Otra sección de artículos especiales, como las “Cosas que Amo” que inauguré con Punch-drunk Love" (leer acá), que deseo comenzar a publicar es “Grandes Inicios”. En ellos, abordaré en detalle las primeras secuencias de ciertas películas, las cuales considero fundamentales para presentar el tono o el lenguaje. Algunas obras pueden dar puntapié a la historia o presentar a los personajes principales, pero otras pueden hacer exactamente eso y además utilizar brillantes recursos formales para transmitir sensaciones, información o puntos de vista. Muchas películas pueden comenzar de manera soberbia y desmoronarse a media que avanzan, mientras que otras mantienen la mismo el nivel. Eso lo juzgarán ustedes, si la han visto o las verán, pero yo de ahora en más solo voy a hablar de los grandes comienzos. En fin, arranquemos por el principio…
El Silencio de los Inocentes (Jonathan Demme, 1991)
A los 30 segundos de comenzada la película, luego de los logos de las productoras, abrimos con un plano general de un árbol en un bosque, prácticamente sin hojas, en un día nublado. La música es dramática y oímos un águila a lo lejos. ¿Qué nos está diciendo? Simplemente, nos está ubicando geográficamente: un bosque, en un día nublado. Sin embargo, estos elementos cobrarán un nuevo significado después.
Aparece un intertítulo en pantalla. Nótese cómo está escrito. La tipografía emula una máquina de escribir y nos informa: “Bosques cercanos a Quantico, VA” (del estado de Virginia, Estados Unidos). Un detalle importante: ¿por qué nos especifican “bosques” si ya vemos un bosque? De nuevo, esto tendrá importancia en pocos minutos.
Los créditos de inicio. Letras grandes, en negro. Contundente, oscuro, serio. Ya estamos presentando parte del tono. Junto a la música, esto seguramente no sea una comedia, una película infantil o romántica.


La cámara finalmente se mueve. Desciende. Se detiene en una pendiente. Vemos movimiento. Alguien se acerca. Es una mujer. Joven. ¿Qué está haciendo? Asciende por una soga y tiene ropa deportiva. A su lado una soga igual, tendida en el suelo. Asumimos que está entrenando, sí, pero en un lugar apto para entrenar.
Pensemos qué nos está diciendo este plano. La información principal es la chica entrenando. Pero el subtexto nos dice otra cosa. Esta joven está esforzándose para llegar hacia arriba. Está usando su fuerza para subir, llegar a la cima.
Finalmente llega y se detiene frente a cámara para tomar aire. Sí, pero también para ver bien su rostro, reconocer a nuestra protagonista, y además para leer la inscripción en su buzo: “Academia FBI”.
Ahora es cómo varios elementos presentados hace apenas un minuto cobran sentido. La mujer se encuentra allí como parte de su entrenamiento del FBI. La tipografía utilizada para “Bosques cercanos a Quántico, VA” es la de una máquina de escribir porque justamente es muy común en esta agencia federal que se realicen numerosos informes en dactilógrafo. Y la razón por la cual nos informan de un “bosque” viendo un bosque es por el riguroso nivel de detalle que un agente de FBI describiría una ubicación.
La joven continúa su marcha. Esta vez la enfocamos de atrás. ¿Alguien la sigue? Por supuesto que no, pero la noción de que una mujer siempre tiene que cuidar sus espaldas es casi sentido común. Está, figurativamente, en terreno peligroso. Siempre.
Plano frontal. Queremos remarcar su expresión, su concentración. Está cansada, quién sabe cuánto hace que viene corriendo. Pero está enfocada. Nos está describiendo un personaje sin diálogos y sin nombres aun. 
La música se vuelve más dramática. Ella corre más deprisa. No está solamente entrenando. Hay una determinación en su manera de trotar. Está queriendo demostrar algo. Luchando con obstáculo mucho más grande que aquellos que puedan estar en el suelo. De nuevo, el film no lo expresa a los gritos. Lo sugiere.
Plano de perfil. Especial atención a sus aros. Aunque está realizando un entrenamiento forzoso, sucia y transpirando, ella no pierde su femineidad. Puede ser algo consciente en ella o no (quizás olvidó sacárselos), pero hay una intención en mostrarlos.


Nuevamente un plano de espaldas y llegamos a otro obstáculo. Un muro de red que debe escalar. Nuevamente una mujer teniendo que utilizar la fuerza para subir, sortear el obstáculo y seguir adelante. La cámara bordea el muro, porque para nosotros es fácil, claro, pero no para ella. Ella tiene que hacer el esfuerzo. 
Continúa su marcha y cuando ya se aleja de nosotros, escuchamos “¡Starling!". Se detiene. Ya sabemos su apellido. Un hombre con uniforme se acerca y le informa que Crawford quiere verla en su oficina. Ella capta la orden. Es una reunión a la que debe ir enseguida.
El hombre voltea y vemos nuevamente la inscripción de FBI. Efectivamente, estamos allí.
Un cartel en el bosque. Qué bonito lema, ¿no?

Starling corre, sale del bosque y se acerca a un edificio. Varios efectos de sonido irrumpen. Disparos, alarmas, máquinas de escribir. El sonido nos está introduciendo en un lugar sin necesidad mostrarlo. Ella se cruza otros agentes entrenando. Finalmente nos ubicamos, pero ya podíamos intuir dónde estábamos gracias a la banda sonora.
Se cruza con una colega. “Clarice”. Sin presentarla explícitamente, ya conocemos a Clarice Starling.
Clarice cruza una sala colmada de armas de fuego. Está bien, es una academia del FBI, es totalmente normal. Pero la idea se transmite igual: es un mundo violento como para tener tantas armas a disposición. El peligro siempre está latente.
Finalmente llega a un ascensor e ingresa. Rodeada de hombres con otro color de uniforme. Ella diminuta, casi como una presa fácil. Recordemos en todo lo que nos vino contando la película hasta ahora. La sumatoria de elementos para comunicar un sentido, un tono, una visión del mundo.
Clarice sale del ascensor. Vacío. La idea de que aun estando en desventaja, ella sale airosa, en una pieza. Es obvio que nada pasó allí dentro, pero nos transmite algo. Siempre nos están contando algo.
Ok, ya sabemos en qué área se está dirigiendo Clarice. Nos estamos adentrando en la mente.
Clarice llega a la oficina de Crawford y debe esperarlo unos minutos.

Mientras aguarda, observa a su alrededor. Algo capta su atención. Algo capta nuestra atención. Nos acercamos a su rostro. Es importante.
Vemos lo que ella ve. Fotografías forenses. Víctimas despellejadas.
Clarice mira concentrada pero sin atisbos de impresión. No es algo nuevo para ella. Es lo que le apasiona.
Aquí no solo estamos conociendo a Clarice. Estamos conociendo a Buffalo Bill, el asesino en serie. Y lo estamos conociendo de la misma manera que el FBI, por sus víctimas, su modus operandi. Todas mujeres.


Crawford la recibe. Se sientan. Aquí es cuando los personajes comienzan a dar más información a través de los diálogos. Pero ya hay muchísimos que sabemos gracias a la estupenda narración cinematográfica.
Especial atención a lo que sigue. Plano y contraplano. La mirada de Clarice levemente apuntando a izquierda. Es un eje de miradas tradicional en el cine. La mirada de Crawford, no. Está mirando a cámara. Su mirada nos interpela. La cámara es cómo Clarice. Nos ven a los ojos. Nos estudian, nos juzgan. Sentimos esa incomodidad porque es así cómo Clarice se debe sentir siempre. Observada, a prueba. Cada vez entendemos más su determinación.
Y así es cómo Crawford presenta a otro personaje importante: el Dr. Hannibal Lecter. Clarice lo conoce: “Hannibal, el Canibal”. Miren cómo toda esta información se dice al pasar, pero nos están creando una fuerte imagen en nuestra cabeza. Creando un misterio con apenas unas palabras. El gran fuera de campo.
Crawford le ordena a Clarice que visite a Lecter en el psiquiátrico dónde está encerrado, pero muy importante: que tenga cuidado, que no olvide lo que es él.
Pregunta.
Y respuesta. En otra locación. Información clara, directa. Estupenda transición.
Primerísimo primer plano de este sujeto. Mirando a cámara, por supuesto. No tuvimos una introducción a él como con Crawford (cordial, respetuoso, casi una figura paterna, aun con la mirada a cámara), sino que aquí lo tenemos muy de cerca, con esa sonrisa libidinosa. ¿Qué está mirando?
A Clarice, claro. Alejada, de nuevo como una presa. Con ese cuadro a su derecha, de hombres, también con rostros perversos. Ella definitivamente está incómoda.
¿Cómo no estarlo? Con este asqueroso tirando insinuaciones desubicadas.
Los ojos de Clarice ya ni respeta el eje de miradas. Está desencajada, muy incómoda.
Este tipo no se calma. La sigue. Y seguimos en el primer plano, encerrándonos.
Clarice es enfática. Solo vino a ver a Lecter e irse.
Listo. No aceptó su invitación. Cortito y al pie. Nos alejamos finalmente de ese primer plano. Y así nos presentan, por su cartelito en la mesa, al Dr. Chilton.
Chilton conduce a Clarice hacia dónde tienen encerrado al Lecter mientras continúa introduciéndonos a este personaje que no hemos visto. Es importante la maestría con vamos conociendo a Lecter desde palabras de otros. Es mucho más fuerte que verlo finalmente. Escuchando e imaginándolo.
Siguen su camino. Descienden unas escaleras. Chilton le remarca que por ser mujer Lecter se sentirá atraído por ella, cosa que puede ser a su favor, o en su contra.

Cruzan pasillos. Atraviesan celdas. Todo lo que nos está diciendo la película a través de estas locaciones. ¿Por qué tanto protocolo? ¿A dónde tienen a Lecter?
Nuevamente descienden. Unas rejas en rojo vivo. ¿Estamos descendiendo al mismísimo infierno? Justo cuando Chilton le recuerda a Clarice de las precauciones antes de ver a Lecter.
Chilton le comparte la fotografía de una enfermera que fue atacada por Lecter. La reja se abre.
Rojo vivo. No vemos la fotografía. El rostro de Clarice es suficiente.
Chilton da los detalles macabros. No lo vemos. Pero imaginamos el horror. Nuestra imaginación es más fuerte que algún recurso explícito.
“Lo mantengo aquí”. Hay todo un sadismo en esas palabras. Ese poder que siente sobre Lecter. Lo excita.
Clarice le pide entrar a ver a Lecter sola.
Chilton se siente algo ofendido.
Clarice no es ninguna boba. Sabe endulzar el oído de un hombre así. Ella conoce su poder de persuasión.
Chilton se alaga pero tampoco es bobo. Entiende la intención. Finalmente, se va.
Desde el punto de vista de Clarice, seguimos conociendo el sistema de seguridad que tienen para Lecter. Atención: en la cámara ya se puede ver a Lecter sobre su cama. Pero no lo sabemos todavía.
Barney, vestido de blanco, con una mirada cautivadora. Su apariencia y su mirada ofrecen tranquilidad en este infierno. Lo necesitábamos.
Clarice finalmente a punto de conocer a Lecter. La reja se cierra. Se alarma. Nunca se está del todo preparada para conocer al demonio, ¿no?

Barney del otro lado de la reja. Nosotros del otro lado de la reja. Estamos con Clarice, en todo momento.
Clarice camina lentamente hacia la celda de Lecter.
Nuevamente su punto de vista. Nuestro punto de vista. 

Se cruza con todo tipo de criminales. Imagínense porqué están ahí. No los conocemos. No necesitan presentárnoslos, pero no saberlo también nos llena de intriga y horror.
Ya casi llega. Su expectativa, nuestra expectativa.
Finalmente, la celda de cristal. Ante nosotros, Hannibal Lecter. Primera vez que lo vemos pero sentimos que lo conocemos. ¿Era lo que esperábamos?
Fin de la primera secuencia. Piensen en todo lo que vimos. Recuerden todo lo que nos estaban contando cuando no lo sabíamos. Incluso lo que se nos estaba presentando mediante imagen y sonido. El nivel de detalle, de economía. Lo justo y necesario. Un personaje, un objetivo, una misión y un antagonista. Pero todo lo que nos dice del mundo en que vive Clarice, de lo que debe lidiar día a día.
No hay bajada de línea. No hacen falta pancartas o diálogos expositivos. . Hay narración por imágenes. Hay lenguaje cinematográfico.
"Para mensajes está el correo" decía Hitchcock. Al buen Alfred le hubiese encantado esta película.




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