La sociedad de los poetas muertos: ese click en mi mente. Spoilers

Cuando era adolescente vi La sociedad de los poetas muertos. Es de esas películas que me dejan pensando durante varios días. Es una película valiente, con un excelente guión, personajes y escenas espectaculares, entre otros elementos dignos de admirar. La película desarrolla la vida de un grupo de alumnos de una escuela tradicionalista de varones. Al inicio de un año escolar, conocen a John Keating, un nuevo profesor que escapa de los métodos tradicionales de enseñanza. Se pone de pie en su mesa, los hace salir del aula para ver algunas imágenes en los pasillos del colegio y, una de las primeras cosas que les enseña, es el concepto de carpe diem, animándolos a aprovechar el tiempo que tienen día a día. Los alumnos se encariñan con él, lo investigan y descubren que antiguamente el docente formaba parte de la sociedad de poetas muertos, por lo que el profesor les explica que eso se trataba de un grupo de poetas que compartían literatura en una cueva. Los estudiantes, animados, llevan a cabo las andanzas en la cueva así como su profesor lo hizo de joven, porque en ese lugar se sienten libres, fuera de cualquier obligación social. De principio a fin, es notable la evolución en los jóvenes, sus vidas, su carácter. Vemos, por ejemplo, cómo un alumno vence su timidez a través de la poesía, cómo otro (del que hablaremos ahora) consigue un papel en una obra de teatro.

Dos cosas me llaman la atención de esta película y me marcaron. Una es la actitud del profesor, su afán porque los alumnos participen activamente de las clases y no renuncien a sus vidas ni desperdicien su tiempo.

La otra cuestión se trata del personaje de Neil Perry, que creo que sigue siendo un amor platónico para mí. Y es que Neil es, podríamos decir, el personaje más importante entre los estudiantes y el que lidera los encuentros en la cueva. Sueña con ser actor, pero su padre lo obliga a estudiar medicina. Él no tiene la fuerza para afrontar esa situación y toma la triste decisión de suicidarse. Cuántos, seguramente, han pasado por una situación como la de Neil. Y, si bien no tomaron la decisión de quitarle la vida, cedieron a lo que sus padres querían o simplemente prefirieron trabajar antes que estudiar algo que no los haría sentir plenos.

Cuando vi la escena en que toma el arma, realmente me entristecí. Claro que quería un final feliz para él. Pero, y aquí sostengo el motivo por el que digo que la película es valiente, es necesario mostrar esta realidad, en la que las cosas no siempre salen bien, pero que nos permiten seguir aprendiendo.

Finalmente, podemos ver cómo la escuela etiqueta como responsable de lo sucedido con Neil al profesor Keating, algo totalmente lejos de la verdad. Los estudiantes, no obstante, se ponen de pie en sus mesas, desafian al director, y demuestran al docente que algo en ellos ha cambiado, que su trabajo no ha sido en vano.

No podemos cambiar al mundo nosotros solos, pero sí podemos aportar un grano a ese cambio.

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