Late Night with the Devil: peleas entre el cine y la TV 

Pantalla grande, pantalla pequeña

The King of Comedy (1982, Martin Scorsese)

Las más de las veces, cuando el cine habla de la televisión, lo hace de manera despiadada; al menos en sus buenos ejemplos. Entre ellos: Network, The King of Comedy, The Truman Show, Quiz Show, They Live!, Wag the Dog; son muchos. La relación entre ambos medios implica todo un capítulo dentro de la historia del cine, que aquí no viene a cuento, pero permite inferir los motivos de esta mirada lacerante.

En todo caso, cine y televisión son dos proyectos diferentes; aun cuando su relación y discusión haya quedado un tanto anacrónica, conforme a las nuevas tecnologías y los formatos por donde circulan ahora las imágenes y las películas. Por eso, Joker prefiere ambientarse en los años ’70; y en un doble sentido, tanto para destilar su crítica al medio catódico, como para recordar aquél Hollywood, autoral y diametralmente opuesto al de estos días.

Pienso también en otro caso, magnífico, como el de Nope!, donde Jordan Peele recrea, de manera evidente pero de acuerdo con su historia, la trágica historia del chimpancé Travis, estrella televisiva que se volvió loca y fue abatida a tiros en plena emisión. Qué extraordinario. Desde ya, el cine no está exento de ejemplos parecidos, porque torturas así los animales sufrieron tanto en un medio como en el otro; pero hay otra cuestión, y tiene que ver con qué tipo de espectador piensa la televisión y en cuál piensa, mientras tanto, el mismo cine.

Para precisar mejor todo esto, hay un factor nada menor, y tiene que ver con el lenguaje. Puede decirse que el lenguaje audiovisual es una sumatoria de convenciones, que hay que ponerlas en entredicho, discutirlas y poetizarlas, pero más allá de esto, es cierto que es este “lenguaje” el que permite una estructura, un lugar reconocible, y es por eso que el cine está lejos de desaparecer, aun cuando sea ya distinto y sus películas circulen por otros formatos y lugares. Como sea, no hay quien no sepa qué es una película; sea donde sea que la mire. Una película es una película.

Dicho esto, ¿qué es la televisión? Muchas cosas, superpuestas y todas posibles. Cualquier cosa tiene cabida en la televisión porque ésta, justamente, no tiene lenguaje. Todo cabe allí: desde un programa de gordos que quieren adelgazar a gente sitiada en una casa, obligada a convivir; de emisiones sin pausa y reiterativas a informativos donde cualquier cosa puede ser noticia. Todo, pero todo, puede ser posible en la televisión.

El cine, porque tiene lenguaje, es otra cosa.

Terrores setentosos

Linda Blair y William Friedkin durante el rodaje de The Exorcist (1973)

La década de 1970 fue notable para el cine de terror, y delineó una lista de títulos donde El bebé de Rosemary (si bien de 1968), El exorcista, Carrie, The Texas Chainsaw Massacre, y Halloween, entre otros, oficiaron de maneras refundantes, al revisar el género y ser el germen de muchas películas. Carpenter, Friedkin, De Palma, Hooper: directores anticlericales, que encontraron en el terror y en su liturgia una manera crítica y despiadada de mirar el mundo.

La impronta de ese cine está, permanece; al menos desde dos lugares distintivos. Uno de ellos es al volver fórmula aquello que era novedad, algo que termina por licuar la propuesta de origen; de este modo oficia la mayoría de las secuelas y remakes. El otro lugar es más destacable, porque tiene que ver con cómo se asume la poética roída y magistral de aquellos films, en vistas al logro de algo distinto. Así y todo, habrá que atender a que muchas de estas incursiones prefieren volver a situarse en aquel mismo contexto, como una especie de escudo estético protector. Y si bien es ésta la elección de Late Night with the Devil, la película de los hermanos australianos Colin y Cameron Cairnes, su frescura la hace merecedora de una atención especial.

Dicho esto, hay algo que enlaza de modo evidente con el mundo televisivo, y con la mirada despiadada que el cine suele tener sobre éste. Late Night with the Devil lo hace a través del recurso del found footage, el metraje encontrado; en este caso, el de un programa televisivo perdido. Y maldito.

Shows demoníacos a la hora de la cena

Late Night with the Devil practica su salto al pasado a través de un falso late night show: Night Owls with Jack Delroy, cuyo conductor (interpretado por David Dastmalchian) parece dispuesto a todo con tal de alcanzar el pico de rating. Ahora bien, ¿qué fue de Delroy y de su programa, casi de culto? Un programa que supo tener sus momentos, de mayor y menor esplendor.

Entre sus instancias trágicas, por ejemplo, destaca el fallecimiento de su esposa; de hecho, en una de las emisiones, ella participó, en silla de ruedas, evidentemente afectada por la enfermedad terminal. ¿La televisión es receptáculo de cualquier tema? Sí. ¿Tiene límites? No. Porque Late Night with the Devil acepta esta hipótesis, hace entonces lo que sigue: invocar fuerzas satánicas con tal de ser el programa más visto. Vale aclarar que esto no es algo que la película señale de manera explícita; en todo caso, la secuencia inicial funciona como un preámbulo adecuado -por exitista y amarillista-, al introducir al programa en cuestión y a su conductor. Acto seguido, se verá el programa perdido de Night Owls, un especial de Halloween en 1977, donde ocurrieron hechos que pocos recuerdan y nadie explicó.

En él, un psíquico, un detector de fraudes paranormales, y una parapsicóloga con su joven paciente poseída, serán de la partida. A medida que el show avance, sumarán interés los momentos intermedios, dedicados a la tanda publicitaria, en la procura de equilibrar lo que parece ridículo pero se torna imprevisible. Pero como hay anunciantes y productores presentes, son ellos los que mandan; por eso, si alguien muere, solo será un detalle. De esta manera, la película juega sus situaciones terroríficas pero sin perder el condimento humorístico, en un equilibrio entre el ridículo y lo fantástico.

Al emular un show televisivo de los ’70, el film se permite trabajar con el formato y la textura del video-tape, lo que equivale a una imagen que resuena vintage y justifica, además, su presupuesto. Es decir, Late Night with the Devil es una película de dinero ajustado, el necesario como para pensar en cómo hacer creíble lo que se mira. Y lo logra. Por momentos, parece una lógica remake de algunos de esos viejos shows norteamericanos, con sus chistes y aplausos prefabricados, junto a la retórica ensayada entre el conductor y su co-anfitrión; y en otros momentos, gracias a algunas secuencias que funcionan como inserts, se asemeja más a la estética de las series televisivas (cuando se narran hechos que suceden por fuera del plató televisivo).

David Dastmalchian emula a Rod Serling en The Twilight Zone.

De hecho, en determinado momento tendrá privilegio una cita iconográfica hacia La Dimensión Desconocida -anterior a los ’70, vale la aclaración-, a través de una gran espiral hipnótica, como la que acompañaba a la serie de Rod Serling. En ese momento, será el propio Jack Delroy, el conductor, quien pida, sincero y a los televidentes: “¡Apaguen el televisor!”; en un gesto que recuerda al grito de Kevin McCarthy, también a cámara, en Invasion of the Body Snatchers (1956): “¡Imbéciles, están en peligro, van por ustedes!”. Si de filiaciones cinéfilas se trata, hay otra película espiritualmente cercana: Extraña invasión (1965) de Emilio Vieyra, en donde la televisión es el agente de una hipnosis colectiva programada.

Toda la travesía de Late Night with the Devil es un disfrute, por los guiños cinéfilos que contiene y por la autonomía lograda. A su manera, el film australiano exhibe más frescura que la de muchos otros, supeditados a fórmulas o al exhibicionismo digital. También porque sabe llegar a la verdadera síntesis; en su caso, a través del vínculo marital entre los demonios y los rayos catódicos: una relación que parece ser para toda la vida.

Leandro Arteaga

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