La Insoportable levedad del ser, dirigida por Philip Kaufman y basada en la novela de Milan Kundera, es una película que me marcó profundamente. En 1988, con apenas 21 años, vi esta obra que, como dicen ahora, me partió la cabeza. Repensarla ahora, más de treinta años después, es un desafío que me hace revivir tantas cosas.
En aquel entonces, la mayoría de edad era un hito crucial para muchos de nosotros. Yo me sentía tan exultante como inexperta en tantos sentidos. Aunque el tango diga que "20 años no es nada", con mis más de 57 años a cuestas, sigo pensando que no son nada vistos desde ahora, pero en aquel entonces parecía lo más importante del mundo. Cada vivencia ocupaba un universo, y eso que el mundo es vasto y gigante.
Elegir esta película, tantos años después, para escribir sobre ella es como revivir un sueño y contarlo. Ya que me marcó no solo en aquel momento y en aquellos años, sino también cada vez que he vuelto a ella con el paso del tiempo. Los vericuetos de sus personajes en intrincadas situaciones, en increíbles pero vitales equilibrios y desequilibrios, en los grises, en los blancos y negros, la profundidad de sus diálogos, y el trío maravilloso de Tomáš, interpretado por Daniel Day-Lewis, Tereza, interpretada por Juliette Binoche, y Sabina, interpretada por Lena Olin, son fundamentales. Ellos y el guion que los sustenta soportan el peso de la historia en sus hombros. Me maravilló la manera en que explora temas como el amor, la identidad, la libertad, el deseo hasta la muerte y más allá. Tanto que, de alguna manera y por algún tiempo los personajes se convirtieron en compañeros de viaje en mi memoria. Sus dilemas existenciales, sus amores y desamores, resonaron profundamente en mí. Me identificaba con la búsqueda de Tomás por la libertad y con la lealtad apasionada de Tereza. La figura de Sabina, en cambio, me representaba la rebeldía y la búsqueda de experiencias intensas que yo misma quería tener.
El film entero era una metáfora poderosa de la lucha por la libertad y la verdad, una lucha que resonaba profundamente en mi interior. Era tan jóven que hasta la responsabilidad sobre mi propia vida me pesaba tanto como la expectativa de los demás sobre mis actos. La película me ayudó a comprender que estas dos fuerzas opuestas pueden coexistir en una misma persona.
En muchos momentos, me encontré deseando ser uno de los personajes, ya fuera él o ella. El aspecto sexual no me importaba; lo que me atraía era la intensidad con la que vivían sus vidas. Esa intensidad me llevaba a la teoría del eterno retorno de Nietzsche, una idea que Kundera explora en su obra. La noción de vivir una vida de manera que uno estaría dispuesto a repetirla una y otra vez, con todos sus momentos, tanto los buenos como los malos, me ha llevado a cuestionar y revisar profundamente mis propias decisiones y la forma en que enfrento la vida. Y si quería y quiero revivirla así como está.
La insoportable levedad del ser en primera persona...
La película me enseñó que soy yo quien debe darle sentido a mi existencia. Representaba tanta responsabilidad aquello... Cada vez que rememoro ese momento en el que vi esa película, recuerdo que salí disparada a hacer el amor, a comprar un sombrero estilo parisino y a adquirir el libro que dio vida a esa película. Este enfrentamiento con el eterno retorno me hizo cuestionar si estoy viviendo una vida que valdría la pena repetir, y es una pregunta que me sigue resonando y rondándome, especialmente en cada cumpleaños, cada vuelta del sol de mi existencia, hasta el día de hoy. A veces me acecha y otras cuando acuerdo conmigo me acompaña.
En el film La insoportable levedad del ser, la música juega un papel tan importante como los protagonistas o el propio nudo de la historia. En la evocación de las emociones y la atmósfera, la versión de la Misa Glagolítica de Leoš Janáček que se utiliza es la grabación dirigida por Rafael Kubelík, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Múnich. Esta interpretación la valoré y agredecí mucho porque sus diferentes tonos, para mi, coinciden con la intensidad del film. Lo que la convierte en una elección fundamental para la película, dada la capacidad de Kubelík para capturar la profundidad emocional y espiritual de la obra. En aquel entonces y hoy me siguen provocando un nudo en la garganta y lágrimas que nunca pretendí evitar.
Una de las piezas destacadas es el 'Agnus Dei' de la Misa Glagolítica de Leoš Janáček, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Múnich bajo la dirección de Rafael Kubelík. Esta versión, con su profundidad emocional y espiritualidad, hacía juego con la complejidad de los personajes y las situaciones que enfrentaban, tanto en la vida como en la muerte, subrayando los momentos más intensos de la narrativa. La elección de esta música resuena con los temas de amor, pérdida y búsqueda de sentido que la película explora.
La fotografía de la película también es un detalle más que me lleva a elegir esta peli, una y otra vez, especialmente la escena en la que Tereza (Julitte Binoche) apunta con su cámara al general. Esa parte se grabó en mi retina como una metáfora de la lucha por la libertad, la del mundo y la mía.
Cada plano, cada diálogo, cada nota de la banda sonora me golpeaba, en algún parte de mi con una fuerza exagerada, inusitada y desconocida. Era como si la película estuviera desentrañando los hilos más profundos de mi. Deseando ser periodista y escritora escena tras escena se instalaba en mi, convirtiéndose en un símbolo de la lucha entre la libertad y la opresión, una lucha que resonaba profundamente en mi interior. Entre la inocencia que cada vez dejaba más atrás y la adultez que se me venía encima. Esa noche, al salir del cine, el mundo se veía diferente. Me sentía más viva, más consciente de mis propias decisiones y de las infinitas posibilidades que la vida me ofrecía." Tenía más hambre de comerme el mundo y no me importaba, que, como a muchos, el mundo terminara comiendome a mí.
Cada vez que he vuelto a ver La insoportable levedad del ser le encuentro nuevo matices que disfruto. Recordar como salí del cine sintiendo que nunca volvería a ser la misma, me hace latir los recuerdos. Me hace recordar aquella que en ese momento fui y que pensé que había desaparecido. Pues no, el filme me hizo saber que en algún lugar de mi está todavía. La sentí despertar. Es más, la estoy tomando de la mano en este momento, para ir a buscar el sombrero parisino, para que no le importe la edad para llevarlo puesto, para duelar esa que fui y reamarla toda la vida, para revivir y agradecer sentimientos, emociones y deseos aletargados mientras lloro de tristeza, alegría, vida, amor, deseo y de despertares.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.