
Mientras me mudaba, encontré el diario que escribí cuando era niño. Sin embargo, no puede reconocer mi propia letra para nada.
En cierta medida, la adultez es un tipo de autodestrucción. En el proceso de madurez, las fantasías que desarrollamos en el pasado de forma lenta, pero violenta chocan con varias realidades, como placas tectónicas. Por lo general, nos acostumbramos a declarar nuestra madurez con algunos logros icónicos, como obtener una licencia de conducir, un título universitario o la primera oferta laboral. En realidad, lograr estos resultados es una forma de imitar identidades específicas: un conductor calificado, un estudiante con competencia profesional y un empleado que tiene los requisitos para el trabajo. No somos nosotros los que establecemos los estándares para estas identidades, sino las instituciones autoritarias de la sociedad. En la mayoría de los casos, estas instituciones nunca se equivocan; solo nosotros, que no llegamos a cumplir con estándares específicos, tenemos la culpa.
En un sistema impulsado por la eficiencia, a las instituciones sociales con frecuencia solo les importan los resultados y no el proceso mental necesario para llegar a ellos. No son tan comprensivas con nuestras soluciones únicas como nuestros padres ni tampoco tienen la paciencia como para dejarnos desarrollar nuestras propias comprensiones. En definitiva, estamos forzados a tomar decisiones que se adapten al reconocimiento de otros en lugar de al nuestro. En otras palabras, puede que no entendamos completamente por qué las cosas deben hacerse de una cierta forma, solo sabemos que los problemas pueden resolverse cuando cumplimos con los requisitos.
La racionalidad nos permite diferenciar entre lo correcto y lo incorrecto, pero nuestros corazones solamente reconocen los sentimientos de la felicidad y la infelicidad. Cuando estamos en medio de la vida, el compromiso se vuelve un asesino oculto. Cuando hay poco tiempo y espacio para reconocer nuestras emociones positivas y negativas y diferenciar lo bueno de lo malo, preferimos abandonar nuestro propio conocimiento para cumplir rápidamente con las exigencias de los demás.
A medida que la racionalidad prevalece, gradualmente perdemos el poder de la imaginación.

El valor de la imaginación yace en el hecho de que nos da autosatisfacción de una forma gentil cuando no podemos cambiar nada de nuestra realidad actual.
De niño, no me salía bien interactuar con otros. Constantemente tomaba la iniciativa de socializar con mis compañeros, pero mis intenciones eran malinterpretadas con facilidad. Como mis padres estaban muy ocupados con sus trabajos, no podían ayudarme a identificar la raíz de mis problemas. Por lo tanto, le ponía nombre a todos los árboles por los que pasaba cuando volvía a casa, los saludaba, compartía mis pensamientos con ellos e imaginaba cómo podrían reaccionar a los que les contaba.
Si fuera a viajar en el tiempo hacia el pasado y le preguntara a mi yo más joven si esos árboles de verdad podían hablar, puede que no supiera cómo responder a esa pregunta. En ese entonces, no los veía moverse con mis propios ojos ni escuchar sus voces con mis oídos. Pero esperaba que interactúen conmigo como si estuvieran vivos. Aún extraño esos momentos, incluso ahora. Esos recuerdos me transmiten tranquilidad y esos árboles nunca me fallaron.
Ahora, si fuera a examinar este tema con una perspectiva completamente racional, mis acciones parecerían infantiles. En realidad, nada había cambiado. Hablar con árboles no hacía que otros niños jueguen conmigo. En su mundo, ellos probablemente hablaban con osos de peluche o figuras de Lego, pero yo no tenía esos juguetes en ese momento. De manera similar, mis padres no se daban cuenta de que necesitaba su compañía solo porque hablaba con árboles. Cuando era pequeño, tenía muy poco control sobre la realidad y hablar con árboles era la única forma en la que podía cambiar la situación espiritualmente.

Sin duda, si una persona adulta comenzara a hablarle a un árbol, se la consideraría demente.
Sin embargo, las opiniones serían diferentes si este adulto pasara todo el día hablando con ChatGPT y, como mucho, se lo vería como una persona solitaria. ChatGPT es esencialmente un conjunto de circuitos eléctricos y piezas de metal. En cambio, un árbol es un organismo viviente hecho de células. A diferencia de ChatGPT, los árboles son inmóviles y no hablan un idioma que los humanos pueden entender, pero sus hojas respiran. Cada minuto, cada segundo, los árboles absorben nutrientes del suelo para preservar su forma y color.
No existen dos árboles idénticos en el mundo y estos no dejan de crecer por los juicios de otros. Ellos deben crecer y, para eso, sus raíces pueden perforar las rocas más duras para obtener los nutrientes necesarios.
Si analizamos al padre (interpretado por John Krasinski) de Bea (interpretada por Cailey Fleming) en la película con racionalidad absoluta, también nos parecerá que su comportamiento es infantil. Él es un paciente que necesita una cirugía importante para tratar su enfermedad, pero siempre evita parecer uno. Él bromea con su hija de una forma muy infantil, como si nunca hubiera tenido esta enfermedad. No podemos explicar racionalmente qué inspiró sus acciones, pero estoy seguro de que su niño interior está agotando toda su energía disponible para mostrar su jovialidad, como los árboles que consumen todos los nutrientes disponibles para vivir.
De hecho, debemos imitar varias identidades específicas para sobrevivir y, a largo plazo, gradualmente nos perdemos a nosotros mismos. El problema está en que nuestras identidades emuladas no deben generar un conflicto con nuestros verdaderos seres. El padre de Bea es un paciente, pero su segunda identidad no le impide ser él mismo.
Luego de observar su comportamiento, descubrí que yo fui quien mató mi propia imaginación. En mis fantasías de la infancia, los árboles me respondían porque yo esperaba que lo hicieran. En otras palabras, yo respondía mis propias expectativas. Subsecuentemente, dejé de tener expectativas en mí y, como resultado, mi imaginación perdió su lugar en mi vida. Luego, comencé a vivir de la forma que otros querían que viva y no como yo quería vivir.
Así como todos en la película tienen un amigo imaginario diferente, en realidad, todos tienen una imaginación diferente. Crece de manera silenciosa, pero salvaje dentro de nosotros, como un árbol. Nuestra imaginación es nuestra verdadera habilidad para definirnos y la libertad de ejercer esta habilidad siempre se encuentra en nuestras manos.
Aunque es verdad que la realidad con frecuencia nos decepciona, por favor, no dejen de tener expectativas para ustedes mismos. No importa si esperan ser una mejor versión de sí mismos o si simplemente se quieren relajar. En la película, los amigos imaginarios tienen distintas formas: un astronauta (Astronauta), un cubo de hielo (Hielo) y un gato (Pulpo gato) que mira la televisión como se puede ver en la imagen de arriba.
Nuestra imaginación es amorfa y las miradas de los demás no pueden moldearla. En su lugar, solo nuestras propias expectativas pueden darle forma.



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