticada y que le indica a quien lo ve cómo tiene que sentirse a cada momento.
La magia de Los 400 golpes es que uno puede sentirse de formas ambiguas ante cada conflicto y no hay una resolución complaciente que nos deje calmos y tranquilos, más bien lo contrario, nos inquieta salir de esa visualización sin certezas de un alivio, sin un mensaje de “todo va a estar bien”. Es conmovedora la construcción de la poesía de la infancia mediante la rebeldía y el hecho de mezclar en un personaje infantil la alegría del juego, la libertad de la travesura con la angustia de consecuencias duras, adultas que lo desgarran como hijo, alumno y como niño.
Un paralelismo con Leonardo Favio
En el año 1947 Francois Truffaut fundó un cine club y allí conoció al crítico y teórico de cine André Bazin que se transformaría luego en su padre cinematográfico y en una figura importantísima para su vida. El trago amargo de esta historia es que Bazin fallece durante el rodaje de Los 400 golpes y no llega a ver ni la ópera prima de Truffaut ni la importancia que tuvo su protegido en la historia del cine.
Y esta historia podemos traerla para trazar un paralelismo con Argentina, particularmente en la figura de Leonardo Favio, quien también tuvo una infancia conflictiva y rebelde, que también conoció los reformatorios como Truffaut y que también se encontró con un padre cinematográfico a quien dedicó su ópera prima, en este caso Leopoldo Torre Nilsson. Crónica de un niño solo retoma en 1965 - poco tiempo después de la de Truffaut - esta influencia directa para reproducir algo de su propio pasado, un niño golpeado por la vida, un espíritu rebelde saltando de orfanato en orfanato, castigado por los adultos, triste.
El espíritu y la influencia de la Nouvelle Vague en su forma narrativa es ineludible e innegable se pueden ver en el montaje y la puesta en escena. Inclusive luego del derrotero de ambos niños, acorralados por las instituciones, ambas películas proponen un último plano con el gesto de los protagonistas mirando a cámara: Polín y Antoine cierran la película con una mirada similar que nos llena de preguntas y reflexiones.



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