En el año 1968 el director francés François Truffaut Besos robados (1968), la tercera entrega de la colección de películas protagonizadas por Antoine Doinel, un joven personaje creado por el director. La primera aparición del joven Doinel se da cuando el actor que lo interpreta, Jean-Pierre Léaud apenas tiene 15 años, en la película Los 400 golpes (1959).
A partir de aquí, las apariciones del personaje comenzaron a ser constantes en la obra del director, realizando cada pocos años una nueva entrega en la que el personaje crecía y maduraba a través de diversas y variopintas experiencias. El personaje se convirtió en todo un emblema del cine francés, muy querido y reconocido entre todos los afines al movimiento de la Nouvelle Vague.
Tras esta primera, la segunda entrega que protagonizó Antoine Doinel fue un corto cómico en el que Truffaut contó las peripecias románticas del joven junto a Colette, titulado Antoine y Colette (1962). Con una duración de 32 minutos, esta breve obra fue tan solo un segmento de la película que presentaría ese mismo año, El amor a los veinte años (1962). Debido al gusto del director por hacer un seguimiento de la vida de sus pequeñas creaciones, en Besos robados (1968) no pierde la ocasión para reintroducir en una breve escena al personaje de Colette, interpretado por Marie-France Pisier, Y en el que se presenta ya casada y con un recién nacido.

Besos robados (1968), la película que venimos a reseñar hoy, supone la tercera entrega de esta colección de vivencias del joven Doinel. Con esta, Truffaut presenta el comiendo de una relación entre Antoine y Christine, que continuaría más adelante con Domicilio conyugal (1970), en la que la pareja contrae matrimonio, y más adelante con El amor en fuga (1979), en la que firman su separación.

El recorrido de Antoine Doinel y su crecimiento en pantalla sitúa a esta como al resto de películas dentro del subgénero cinematográfico conocido como el coming of age, caracterizado por narrar el crecimiento personal y psicológico del protagonista. Tal y como ya analizamos en la adaptación de El Acontecimiento (2021) de Annie Ernaux, las temáticas principales que indaga el personaje que “crece” en pantalla son la búsqueda de su identidad, así como de su sexualidad y de su sentido independencia, a menudo situadas en entornos familiares de los que salen para tratar de descubrir quiénes son.

En el caso de Antoine, es el entorno familiar de Christine en el que trata de hacerse un hueco, y no en el suyo propio, ya que no aparece en ninguna ocasión a lo largo de la entrega. Otra de las características principales del coming of age es la duración del proceso de madurez que se presenta del personaje, algo que en el caso de Truffaut se cumple aún más a la perfección dado el arco que le permiten toda la colección de películas que realiza en torno a este personaje.
Indudablemente, la primera película que Truffaut realiza dentro de este subgénero es Los 400 golpes (1959) donde presenta por primera vez a este personaje.
Más allá del desarrollo dentro de este subgénero, la película podría categorizarse como una comedia que sigue las peripecias y aventuras del protagonista, entre las que el espectador disfruta de los primeros encuentros amorosos junto a Christine. Por lo que el romance también forma parte de la obra, a pesar de que no considero que sea una comida romántica al uso.
La segmentación de una historia amorosa recogida a través de los años podría recordaros a muchos de vosotros a la historia entre Celine y Jesse, que se desarrolla en un total de tres películas, comenzando en Antes del amanecer (1995), continúa en Antes del atardecer (2004), y finaliza con Antes del anochecer (2013) —salvando todas las distancias y reconociendo a esta trilogía como una comedia romántica comercial de la primera la última entrega)—.
Pero si hay algún género o movimiento en el que podemos ubicar esta película de Truffaut es la Nouvelle Vague, la corriente de innovación cinematográfica francesa que se desarrolló a finales de los años 50 y a principios de los 60, en la que los directores trataron de rechazar las reglas y convenciones del cine clásico. También conocida como la Nueva Ola, los principales referentes de este movimiento fueron Jean-Luc Godard —con la reconocida Al final de la escapada (1960)—, Claude Chabrol, Éric Rohmer y Jacques Rivette, además del mismo que reseñamos hoy.

Una de las principales características del movimiento fue el rodaje en exteriores naturales —sin previo aviso a los viandantes que se reconocen como voyeurs en muchas de las entregas de este movimiento—, en los que el sonido de la calle entra de forma natural y real a través del micrófono de la cámara. Esto es visible en muchas de las secuencias en las que Antoine Doinel persigue por la calle a diversas mujeres, como lo hace también con los clientes a los que trata de investigar en Besos robados (1969). La cámara portátil, sin estabilizador, acompaña a los movimientos del actor, realizando una especie de plano secuencia largos y continuados. Y de la misma manera que el sonido es natural, la luz a través de la cual se filman las escenas de las películas de la Nouvelle Vague también lo es.

Este tipo de películas también se caracterizan por relatar las vivencias de la juventud en relación al entorno laboral y la situación socioeconómica que están atravesando, como es el caso de Antoine. La moralidad y la independencia se sitúan como temáticas principales, en las que el personaje atraviesa en pantalla decisiones cuestionables a ojos del espectador.
¿Cuáles son las peripecias relativas a Antoine Doinel en Besos robados (1969)?
Tras darse de baja en el Ejército, el joven Antoine (Jean-Pierre Léaud) va en busca de una antigua amiga llamada Christine Darbon (Claude Jade), que vive con sus padres en la ciudad de París. Estos no tardan en ofrecerle un trabajo, conscientes de su inestabilidad económica y la relación con su hija, que acaba siendo el primero de muchos en los que el joven desarrolla su actividad laboral.
En la Nouvelle Vague, la línea argumental tiende a no ser lineal, de forma que la estructura aristotélica de principio, nudo y desenlace desaparece por completo en el relato del nuevo cine francés. Truffaut logra generar constantemente una sensación en el espectador de que las cosas no se acaban de cerrar del todo, de que las pequeñas historias que se presentan no van a ningún sitio. La relación entre Antoine y los padres de Christine, por ejemplo, toma este rumbo. Todas estas pequeñas historias que no se acaban de resolver generan una sensación de estructura episódica, como si la película estuviera formada por una concatenación de pequeños relatos sobre Antoine Doinel.

Tratando de madurar y encontrar su independencia económica, Antoine acepta el puesto de recepcionista nocturno en un edificio de pequeño hotel, aquel que le ofrecen los padres de Christine. Aunque no tarda en verse involucrado en un enredo, cuando dos hombres irrumpen repentinamente en el hall del edificio tratando de descubrir a una mujer con su amante y pierde el empleo.
La curiosidad y frescura de este joven personaje presenta en esta secuencia uno de los primeros instantes de comicidad absurda que se van a repetir a lo largo de toda la película, con el trueque del billete que el detective privado trata de pasarle a mano incansablemente. Asimismo, cuando el marido de la joven que está cometiendo la infidelidad, y su detective privado, suben a la habitación para descubrir el engaño, Antoine no puede resistirse a acompañarlos para ver lo que está sucediendo. Y enfrentando su cuerpo a la pared del cuarto, no puede evitar reírse constantemente por la situación.

Es aquí donde Antoine Doinel decide empezar a trabajar como detective privado dentro de la agencia Detectives Blady. A partir de aquí, en uno de los primeros casos le encargan investigar a la esposa de su jefe, Madame Tabard (Delphine Seyrig), y comienza a seguirle para tratar de descubrir qué sucede. —Las secuencias de la cámara en mano pueden analizarse en estas secuencias a la perfección—.
En su segunda misión, la agencia le encarga infiltrarse en la tienda de zapatos de Georges Tabard, que llega al despacho angustiado pensando que sus empleadas conjuran contra él. Pero como sucede constantemente, la resolución de este misterio tampoco acaba resolviéndose en pantalla.
Pero de la noche a la mañana, y tratando de perseguir una madurez que nunca llega, Antoine acaba dejando su puesto de detective y comienza a trabajar como técnico de televisión. La relación de Antoine y Christine va construyéndose entre todos pequeños acontecimientos. A pesar de lo volátil que es el joven, acaban prometiéndose matrimonio en su cocina. Y al igual que sucede con la fragmentación en el resto de los sucesos, en un paseo final de la pareja aparece un nuevo detective que comienza a seguir a Christine, y todo acaba no llegando a ningún puerto. 
En Besos robados (1969), Truffaut a través de la fragmentación de los relatos, hace que el tiempo avance deprisa, consiguiendo que el ritmo no decaiga en ningún instante. Al inicio, por ejemplo, cuando Doinel sale del ejército y tras la visita a los padres de Christine, inmediatamente en la secuencia siguiente el joven ya aparece trabajando como recepcionista. Esta concatenación de vivencias en las que Truffaut no separa a mostrarte caminos medios, también se ve en la construcción de la relación entre Antoine y Christine, e incluso con las diferentes misiones de detective que le van encargando, y se van resolviendo de forma rápida en pantalla.
Otra de los rasgos principales del movimiento es la utilización de los elementos de la propia industria del cine dentro de sus películas, lo que llamamos el metacine. A pesar de que en Besos robados (1969), no aparecen elementos de estas características, Truffaut hace uso de ellos en La noche americana (1973). En este largometraje el director filma un rodaje, en el que él cumple el papel del propio director dentro de la película, en una especie de autoficción para relatar El proceso de creación de un melodrama de una productora de Niza. A través de este título, el director francés pone en pantalla la técnica de grabación que fue creada por los estadounidenses, y que consistía en grabar de día secuencias que en ficción suceden de noche, a través de un filtro oscuro que se coloca sobre la lente de la cámara.
Este episodio de la vida del joven Antoine Doinel se revela como un auténtico ejercicio de la Nouvelle Vague, en la que el ritmo y la comicidad forman parte del inicio de la relación entre Christine y él.
Nahia Sillero.



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