La gran gesta de los hombres grises | Argentina, 1985 (Santiago Mitre, 2023) 

El inicio de Argentina, 1985 (Santiago Mitre, 2023) es tan desconcertante como preciso. Un ensimismado Julio Strassera (Ricardo Darín) observa la llegada de una joven a su departamento. Desde su auto, la ve despedirse de su acompañante, abrir la puerta y subir a su casa. Lo curioso es que segundos más tarde sabemos que esa casa es la del propio Strassera y que la joven es su hija. Ya en la cocina de la casa, el personaje (inspirado en el fiscal fallecido en 2015) debate con su hijo más pequeño las andanzas de la hermana mayor, envuelta en un noviazgo que su padre no aprueba.


Llegado este punto, cabe la pregunta de si Argentina, 1985 no será una de esas biopics hagiográficas y lavadas que tanto se han esparcido últimamente. Pero el recurso de Mitre (y del guionista Mariano Llinás) es preciso y lúcido para introducirnos en el verdadero contexto en el que se desarrollará la historia: Strassera, el héroe opaco del juicio que se nos va a relatar, es un hombre común que, como sus pares, ha incorporado a su vida los mecanismos de la clandestinidad, el espionaje y el terror que la dictadura militar diseminó en la sociedad argentina desde 1976 (y tal vez antes, si consideramos la actuación de grupos paramilitares como la Alianza Anticomunista Argentina ya en 1975). Ya es 1985, pero el fiscal, un hombre maduro y con experiencia en el terreno judicial, no puede despegarse de esa lógica, y de esas prácticas que lo han llevado a espiar a su hija, e incluso emplear a su hijo más pequeño en la tarea. Un absurdo que su esposa (Alejandra Flechner) le hace notar.
La consistencia de esta primera escena es imprevista y nodal, aunque tendrá su significancia total hacia el final de la película. Con ella, Mitre nos dice que el héroe de su película, el héroe del Juicio a las Juntas Militares, es un hombre gris, un sujeto como cualquier otro. Los minutos que siguen en este primer acto, lo refuerzan: detrás de su compulsión al cigarrillo, el escepticismo político y su mal humor permanente se esconde el miedo a no ser capaz de enfrentar la tarea que lo espera. La cita con la Historia no es algo que Strassera ansíe o espere, si no que le teme. Es un temor válido, por supuesto: el Juicio a las Juntas, una promesa de campaña que el por entonces presidente Raúl Alfonsín estaba a punto de cumplir, era un episodio inédito a nivel mundial, solo comparable con los Juicios de Nüremberg, en el que se condenó a algunos funcionarios del Nazismo, y con el que la prensa solía compararlo.


La preparación del juicio y de la acusación que debe hacer Strassera ocupa todo el segundo acto, luego de una instancia histórica que Mitre y Llinás buscan resaltar. Es la conformación del equipo que asistió a Strassera mucho antes de su famoso “alegato del Nunca Más”. Es otra decisión de gran significado, donde los realizadores dejan plantada la mirada que buscan ofrecer sobre el proceso histórico que recrean. Strassera se ve ante la necesidad de engrosar su equipo de trabajo si quiere terminar la acusación en el poco tiempo del que dispone. Confía en sus viejos aliados del pasado, pero ellos no le responden: evasivas, miedos, reacciones corporativas como autoresguardo del sistema judicial que apañó las prácticas ilegales del gobierno militar. ¿Si la experiencia no está ahí para ayudarlo, sobre quién apoyarse? ¿Si no son los representantes del Poder Judicial que debe limpiar su imagen ahora que la democracia ha regresado, quién tomará la tarea de acusar a los comandantes militares?


Aquí hace su ingreso el coprotagonista de esta historia, el joven abogado Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani). Ocampo, de quien Strassera ni siquiera puede retener su nombre, en un indicio de la insignificancia de su experiencia en el campo, es un joven funcionario judicial de convicciones democráticas claras, proveniente de familia militar. Esta complejidad del personaje que Mitre y Llinás subrayan abona una vez más al nudo contradictorio que anida en el grupo que protagoniza la película y que es la de la sociedad argentina con su propio pasado: nos hemos estado matando entre nosotros, y las cuentas pendientes deben ser ajustadas en una mesa más íntima y pequeña de lo que podría pensarse. Es en ese acto de clarificación de los crímenes cometidos y las responsabilidades (no está de más aclarar que antes de la realización de este juicio, muchas de las atrocidades cometidas por los militares eran desconocidas o puestas en duda por gran parte de la sociedad argentina y los medios de comunicación) está la asunción de la madurez colectiva que, propone la película, el juicio supuso. Es un coming of age nacional: la historia de cómo Argentina se hizo cargo de su historia reciente y tomó las riendas de su futuro, ya que lo que estaba por discernir en ese tiempo era si se construía sobre la verdad y la justicia, sobre la dignidad de las personas, o sobre un acto de negación como la autoamnistía que pretendían (e intentaron) los militares.


La conformación del equipo de jóvenes tiene otras implicaciones, por supuesto. En la película, lo que convence a Strassera de emplearlos es quedar a salvo de las sospechas de venganza o interés partidario que los chicos podrían tener. La inocencia y el empeño de esos personajes secundarios que toman testimonios a toda velocidad y viajan por todo el país buscando testigos representan el espíritu de recambio generacional y refundación que se vivía en la Argentina de mediados de los ‘80. Esa nueva juventud maravillosa es intachable por su pureza, y es el mejor contrapeso del gran conflicto subterráneo de la película: el pasado de Strassera, que emerge en una discusión con Moreno Ocampo. ¿Qué hizo Strassera como fiscal durante la dictadura? ¿Qué asuntos pendientes tiene el personaje de Darín con su propio pasado, con la ética que parece regir su vida? Es una pregunta sinuosa, que se marida con las amenazas terroristas contra la realización del juicio. La convicción y el estoicismo con que Strassera enfrenta esos intentos por volver al reino del terror le dan la oportunidad de redimirse individualmente de cualquier flaqueza ética durante el pasado, y simboliza el coraje y la determinación micro que requería la época: para cada argentino, en su lugar, estaba signada una pequeña parte de la heroicidad nacional que se necesitaba para saldar cuentas con el pasado.


Al tiempo que su figura pública crece, el personaje de Strassera para acercándose a su cita con la historia y a la oportunidad de trocar su existencia gris y burocrática en una notoriedad antes impensada. De pronto, la prensa lo requiere, sus colegas le temen, los jueces lo respetan, sus ayudantes lo respetan y su esposa lo admira. Incluso el presidente quiere hablar con él: Mitre resuelve el punto con una breve escena en la antesala del despacho presidencial, en la que se oye la voz de Alfonsín pero no se lo ve. Tampoco asistimos al diálogo. En la escena siguiente, Strassera le relata con pudor los eventos de esa tarde, donde el presidente lo alentó a seguir con su trabajo previo al alegato. Su mujer le dice: perfecto, división de poderes. Una apreciación republicana que esconde el rasgo más importante de la decisión de Mitre: mantener el protagonismo de la gesta del juicio en la sociedad civil, en los hombres sin bronces que llevaron adelante la tarea y que, en la figura de Strassera, reclaman su lugar en la Historia junto a la de los políticos y autoridades que, como Alfonsín, hacen posible los grandes capítulos de una nación.


Una vez desarrollado el juicio, con sus audiencias espeluzanantes (recreadas con gran precisión, algo que se constata con el muy recomendable documental El Juicio, de Ulises de la Orden, un montaje estupendo de las cientos de horas de registro del proceso celebrado en 1985), el final de Argentina, 1985, queda reservado a la inquietud política que volvería a ensombrecer a la naciente democracia. ¿Habría condenas? ¿Triunfaría entonces el recambio generacional, una nueva perspectiva de país? El desenlace, o más bien el tono que Mitre y Llinás eligen para desplegarlo, es de una sutileza y una potencia maravillosas. En él se resumen los desafíos que, pese a las condenas, se planteaban en el horizonte que por entonces se abría, a la vez que confiesa, en la práctica incorporada del hijo de Strassera, las marcas indelebles de la dictadura en más de una generación.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 2
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.