Estrenos: Partió de mí un barco llevándome 

En la primera escena de Partió de mí un barco llevándome vemos a distintas chicas porteñas de ascendencia coreana presentarse ante una cámara que las filma contando quiénes son y qué relación tienen con sus raíces coreanas, con qué extrañeza se perciben en su figura heredada de inmigrantes. De pronto, sin romper este tono de conversación ligera, aparece una pregunta más específica por un tema grave, su conocimiento de las ianfu, las “mujeres de confort” tanto coreanas como filipinas, tailandesas, vietnamitas, malayas, taiwanesas, indonesias, japonesas, que el ejército japonés secuestró durante la Segunda Guerra Mundial para convertir en esclavas sexuales. Vemos esta situación que parece un casting tras el cuál la película termina decidiendo quedarse con una de ellas, Melanie Cheung, de 26 años, con el propósito de trabajar con ella la interpretación del testimonio escrito de una de esas ianfu. Es un propósito que otra película podría considerar simple de resolver mediante el ensayo y la técnica, pero lo que se propone Cecilia Kang es justamente hacer una película que ponga en escena el acto de vincularse a semejante testimonio como una pregunta sin métodos prefijados, y en la que además las complejidades de hacerlo exceden lo que podrían considerarse cuestiones técnicas de la actuación. Es otra cosa lo que busca Kang en esta película en la que tampoco es siempre claro qué exactamente, pero es capaz de responder a ese tanteo incierto con la confianza tranquila de insistir en el registro y el acompañamiento de Melanie en nada menos que tres años que el texto que quieren reencarnar se solapa con su vida.

A partir de este encuentro inicial entre muchas cosas (dos mujeres, una directora y una actriz, el cine y un texto, el pasado y el presente y habría luego que empezar a combinar todos estos términos para entender cómo la película los reconoce), se trata de hacer visibles ciertos procesos involucrados en el trabajo de reencarnar el texto, pero a su vez observarlos sin desprenderlos de un contenedor mayor que es la vida de la propia Melanie. Junto con las lecturas del texto y sus comentarios, vamos de a poco conociéndola en su vida cotidiana, trabajando en el local de ropa de su madre cotidiana, signos de una existencia atravesada por cierto bienestar económico. Kang no desconoce que hay una desproporción entre el testimonio de la ianfu y esta cotidianeidad más bien tranquila de Melanie; se hace cargo de esa gran distancia como desafío de encontrar y saber filmar algún puente. Como hay también una desproporción entre su cotidianeidad y la gravedad de la historia que cuenta su madre sobre la relación con su ex marido, marcada por el abuso y un silencio sostenido por no querer difamar a quien al fin era el padre de sus hijos, pero sin embargo algo nos sacude no sólo de escuchar esta historia sino de ver estallar en ese momento el llanto de Melanie al escucharla. No esperábamos esta manifestación del dolor transmitido y es un gran mérito de Kang montar la escena rodeándola de la banalidad cargada de detalles de la cena (en la que entre otras cosas vemos las complicaciones de adaptar el estilo de asado coreano a los cortes argentinos).

Es así como junto con los momentos de trabajo sobre el texto vamos habitando la vida de Melanie en una película que elige no señalar las posibles articulaciones entre distintos destinos asociadas a la diáspora coreana. Los momentos en los que vemos a Melanie ensayar el texto están a su vez montados de manera que siempre se integran en su marco más banal y cotidiano, las lecturas se deslizan sin mediación a otras acciones que incorporan las distracciones de Melanie como parte de una curiosidad que la película hace continua de una cosa a otra. Por momentos parece como si la película sugiriera que reencarnar en una joven porteña, hija de inmigrantes coreanos, el testimonio de un crimen humanitario producido luego de la segunda guerra, es un asunto tan complicado de encarar como rastrear los signos particulares con los que Melanie se contornea dentro del universo de la clase media argentina.

En un momento habíamos escuchado hablar de un hermano que había preferido volverse a vivir a Corea, donde ahora se había enamorado de una chica con la que esperaba casarse pronto. Luego de esa primera parte en Buenos Aires, luego de ver a Melanie recibir ayudas sobre cómo hacerlo desde distintas diagonales (su madre, en otro momento Julio Chávez) la película salta a acompañar a Melanie en un nuevo viaje a Corea, después de muchísimos años de su primera visita. Melanie se divide entre los momentos compartidos con su hermano y otros que tienen que ver con nuevas aproximaciones al texto. Visita un museo que preserva la memoria de las víctimas en la que sostiene una conversación en inglés con un tipo que parece uno de los guías o conservadores del lugar, otra forma de la conversación para devolverle vida a los documentos. Del otro lado, los encuentros con el hermano tienen todo lo que podemos esperar de un encuentro entre hermanos en dos partes distintas del mundo, desde el tráfico de golosinas hasta el aprendizaje del estilo de selfie más popular en Corea. Son escenas con ese aire particular que tienen los encuentros en un contexto de viaje, esa ligereza que deja expuestas las defensas para la apertura sentimental.

Es como si en algún momento la película se hubiera preguntado sobre su propia intención original de llevarle ese texto tremendo del pasado, con toda su carga histórica y política, a una chica joven de una realidad a mil años de distancia, y hubiera intuido en el camino que antes que la presión de hacerle cargar con ese peso había que aligerar el trabajo, esparciendo a su alrededor el aire que le da esa transición fluida entre la tensión y la distensión, y que significa para la cineasta una curiosidad por algo más que aquella premisa que disparó el encuentro. Por un lado esto supone resignar cualquier intervención o investigación más profunda sobre la historia de las ianfu y la actualidad del reclamo histórico; no hay en Partió de mí un barco llevándome grandes intervenciones en ese sentido, es un aprendizaje que acompañamos con la misma curiosidad que Melanie, una curiosidad que no deja de ser sincera y que excede o deja en pausa la apropiación que se pueda hacer de esa historia. Por el otro, supone dejar siempre el encuadre abierto para alumbrar otro tipo de revelaciones cuya importancia parece difícil de comunicar en un pitching. Es un trabajo de la mirada saber encontrarlas.

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