1967 como quiebre en la cinematografía árabe 

Si bien el año 1967 se suele pensar como una ruptura que inició una serie de importantes transiciones en la región, también representó la continuación de una vieja discusión exacerbada por el sentimiento de urgencia creado por la derrota frente a Israel y la fractura abierta del Estado nacionalista.

En términos territoriales, la guerra implicó la ocupación total de la Palestina histórica, parte de Líbano, Siria y Egipto e infligió un duro golpe para los árabes, doblemente derrotados, por Israel y por el Estado opresor. Este hito marcó el fin de una era de esplendor cuyo reflejo se transformó con los años en una suerte de espejismo de cara a los acontecimientos que lo sucedieron. El ataque del ejército jordano a las milicias palestinas de 1970, conocido como Septiembre negro, la guerra árabe-israelí de 1973 y la posterior firma de los Acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel (1978), la guerra civil libanesa (1975-1990), el constante asedio israelí-falangista a los campamentos de refugiados palestinos y las masacres de Sabra y Shatila (1982), la primera y segunda Intifadas (1987-1993 y 2001 respectivamente), los Acuerdos de Oslo (1993), la Segunda Guerra del Golfo (1990-1) y la invasión de Iraq (2003), se pueden mencionar entre los acontecimientos más destacados que devastaron militar, económica y humanamente a la región. Este continuum de derrotas y desolación instaló un sentimiento de impotencia permanente que socavó la masculinidad árabe de manera traumática.

La derrota puso en evidencia las intrigas y grietas internas de los gobiernos árabes, así como la debilidad de sus argumentos de protección traducidos en represión. Las palabras del dramaturgo sirio Saddallah Wanous, recogidas por Omar Amiralay en el documental Todavía queda mucho por decir (1997) son representativas de la desazón generalizada:

“Fue un momento decisivo de nuestra historia como pueblo, y también de nuestra historia personal. Para ser honesto, cuando tuvo lugar la crisis nos pusimos un poco contentos. Después de muchos años de mentiras y discursos, nos habíamos hecho la idea de que la derrota de 1948 había sido a causa de traiciones y mal armamento, y que no tenía nada que ver con la capacidad militar de los soldados árabes o la superioridad de los soldados israelíes. E incluso más, nos hicieron creer que los soldados israelíes eran cobardes y no serían capaces de pelear, por lo que una derrota israelí era posible en cualquier momento. Yo no era optimista en 1967 pero no podía creer que las fuerzas árabes, sobre todo Egipto, y también Siria, eran tan débiles…como lo fueron en la Guerra de los Seis Días. En nombre de Israel, los regímenes árabes nos gobernaron bajo la consigna de proteger a la nación, basándose en su capacidad de lucha. Sin embargo, sólo acumularon derrotas. Fue un shock violento terrible. Un sentimiento colectivo de que nuestra dignidad había sido arrebatada, que habíamos sido insultados en nuestro foro más interno. En esta reflexión interna nuestra, nos preguntamos ahora a nosotros mismos ¿Acaso no somos responsables de las consecuencias de este revés [naksa]? Cuando se confirmó la derrota con la renuncia de Abdel Nasser pensé que me iba a morir en ese momento, sentí que me sofocaba. Lloré y lloré. Y sentí que era el fin. ¿El fin de qué? No lo sé. Pero sentí que era el fin de una era. Que la historia se había detenido”.

El sentimiento de fracaso y sometimiento expresado por Wannous se encuentra presente en múltiples relatos de la época y posteriores. El estupor, manifestado en el llanto desconsolado de los hombres, tuvo una representación memorable en el cine egipcio en El gorrión de Chahine (1971), que relata el director tunecino Nouri Bouzid: “Es la escena en la que el Sheij Ahmad, un personaje un poco fundamentalista otro poco comunista, interpretado magistralmente por Ali Sherif, un personaje muy fuerte, de un hombre árabe sin debilidades, un gigante, con una voz poderosa. Cuando ve a Nasser en la televisión admitiendo la derrota y anunciando su renuncia y comienza a llorar. Cuando vi eso, yo lloré también. Y me dije a mí mismo: este es un nuevo comienzo para el cine árabe”.

La masculinidad árabe tradicional quebrada, humillada contrastaba con el personaje de Baheya, la protagonista, quien tras el discurso sale inmediatamente a la calle a reclamar a Nasser gritando: “Yo, Baheya, ¡digo no! ¡La lucha continúa! ¡Vamos a luchar!”

La sensación de que una era se terminaba y el orgullo había sido arrebatado generó diversas reacciones, desde la depresión crónica hasta el surgimiento de un nuevo tipo de activismo político. En un escrito posterior, Bouzid señala que a finales de los años 60 y principios de los 70 aparecieron nuevos modos y prácticas cinematográficas, primero en Egipto y más tarde en otras partes del Mundo Árabe pasando del melodrama hacia un modo cinematográfico más realista. Según su visión, el objetivo de este nuevo cine era crear conciencia y adoptar una postura más extrema y revolucionaria.

Otro film que presenta una representación del hombre árabe derrotado es la adaptación cinematográfica de al-Karnak de Naguib Mahfuz realizada por Ali Badrakhan (1975), el primero de una serie que criticó duramente al régimen nasserista[1]. La película cuenta con un elenco estelar liderado por Nur al-Sherif (Ismail) y Suad Husni (Zeynab), la “Cenicienta” del cine egipcio. La película muestra por primera vez en el cine los abusos cometidos por los servicios secretos egipcios durante el gobierno de Nasser; las detenciones arbitrarias, torturas y violaciones sufridas por los activistas. Ismail, un hombre derrotado y humillado por las políticas represivas nasseristas es quien lleva el hilo narrativo, su experiencia y la de su novia Zeynab como “hijos de la revolución” cuyos sueños fueron arrebatados.

El 67 precipitó el ocaso del hombre nuevo, nacido a la luz del proyecto nasserista, cuya impronta autoritaria impidió que el nacionalismo árabe se convirtiera en un verdadero movimiento de masas cuyas fuerzas progresistas lograran hacer frente a los desafíos de los años siguientes de manera orgánica ni creara las condiciones de posibilidad para la reconfiguración de los roles de género. Si bien ésta no puede pensarse como la única causa, al menos es un factor que no debe perderse de vista para entender por qué todos los regímenes siguieron sin cambios después de la mayor derrota colectiva en la historia árabe. Ello es especialmente cierto en el caso de Siria, donde según el escritor y exprisionero político Yassin al-Haj Saleh (2017) la derrota fue el momento fundante de la tiranía instalada por el entonces ministro de defensa Hafez al-Assad.

El incidente del medio metro (Samir Zikra, 1981) es representativa de esta idea. La película, protagonizada por Abd Elfatah Almozyen, cuenta la historia de un trabajador gubernamental sexualmente frustrado y obsesionado con las mujeres que, a pesar de su conducta misógina y obsecuente, es premiado con un ascenso laboral por su desempeño a cargo de un comité de defensa civil durante la guerra. Zikra ―en acuerdo con Saleh― creía que la derrota reforzó las condiciones dominantes en el país lo que contribuyó no solo al aumento de la represión sino también a un fortalecimiento de las normas patriarcales.



[1] Las películas críticas de Nasser estuvieron prohibidas a principios de los 70. Por este motivo, El gorrión no se proyectó hasta 1974 tras la "victoria" en la guerra de octubre de 1973, un momento crucial en Egipto en términos políticos, económicos y de producción cultural catalogado por algunos como la “revolución correctiva” que implicó un retroceso en las artes, con sucesos como el incendio de la Ópera, el comienzo de un proceso de destrucción de teatros, clausura de numerosas revistas y el inicio de un discurso del cine “limpio”.

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