Secretos de un escándalo y el cine dentro del cine Spoilers

Dentro de la enorme marea de películas que reflexionan sobre los procedimientos cinematográficos de la creación, la última película de Todd Haynes, Secretos de un escándalo (May December, 2023), da un paso más allá al nutrirse tanto de una historia real como de una forma discursiva de representación. Es decir, su película es un claro desvío del caso real "Mary Kay Letourneau y Vili Fualaau", y al mismo tiempo una exégesis de los vicios de los docudramas que se alimentan de historias reales para sazonarlas al gusto del morbo contemporáneo. En este constante ejercicio de dualidad, la película de Haynes exprime la verdadera condición de la 'mise en abyme', esas sucesivas puertas hacia el interior del arte que develan las infinitas duplicaciones de su confección. Una obra notable de este siglo que vale la pena comprender más allá de las ambigüedades que definieron su reciente recepción.

Pero vayamos por partes. Cuando se habla de "puesta en abismo", siempre se supone que tendremos a un director de ficción recreándose a sí mismo, poniendo en el terreno de la diégesis su misma práctica -conflictiva, tortuosa, extática- que lo guía en el set. Basta para demostraciones 8 1/2 (1963), de Federico Felini, La noche americana (1973), de François Truffaut, o Recuerdos (1980), de Woody Allen, todos ejemplos a menudo citados sobre esta operación del ‘cine dentro del cine’. Pero hay algo más para buscar dentro de ese juego creativo, que es lo que hace Haynes cuando no se incluye como personaje sino que deja en la misma materia dual de su procedimiento la exposición de sus tensiones internas, sus distancias creativas, un horror a menudo imperceptible que sentimos cuando podemos ver nuestro reflejo en el espejo.

Es entonces que primero vemos llegar a una actriz, Elizabeth Berry, interpretada por otra actriz, la propia Natalie Portman. Su llegada a Savannah, en Georgia, el corazón sureño y brumoso de la tradición gótica de los Estados Unidos, tiene un objetivo: prepararse para interpretar un personaje en su próxima película. ¿A quién debe interpretar? A Gracie, una mujer ya madura que a sus treinta y pico tuvo sexo con Joe, un adolescente, y convulsionó a su ciudad cuando fue descubierta y condenada a la cárcel por ese abuso. Todos parecen haber sufrido por aquel suceso: su marido abandonado, sus hijos desatendidos, su amante inmaduro, arrebatado de esa juventud tempranamente. Lo que siguió fue su salida de prisión y la puesta en escena de una nueva familia que resiste los residuos de rencor de la ciudad y la memoria de aquel escándalo que nunca parece agotarse.

"¿Cómo es Gracie?", se pregunta la propia Elizabeth que ha venido a observarla de cerca, pero también a convivir con su familia, atender a sus vínculos afectivos y descubrir cómo pudo hacer lo que hizo y seguir adelante. Gracie está interpretada por Julianne Moore, aniñada como pocas veces la vimos, con una inocencia autoimpuesta que es la que le permite creerse la protagonista de un cuento de hadas. Eso entendió Todd Haynes cuando confeccionó ese personaje con su actriz ya fetiche a esta altura (fue protagonista de Safe, Lejos del paraíso, Wonderstruck), pero también lo entendió la Elizabeth de Portman cuando la ve funcionar en el pueblo, controladora a la distancia de la percepción que se tiene sobre ella y la que quiere que proyecte la película próxima a filmarse. Así, las capas se acumulan: una actriz hace de una actriz que hace de una mujer real que en el fondo se la pasa actuando y que además está interpretada por la actriz más importante en la obra del director. ¿Interesante, no?

La estructura narrativa de Secretos de un escándalo, cuyo título original 'May December' refiere a la distancia que separa los meses de mayo y diciembre como eco de la diferencia de edad en una pareja (dicho popular en los 50 pero hoy ya en desuso), supone la "creación" de un personaje: Elizabeth debe observar a Gracie para representarla en la película sobre su romance con Joe, su condena y el escándalo que envolvió a su familia. Y debe hacerlo a partir de la atención al presente de Gracie, veinte años después de lo sucedido, tratando de imaginar aquel pasado perdido tal como ocurrió, o como los protagonistas deciden informarle sobre lo que ocurrió. Por ello Elizabeth entrevista a todos los participantes del escándalo -ex marido, hijos de Gracie, al propio Joe-, para así confrontar esa versión recortada que la propia Gracie construye sobre su pasado con otras versiones que la contienen y la expanden. Las fotos recortadas, las cartas ocultas, los secretos revelados son todas piezas que faltan en la versión oficial y que Elizabeth está dispuesta a sumar a su aproximación a la verdad.

Es interesante como Haynes borra las fronteras que separan a los personajes a lo largo de ese proceso vampírico. Elizabeth no solo visita la tienda de mascotas donde Gracie y Joe se conocieron sino que se recuesta sobre la escalera donde fueron descubiertos en pleno acto sexual para recrear la adrenalina de ese adulterio clandestino. Se maquilla como Gracie, comienza a hablar como ella, los tonos de su ropa se aclaran hasta el blanco pálido de la idealización que Gracie ha construido a lo largo de los años. Y en ese juego especular, los espejos pueblan la puesta en escena de la película, desdoblan y oponen a los personajes, la misma cámara se convierte en una superficie refractaria en la que el espectador no sabe si observa lo real o su mera imitación. Imitación de la vida, diría Douglas Sirk, a quien Haynes ya había homenajeado en Lejos del paraíso y aquí reflota con una cuota de mayor autoconciencia: porque el melodrama del que será protagonista Elizabeth no es como aquellos de la Universal que hicieron famoso al alemán emigrado en Hollywood. Es un telefilm barato y berreta con aires de exploit en el que ella asoma como una vampiresa grotesca en la única escena que vemos filmada al final de la historia. La traición de esa recreación anhelada por Gracie supone la revelación de los mismos entresijos de un género como el true crime que endulza la verdad para su efectismo visual.

En tanto Natalie Portman se duplica en Elizabeth, quien a su vez se duplica en su versión de Gracie, Julianne Moore imita los mohines de May Kate Letourneau en su propia versión de la maestra. Ambas actrices se mimetizan en el espejo y es la cámara de Haynes la que nos desafía a distinguirlas. Pasado y presente también se duplican: Elizabeth es la versión joven de Gracie y Gracie tiene celos de la que podría ser doble de sí misma cuando conquistó a Joe. ¿O fue él quien la conquistó?, como ella misma intenta convencerse y convencer a los demás. ¿Quién tiene el poder en la relación de la pareja? ¿Y quién lo tiene en la relación de Joe con Elizabeth, quien lo utiliza para recrear lo pasado y para ponerse a prueba como maestra de ceremonias de esa representación? Elizabeth es actriz para la comunidad de Savannah, que la asocia con Hollywood y le atribuye cierto halo de estrella (sobre todo cuando explica ante el auditorio escolar su comodidad en las escenas sexuales), pero Gracie es también actriz de su propia fábula de amor con Joe y de la familia feliz que no quiere abandonar el escenario de su ciudad a pesar de los regalos escatológicos de sus resentidos vecinos.

Haynes también ensaya el cine dentro del cine a través de las citas: a Persona (1966), de Ingmar Bergman, con ese plano frontal en el que las actrices se confunden como entonces Bibi Andersson y Liv Ullmann, a El mensajero del amor (1971), en la utilización de la música de Michel Legrand que recuerda aquella historia de un amor prohibido y la idealización como única relación con el pasado. A diferencia de la novela de L. P. Hartley, en la que Joseph Losey basa su película, donde el hombre adulto rememora su amor fracasado prisionero del rencor que motivó su indirecta venganza, aquí Joe no participa de la creación, es un mero peón de quienes escriben su personaje y le entregan el guion para que lo represente. Es primero Gracie en la realidad, y luego Elizabeth en la ficción. Pero será el hiato que las separa el que ilumine la conciencia de Joe de su lugar como personaje. Es ahí donde Haynes atiende a esa verdad que puede escaparse por la grieta entre realidad y representación. Joe descubre hacia el final su condición de padre, el dolor por la ida de sus hijos hacia sus propias vidas adultas, la juventud que se ha escurrido de sus manos por la responsabilidad temprana y la condena social, y las ambigüedades de un amor que no es un cuento de hadas.

Hacia el final, Gracie y Elizabeth se encuentran en la fiesta de la graduación de los mellizos, aquellos últimos que se van, dejando el nido vacío. Con esa conciencia a cuestas, Gracie se despide a pura inocencia, vestida de blanco, y mientras le revela a Elizabeth que los dichos de su hijo Georgie sobre el abuso que ella sufrió por parte de sus hermanos mayores puede ser un invento, concluye: "La gente insegura puede ser muy peligrosa. Yo soy muy segura. Asegúrate de mostrar eso en la película". Y entonces queda la imagen de Elizabeth algo desconcertada, casi como el pálido reflejo de quien fuera su modelo, a quien vampirizó para su película sin saber del todo si era ella la que movía los hilos verdaderamente. La cámara de Haynes se aleja. Gracie tendrá el control sobre su ficción hogareña pero Elizabeth puede desplegarlo en su propia representación. "¿Podemos repetirlo?", le pregunta a su director cuando él decide dar por buena la última toma de la escena de seducción de Gracie y Joe, esa de la serpiente y la tentación. "Se está volviendo más real". Tan real como la pantalla está dispuesta a revelarnos.

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