El libro homónimo en el que se basa tiene cuarenta y cinco años, pero la película La historia sin fin no es mucho menor: ya tiene cuarenta. Y en estos cuarenta años ha conseguido algo así como un culto persistente en adultos, que la recuerdan mucho con cariño y muchas veces deciden pasar -lógicamente- el legado a sus hijos. En muchas ocasiones, incluso a los niños de generaciones más flamantes les gusta la película. Así estaban las cosas: yo había visto la película hacía treinta y nueve años en el cine, cuando se estrenó por acá -aquí se presentó a principios de 1985, no en 1984- en el cine Cervantes, uno que quedaba en la avenida Belgrano casi Entre Ríos y que hoy es un supermercado con verdulería adelante, o algo por el estilo. Nunca entré a comprar nada: paso seguido por ahí y las ofertas son buenas, pero ahora me doy cuenta de que, en general, trato de no entrar a los lugares que fueron cines y ahora son otras cosas; creo que me entristecen. Tenía un recuerdo muy borroso de La historia sin fin porque nunca la había vuelto a ver salvo algunas imágenes aisladas. Sí, claro que recordaba al dragón, y a la canción la había vuelto a cruzar no pocas veces, imposible no hacerlo habiendo vivido los ochenta. Y ahora, al volver a verla, pude darme cuenta de que había dos momentos, o más bien dos espacios, que estaban guardados en mi memoria aunque yo no tenía acceso a esos recuerdos antes de volver a la película: el altillo del colegio del chico protagonista (Bastian o Sebastián, el lector del mundo real) y las esfinges del mundo de fantasía -Fantasía, nada menos- en el que vive Atreyu, el niño aventurero que finalmente no llega ni siquiera a alter ego. El altillo quizás haya quedado fijado en algún lugar de la memoria debido a su aspecto de lugar antiguo, nada pulcro y lleno de objetos amenazantes (¿cuántos flashes de esqueletos y calaveras vimos en el cine de los ochenta?), en oposición a lo que se ve del resto de la escuela, demasiado luminosa y prolija. Y las esfinges, vistas ahora, no sé si quedaron en un segundo o tercer plano de mi memoria por el magro suspenso que generan o más bien por sus llamativos y portentosos pechos.
El director de La historia sin fin es Wolfgang Petersen, un alemán que había hecho cine alemán -cine alemán del oeste- hasta Das Boot, película “de submarinos” insoslayable y de referencia, que lo puso en el horizonte de los estadounidenses y de los Oscars. A partir de allí empieza a internacionalizarse: La historia sin fin ya fue una coproducción entre Alemania (bueno, Alemania Occidental, o con mayor precisión la República Federal de Alemania) y Estados Unidos. La inmediatamente posterior Enemigo íntimo también fue una coproducción, aunque ya con menos germanidad, y después pasó a Hollywood, incluso a vivir en California. Convertido en director de primera línea, a principios de los noventa dirigió uno de esos thrillers a veces un poco neo noir que tanto se producían por aquél entonces y que por acá portaban unos títulos más bien intercambiables y objeto de parodias: Búsqueda mortal (Shattered). Después Petersen pegó un salto cualitativo y tuvo a Clint Eastwood como protagonista de En la línea de fuego y enseguida hizo la vibrante y prodigiosa Epidemia, siguió con la menos vibrante Avión presidencial y con la nada sencilla de llevar a cabo y emocionante Una tormenta perfecta. En 2004 tuvo un notorio paso en falso, caro y gigante: Troya, un lustroso y multiestelar mamotreto sin alma que fue un éxito global. Su siguiente película fue Poseidón y estuvo muy lejos de ser un éxito, además de ser mal recibida por la crítica, y Petersen abandonó Hollywood y estuvo una década sin filmar. Su última película (Vier gegen die bank, 2016) fue en Alemania -ya había una sola Alemania- y murió, en Los Ángeles, en 2022.
Volver a ver La historia sin fin me hizo revisar mentalmente la filmografía de Petersen, quizás para dar un rodeo antes de asumir semejante decepción. Pero sí, eso, volver a La historia sin fin: y si uno vuelve lo primero con lo que se cruza son los títulos y la emocionante música de Giorgio Moroder. La música, claramente, es lo que genera algún tipo de elevación de los sentidos. Por lo demás, La historia sin fin es contundentemente mala, y lo digo con no poco dolor, por eso de que antes de volver a verla el recuerdo no estaba cargado de juicio estético y porque además Das Boot, En la línea de fuego, Epidemia y Una tormenta perfecta siguen siendo buenas películas en la memoria y ahora la duda empieza a expandirse y quizás mis valoraciones del párrafo anterior tengan que modificarse.
Los motivos de la claridad acerca de lo endeble que es La historia sin fin son diversos, y no todos tienen que ver con “el tiempo le hizo muy mal al impacto de los efectos especiales”. Es más, podríamos dejar de lado esas consideraciones y notar que la progresión de la acción es asombrosamente arenosa, lenta como una carrera de tortugas rengas, incluso cuando no hay aporte alguno de efecto especial. Todo está detenido -y repetido- más tiempo del que indica cualquier lógica de cualquier década del cine de aventuras. El procedimiento narrativo general de la película podría describirse con esta fórmula: “explicar lenta y repetitivamente en palabras lo que apenas se muestra -si se muestra- como acción”. Palabras, palabras, palabras en medio de un universo que es más una página ilustrada con fealdad y torpeza que cine, personajes en el centro del plano explicando cosas, como por ejemplo el personaje de Cairon (Moses Gunn), el “hombre de palacio” que explica lo de la Nada todas las veces que lo dejan, mientras a su alrededor vemos algunas criaturas que parecen homenajear a algún imaginario pariente de la inmortal Alicia en el país de las maravillas. La historia sin fin tiene una tendencia al estatismo, al quietismo, a una burocracia alemana gris y apagada (salvo, de vuelta, cuando la rescata un poco el italiano Moroder), a quedarse empantanada y perseverar tercamente en la explicación con palabras y palabras que explican cada cosa que sucede. Explicación que viene antes del hecho, durante y también después: “ah, va a pasar tal o cual cosa si hacemos esto o lo otro / está pasando porque hicimos esto o lo otro / ah, ya pasó porque hicimos esto o lo otro”. La explicación sin fin. Y luego, por las dudas se repite más o menos lo mismo, lo pueden ver al final con la Emperatriz, que estira lo ya inestirable mirando a cámara con un código de actuación telenovelesco y muy por arriba del código de los dos niños. Ese código intenso es anunciado y grabado a fuego por los dos pequeños seres que andan en caracol y murciélago munidos de actuaciones alemanas expresionistas fuera de lugar (ya no estamos en los años veinte del veinte, señores), sobre todo el duende feo, pasado de gestos pero convencido de que sus muecas son admirables, y que nos recuerda una vez más la inmortal crítica de Borges a El ciudadano, cuando la calificaba de genial en el sentido más nocturno y más alemán de esa “mala palabra”.
Los personajes de Fantasía sufren de un problema grave para una película así: no respiran cómodamente fantasía, más bien exhiben su carácter fantástico de forma ostentosa. Es decir, no son, más bien se hacen, se nombran de forma rimbombante. La excepción, claro, es el simpático dragón, quizás porque haya salido defectuoso en su diseño: no parece un dragón sino un perro con cara de venerable viejo oriental de película de artes marciales. Por lo demás, para películas con puntos de contacto estético siempre será mucho mejor Laberinto de Jim Henson. Y para mentar con mayor sutileza -cualquier cosa es más sutil, de todos modos- el asunto del poder de la imaginación, siempre tendremos a Peter Pan y a Alicia en el país de las maravillas de Disney de principios de la década del cincuenta del siglo XX. Por último, para saber si estoy acompañado, se me ocurrió buscar qué dijo el escritor Ende sobre la película La historia sin fin (o La historia interminable, como se la llamó en España). Y enseguida me encuentro con un artículo de José Comas en el diario El País, que empieza así: “‘La historia interminable’, ‘Hollywood en Munich’, ‘La mayor superproducción del cine alemán’, la demostración de que el cine europeo puede competir con el norteamericano en su propio terreno, comentan, eufóricos, los productores y realizadores de la película La historia interminable, mientras que el autor del libro, Michael Ende, se niega a que su nombre aparezca en los títulos de lo que considera ‘un gigantesco melodrama comercial a base de cursilería, peluche y plástico’”.



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