Una sesión de terapia para Los Ángeles: Te amo, te odio, dame más Spoilers

Había una vez una ciudad que proclamó ante el mundo entero como “la Meca del cine”, que construyó un cartel gigante con su marca más representativa para montarlo en su montaña más famosa y, desde allí, proyectarse al universo todo.

¿De qué otro lugar podemos estar hablando que no sea de Los Ángeles, la ciudad más decadente de las ciudades decadentes de los Estados Unidos, la que acoge dentro de sus fronteras a Hollywood y que es responsable, en una gran parte, de que el estado de California sea (según el más reciente informe del FMI) la quinta economía más grande del mundo.

Los Angeles Plays Itself” es el título con el que en el año 2003 el realizador, crítico cinematográfico e historiador Thom Andersen reunió las obsesiones que lo atraviesan en su relación con la ciudad que lo vio estudiar y hacer cine desde el lado B que supo transitar.

“Me gusta la anarquía de la ciudad, la mugre, el aire contaminado, la peligrosidad de las calles. En el campo me volvería loco. A mí dame el estruendo de las bocinas de los coches y las veredas sucias”. (Charles Bukowski en una entrevista, sobre la imposibilidad que sentía de abandonar Los Ángeles).

Como no podía ser de otra forma, en cuanto a las marcas de autor, el film de Andersen está alineado de forma intuitiva, visceral e intelectual a su modo de ver el cine, la industria, el mundo todo. A lo largo de casi tres horas de recorrido apasionado, vertiginoso y a la vez reflexivo en cada una de sus líneas, la ciudad conocida entre pasillos como La La Land (de ahí el título del film de Damien Chazelle con Emma Stone y Ryan Gosling) es radiografiada sin piedad.

La película es una descripción brutal del inconsciente de Hollywood, de su perfil como máquina de negocios e imperialismo cultural, de su pasión por la represión aquí, allá y en todas partes. Y la Policía. La Policía como institución laica con perfil religioso y estatus de celebrity.

Vivir y morir en L.A.

Andersen se pregunta si existirá alguna otra ciudad del mundo que esté tan obsesionada con su Policía. ¿Puede haber una película ambientada en Los Ángeles que no sea sobre su Policía?, interroga también.

“James Cameron disfrutaba matando policías y los que odiábamos a los polis nos divertíamos viendo las masacres que montaba”, dispara el director en su rol de narrador en off para ponerle un cierre al capítulo que dedica a la obsesión industrial del cine con sus señores uniformados, viriles, riendo en las calles con sus muecas rotas cromadas.

Soy lo que soy

Entre los elementos que componen la diatriba del artista para con la ciudad de sus amores y odios se ubica la destrucción del ego ciudadano que llevó adelante el cine no solo al focalizar como único objeto de interés narrativo a las fuerzas del orden, sino por haber reducido a la metrópolis al insignificante alias de “L.A.”

"Los Ángeles aparece como personaje pero no como tema", redondea Andersen, resignado, enojado con una situación que hoy, a 20 años de la realización del film, se ve coronada por los desfiles de personas que parecen interpretar, en la ciudad del audiovisual, a muertos vivos de alguna película clase B de las que esa misma ciudad produce como embutidos.

Muchos de esos simil zombies, cuando no están encerrados en carpas pobladas por yonkies al costado de las calles, o tirados en un banco, o despatarrados en un parque, o doblados por el fentanilo, suelen caminar por las calles de L.A. pisando tan icónicas como ridículas estrellas impresas en el piso del desteñido “Hall of Fame” que sigue provocando éxtasis entre la fauna del lugar.

“Cada estrella del Paseo de la Fama de Hollywood le cuesta 15 mil dólares a sus contribuyentes, debería llamarse Paseo de la Vergüenza”, escupe Andersen con un tono de hartazgo que encuentra empatía y solidaridad de parte de cualquier espectador más o menos avezado en un cine que está en coma desde hace largo rato.

Pero no solo de la vergüenza de haber sido y del dolor de ya no ser habla el realizador desde su trinchera fuera de plano, porque su aversión a las baldosas con estrellas se radicaliza al puntualizar que en esas placas-homenaje “están los que denunciaron gente” en la época del macartismo, para luego poner como ejemplo al paradigmático nombre propio de Elia Kazan. “No están los denunciados”, acota a modo de prueba.

“No quiero vivir en una ciudad en la que la única ventaja cultural es que se puede girar a la derecha con el semáforo en rojo”. Woody Allen en “Annie Hall” (Woody Allen, 1977).


Quizá parte de lo que le sucede a Los Ángeles, o quizá de lo que la ciudad y sus retratistas nos muestran como prueba de vida a cada paso, en cada superproducción, es lo pobre de su educación sentimental. “En ningún lado el amor es tan banal”, arremete y define con un pelotazo al ángulo, inatajable: “Hollywood no es un lugar, es una metonimia de la industria cinematográfica".

"No hay ciudad más bella en el mundo, siempre que se la vea de noche y de lejos" dijo alguna vez Roman Polanski sobre Los Angeles, una ciudad que, además, parece ser parte de una maldición en modo Dorian Grey. En L.A. (con perdón) todo tiempo pasado fue mejor y la aseveración se hace carne en el desangelado que, a metros de las oficinas de alguna poderosa firma de la industria, se dobla sobre un tacho de basura en busca de restos de comida, meta anfetamina o algún billete con cocaína pegada que hubiera aterrizado tras ser lanzado desde una ventana.

Con el permiso del autor y realizador de la cinta que aquí nos reúne, incluyamos en la discusión un título que no forma parte de los más de 200 a los que se hace referencia visual/oral a lo largo de los 167 minutos de documental. Hablemos entonces de Mulholland Dr., (2001) uno de los trabajos más radicales de David Lynch, que puso el ojo en Los Ángeles con su siempre especial manera de habitar el planeta tierra y sin prestarle demasiada atención a las fuerzas policiales.

El título refiere de forma directa a una de las calles más conocidas de la city, que a su vez homenajea al ingeniero irlandés William Mulholland, responsable del proyecto que creó el acueducto de la ciudad. Y pese a que la película de Lynch no participa del documental, el apellido del ingeniero es uno de los temas de los que se ocupa Andersen, que linkea con el clásico “Chinatown” (Roman Polanski, 1974), que en su trama presenta a las represas y el negocio del agua como conflicto central.

El The End en un caso como el del film de Thom Andersen, tal como sucede en buena parte de los documentales, es relativo, una herramienta formal folclórica, una tradición más. Tanto como lo es ir al cine, tanto como amar y odiar a Los Ángeles, a sus estrellas sobrevaluadas, a sus guiones escritos en serie con ideas ya vencidas. Una tradición del mismo grupo que la que nos dice que todo artículo también debe tener un punto final.

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