Mi historia con Dragon Ball 

Hace unas horas anunciaron la muerte de Toriyama y quería dejar en algún lado unos pensamientos y anécdotas que se me cruzaron mientras iba camino al laburo escuchando los openings y endings del anime.



Siempre me resultó llamativo que, no entiendo por qué, me acuerdo el momento exacto en que descubrí Dragon Ball, casi como si mi mente de alguna manera supiera premonitoriamente que debía guardar ese recuerdo porque iba a ser algo importante. Sacando cuentas yo debería tener unos 7 u 8 años, entramos con mi primo a la habitación de mi tía, en una tele de 14 pulgadas estaban dando el episodio que Goku se transforma por primera vez en un mono gigante y escapa del castillo de Pilaf. Ante mi desconocimiento de lo que veía en la pantalla, la reacción de mi primo fue “¡¿No conoces Dragon Ball?!”. No sé si alguna vez en mi cortísima vida había siquiera visto un anime, pero su sorpresa me hizo pensar que me estaba perdiendo algo realmente importante, y creo que un poco de razón tenía.

Por supuesto que la primitiva internet de esos años no alcanzaba ni para descargar un PDF, por lo que la única oportunidad de ver los episodios de una serie era estar atento al día y horario que los pasaban en la televisión, era realmente un momento especial, al punto que uno no tenía idea de cuándo iba a poder volver a ver ese episodio. En este contexto, recuerdo que transmitían Dragon Ball GT a las 13 hs, justo el horario en que yo entraba a cursar a la primaria. Un día simplemente decidí entregarme a las ganas de quedarme viendo Dragon Ball y faltar a la escuela (cosa que nunca hacía, aunque lo que sí hacía religiosamente era llegar tarde). Para lograr mi objetivo básicamente manipulé a mi abuela (la encargada de llevarme a cursar) repitiéndole que ya estábamos muy sobre la hora, que íbamos a llegar tarde y que para eso mejor ni ir. Solo mi abuela, incapaz de llevarle la contra a sus nietos, pudo ceder ante tan pobre argumentación. Ni me acuerdo qué episodio era el que conseguí quedarme viendo.

Pero el ámbito escolar no era ajeno a Dragon ball, más bien lo contrario, era uno de esos puntos en común indiscutibles entre compañeros del colegio, el único tan universal como para conectar hasta con quien perteneciera a un grupo social antagónico. Tal vez incluso había alguien que te hacía bullying, pero que cuando veía que tenías una carpeta de Dragon Ball podía surgir un mínimo gesto cómplice capaz de sortear esas ansias de molestar al otro, que nos recordaba a ambas partes que hasta con la persona más diferente a uno se puede sentir unión gracias a un disfrute en común.

Hace no mucho me pasó de estar en la calle con una remera de Dragon Ball y que un nene señalándome diga “Mira, mamá, Goku”. Por más masividad que tengan otras obras del manga/anime, realmente nada es equiparable. Hasta las madres que no saben lo que es el anime, ni Naruto, ni Demon Slayer, ni One Piece, saben qué es Dragon Ball y saben reconocer a Goku. La pasión es la que nos ha llevado a quemarle las cabezas a nuestros padres durante generaciones, un ciclo que se ha repetido durante tanto tiempo como para pegar la vuelta y que hoy pueda ser el padre/madre quien puede llegar a presentarle Dragon Ball a su hijo.

En la gente de mi generación hasta la de hoy, Dragon Ball se mantuvo muy presente, desde que tenemos memoria hasta la actualidad, es una de esas cosas cuya vigencia nos acompaña toda la vida dando una sensación de eternidad. Esta masividad permanente de Dragon Ball es la que nos hace normalizar la excelsa imaginación que desplegó su autor al concebir todos estos mundos, reglas y personajes que hoy damos por sentados, como si fueran tan comunes que siempre estuvieron ahí, pero son realmente producto de una creatividad inusitada. Es una obra tan popular que incluso ha eclipsado los demás trabajos del mismo Toriyama, y es indudablemente un fenómeno cultural con una trascendencia intergeneracional pocas veces vista.

La serie fue fundamental porque su masividad ayudó enormemente a expandir a todo el planeta los mundos del manga, del anime, e incluso me atrevería a decir de la cultura japonesa en general. Un anime con una historia y personajes que cautivaban tanto como para hacernos ver minutos y minutos de una narración estirada sin que nos moleste. Por supuesto me refiero a momentos como los eternos intercambios de miradas, y donde los “5 minutos para que explote Namekusei” terminan durando 10 episodios, ambos ejemplos de dilatación temporal tan extremos que se volvieron memes por su ridiculez, pero que aún así, nunca nos molestaron.

Lo irónico es que si uno lee el manga salta a la vista que tiene un ritmo diametralmente opuesto a su versión animada, la lectura vuela gracias al gran nivel narrativo de Toriyama. Transmitir tanto dinamismo mediante imágenes estáticas es algo que nunca deja de sorprenderme.

Por eso me molesta cuando se menosprecia a un producto masivo como Dragon Ball por no pertenecer a un género más “prestigioso”, así como a veces se menosprecia a la acción, a la comedia, o directamente a todo lo que sea animación. Como si no fuera significativo lograr esa magia inexplicable que consigue cautivar y unir a gente de todos los estratos, estilos y generaciones a lo largo de más de 30 años. Si fuera tan poco meritorio ¿por qué ninguna otra obra lo consiguió?



Recién en el trabajo alguien silbó Cha-La Head-Cha-La

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