La noche en la que me enteré del fallecimiento de Shelley Duvall, la protagonista femenina de El resplandor, vi Nashville, una película que protagonizó en los años setenta. Esa fue la primera vez que vi esa famosa película dirigida por el legendario director Robert Altman. Al principio, me desmotivó un poco que durara 160 minutos (un trauma provocado por la tediosa experiencia de ver Duna: Parte Dos hace unos pocos meses atrás), pero pronto me di cuenta de que mis preocupaciones eran infundadas. A diferencia de algunas películas largas y aburridas, el manejo magistral de Altman de las narrativas complejas y de múltiples hilos, además del reparto, reavivó rápidamente mi entusiasmo. En dos horas, redescubrí la euforia casi intoxicante que solo el buen cine puede ofrecer.
La película cuenta historias que suceden en el lugar homónimo, Nashville, Tennessee, aunque, en mi opinión, apenas cuenta la historia completa y solo capta diversos momentos. Sigue a un grupo variado de personajes a lo largo de varios días y gira en torno a un mitin político y un concierto que incluye famosos cantantes de country, fanáticos obsesionados, un periodista de la BBC que supuestamente está haciendo un documental, el equipo de campaña de un candidato presidencial y un invisible candidato de un tercer partido, Hal Phillip Walker, cuya voz está presente en toda la película. Con un reparto de 24 personajes principales que interpretan partes importantes, Altman cuenta diversas historias independientes que están sutilmente entrelazadas con un realismo casi documental, lo que crea un vívido retrato de la sociedad estadounidense de los setenta.
Las escenas de las interpretaciones musicales suman una hora de película e incluyen canciones que se grabaron en vivo en el set y no en el estudio. Incluso, muchas de las canciones fueron escritas por los propios actores. Por ejemplo, Keith Carradine, que interpreta a un cantante de folk, escribió e interpretó "I'm Easy", que ganó un Óscar a la mejor canción original en la 48ª edición de los Premios Óscar.
Después de ver la película, no podía dejar de escuchar la banda sonora, sobre todo, "It Don't Worry Me", otra canción compuesta por Carradine. Esta canción, que suena múltiples veces en la película, también suena en los créditos finales. En una escena climática, la cantante de country, Barbara Jean (Ronee Blakley), resulta herida por un disparo en un concierto. En medio del caos, Winifred (Barbara Harris), que aspira a ser cantante de country, sube al escenario y comienza a cantar "It Don't Worry Me". Mientras canta una y otra vez "Quizás digas que no soy libre. Eso no me preocupa.", los espectadores se tranquilizan poco a poco y comienzan a aplaudir y tararear con ella. Pareciera que todos se olvidaron del tiroteo que ocurrió hace instantes. La trama está construida de una forma tan meticulosa que estoy plenamente convencida de que esto podría suceder en la realidad, aunque parezca satírico, absurdo e irreal. Sin dudas, es una impresionante crítica de la insensibilización social.
Tan solo dos días después de haber visto Nashville, hubo un intento de asesinato en la realidad. El 13 de julio de 2024, el expresidente estadounidense y actual candidato presidencial republicano, Donald Trump, fue atacado en un mitin político en la ciudad de Butler, en el estado de Pensilvania y, aunque sufrió una leve herida en la oreja, logró salir con su vida intacta. Una persona del público murió y otras dos fueron heridas. El FBI ha confirmado que el atacante era Thomas Matthew Crooks, un hombre de veinte años que fue abatido en el acto. Me sorprendió el extraordinario parecido entre Crooks y el personaje de David Hayward, Kenny, el asesino en Nashville: los dos eran jóvenes, delgados y usaban anteojos. En ese momento, la sátira política de casi cincuenta años de Altman resonó fuertemente con la realidad contemporánea.
Así como me sorprendió que una película ambientada en el marco de una elección presidencial del Bicentenario de los Estados Unidos pareció predecir la elección de 2024, descubrí que hay más trabajos con predicciones fortuitas. Después del asesinato de John Lennon en 1980, The Washington Post le preguntó a Altman "¿te sientes responsable por esto?" porque su película había anunciado el asesinato de una celebridad. Los asesinatos de alto perfil ya eran una realidad sombría antes de Nashville, como el infame asesinato del presidente John F. Kennedy al que se refiere la película varias veces. En un sorprendente paralelismo, cuando le disparan a Barbara Jean, su amigo Haven Hamilton (Henry Gibson), el cantante de folk, grita mientras presiona su brazo herido: "¡Esto es Nashville, no Dallas!". Casualmente, el asesino de Kennedy, Lee Harvey Oswald y el asesino en Nashville compartían características físicas similares.


Una vez, Altman hizo una franca declaración sobre lo que pensaba de los asesinatos de las celebridades: "A estas personas no las asesinan por sus ideas o por lo que hacen. Las matan para poder llamar la atención". Él creía que los atacantes estaban impulsados por un deseo de ser reconocidos y que los ponía en un pie de igualdad con sus objetivos de alto perfil. Con una perspectiva tan clara en mente, Altman retrata al asesino de Nashville sin ambigüedades.
Kenny, el asesino de la película, es un personaje solitario que suele llevar un estuche de violín. Además de una llamada telefónica que sugiere la presencia de una madre controladora, se revela poco acerca de él. Su acto de dispararle a Barbara Jean podría verse como una expresión de su tormento interno, pero el retrato que hace la película de Jean como un ídolo intocable pone de relieve la naturaleza fundamental de dichos asesinatos: son actos desesperados por reconocimiento y no están impulsados por ninguna ideología. Cuanto más importante o famosa sea la víctima, más importante se siente el atacante. Los informes sugieren que Crooks buscó apariciones públicas de figuras como el presidente Joe Biden, el fiscal general Merrick Garland, el director del FBI Christopher A. Wray y Catherine, la princesa de Gales. Esto definitivamente no es casual, sino una escalofriante repetición de la historia que refleja la sombría predicción de Altman sobre los asesinatos de las celebridades luego de la muerte de Lennon: "No creo que hayamos visto el fin de esto tampoco".

Hay otras cosas que se repiten. La confusión, ansiedad y desorientación de la gente captada en Nashville durante esa época nunca se fueron realmente. Retrocediendo a mediados de los setenta en los Estados Unidos, la guerra de Vietnam finalmente está llegando a su fin, pero los personajes en la película parecen estar todavía en el período posterior a un gran colapso. Cantan, hacen el amor, viven y vagan sin rumbo al próximo destino en medio del ruido y el caos: el guion es meramente una guía para los actores, que, de lo contrario, improvisan la mayor parte del tiempo. Cada vez que se escucha una hermosa canción en la película, la música está llena de emoción y poesía, lo que crea una poderosa ilusión de que puede reparar todo lo roto y curar todo malestar. Incluso hace que los espectadores ignoren lo hábil que es la música (o, más bien el arte y la cultura) en adornarse y venderse y se olvidan de que las canciones en el escenario son, en el fondo, un espectáculo y no la realidad total.
La ironía radica en que la gente en la película está apasionada por la música y los cantantes que la crearon, pero no muestran ningún tipo de preocupación por la política que está estrechamente relacionada con la vida real de todos. Hasta el equipo de campaña está más preocupado por si la joven cantante va a hacer un estriptís. Luego del trágico asesinato de la cantante, el público pronto recupera su compostura por medio de la canción, como si nada hubiera sucedido. La canción, un símbolo cultural, parece haberlos consolado inmediatamente. Nashville observa cuidadosamente la patología e ironía detrás de esta calma, pero, al final, la cámara hace una toma panorámica desde el cielo sobre el escenario Partenón, finalizando la película de manera abrupta.
En 2024, luego del intento de asesinato de Trump, una fotografía de Evan Vucci que captó a Trump cuando levantó su puño y gritó "luchen" se volvió viral en los medios y en las redes sociales. Una vez más, la gente se dejó llevar por el simbolismo, mientras que el mundo real siguió con su inexorable marcha hacia adelante.




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