Era 2005, Mr. and Mrs. Smith (dir. Doug Liman) era esa película de la que todo el mundo hablaba porque en medio de su rodaje había nacido Brangelina, la pareja que adornaría los tabloides mundiales los próximos diez años. Diez, esa era precisamente la edad que yo tenía, probablemente una muy corta para ver una película donde una pareja se intenta matar, literalmente. Muchas personas fueron a ver esta película por Brad y Angelina, por la curiosidad o el morbo de ver compartiendo pantalla a esta pareja que para entonces era amada y odiada a partes iguales (un poco lo que se vivió con Elizabeth Taylor y Eddie Fisher pero en el siglo XXI). Lo cierto es que por el efecto arrastre, yo también quise verla. Esperé a que llegara al videoclub de mi ciudad y la alquilé. Mr. and Mrs. Smith era el tipo de película hecha para entretener, casi dos horas de acción y cachondeo que, al igual que Brangelina, fue amada y odiada a partes iguales. Sin embargo, una parte de ella se quedó grabada en mí aquella frase que decía “Un final feliz es una historia sin acabar.
No diré que en ese momento empecé a amar los finales tristes, pero creo que empecé a ser consciente de que eran mis favoritos.
Los finales tristes siempre trascienden
Tengo que empezar por aclarar que los finales felices también me gustan, en especial si el o la protagonista ha sufrido en gran parte de la historia. En esa situación, el final feliz es como una condecoración por haber soportado tanto. Varios ejemplos me vienen a la mente, pero no quiero hacer spoilers. Además, este post no va acerca de esas películas sino de una concretamente, y ya casi estamos llegando a ella.
El punto es que, antes de hablar esta película, tengo que justificar mis razones sobre por qué amo tanto los finales tristes, y hay una poderosa razón: los finales tristes siempre son inesperados, y por lo tanto, son más trascendentales.
Cuando vemos una comedia romántica, estamos predispuestos a que los protagonistas acaben juntos; cuando vemos un thriller siempre deseamos que el héroe cumpla su cometido; si vemos un drama, lo lógico es pensar que después de tanto sufrimiento, el personaje principal encontrará la paz. Pero ¿qué pasa cuando no es así? ¿Qué pasa cuando los protagonistas no quedan juntos? ¿Qué pasa cuando el héroe muere antes de cumplir su objetivo? Pasa que el final de esa película se quedará grabado en la memoria colectiva hasta la eternidad.

Aunque el atractivo de un final feliz es bien recibido también (repito, realmente me gustan), son los cierres tristes los que calan más profundo en nosotros. Seamos honestos: si el final de Titanic (1997, dir. James Cameron) hubiera sido feliz, si los dos hubieran subido a esa tabla ¿creen que el impacto cultural de la película hubiera sido el mismo? Definitivamente, no. Pero es que los finales tristes poseen una capacidad única para sobrevivir entre público a un nivel emocional incomparable. Y nos harán pensar en ellos por mucho más tiempo, ya sea para debatir si dos personas cabían o no en una puerta de madera o simplemente para despertar en nosotros la necesidad de sobre nuestra condición humana.
De hecho, otra de las razones por las que considero que los finales tristes son mejores es por la capacidad de evocar una respuesta emocional compleja. A diferencia de las emociones más predecibles asociadas a la felicidad (de nuevo, cuando vemos una película estamos predispuestos a que todo acabe bien, tal vez porque somos optimistas por naturaleza), la tristeza es una experiencia que abarca otros sentimientos como la pena, la melancolía o la resignación.
Cuando somos trasladados a un paisaje ajeno, en calidad de espectador, incluso podemos procesar nuestras propias emociones a través de los personajes dentro de la historia. Además, los finales tristes desafían los clichés narrativos a los que estamos acostumbrados.
No está mal alimentar el optimismo, sobre todo en el caótico mundo en el que ahora vivimos, pero a veces, ver esas crudas verdades reflejadas en la pantalla, nos invitan a la introspección y al crecimiento personal. Y eso fue precisamente lo que hizo conmigo La La Land.
La La Land ¿es realmente un final feliz?
Pocas veces nos encontraremos juzgando un final feliz porque estos son la norma, algo que no pasa con los finales tristes pues cada que vez que nos topamos con uno pensamos “¿era ese el final que merecían?”

Dentro del género de romance, hay un tropo que siempre me ha gustado: la persona correcta, en el momento incorrecto. Marianne y Connell en Normal People, Daisy Jones y Billy Dunne en Daisy Jones and the Six. Cuando las parejas que parecen estar destinadas a terminar juntas y no lo hacen, consideramos que son un final triste pero ¿realmente lo son?
Estos personajes, aún cuando el género de la historia es romance, son mucho más que una relación romántica, tienen sueños y ambiciones en muchos casos, y a veces el precio a pagar por ir tras ese sueño es dejar ir al amor de tu vida.
Básicamente el escenario en el que nos encontramos en La La Land (2016, dir. Demian Chazelle). Al principio, la película muestra sus cartas como una comedia romántica de manual, en la que Mia y Sebastian pasan de ser enemies to friends a friends to lovers, que además de quererse mucho, tienen sueños por cumplir y cada uno empieza a animar al otro en su recorrido para que ese sueño suceda. Sin embargo, al final ese el lente rosa se rompe, y nos revela un futuro en el que se han separado; pero cada uno ha materializado su sueño. Ya nos lo dijo Taylor Swift: cada paso que das, es algo que pierdes.
Dentro de la narrativa de la película este giro es necesario, no sólo se siente más genuino, sino que nos recuerda que la vida es una cadena de decisiones. De allí yace la pregunta: ¿El final de La La Land es realmente triste?
Es nostálgico, sin duda, ya que convierte la historia de amor en un recuerdo entrañable. Y en cierto modo es satisfactorio ver que Sebastian ha consolidado su propio negocio y que Mia protagonizó esa película que la llevó a la fama. Y sí, también es doloroso pero no porque los protagonistas no hayan quedado juntos, sino porque la película sugiere que, a veces, para alcanzar una cosa, hay que dejar ir otra. La vida está allí: en tomar decisiones, correr riesgos, resistir. Todo conlleva a un sacrificio. Y sin embargo, esa lectura que podemos darle al final, es necesaria.
Ante todo, La La Land es una carta de amor a los soñadores pero para que esos sueños ocurran, debemos ir a por ellos. Un final idílico para la pareja de Mia y Sebastian no habría calado con el mensaje de la historia.
Está demás decir que, tal como ocurrió con Titanic, si La La Land hubiera tenido un final feliz hoy nadie hablaría de ella. Quizás tampoco hubiera hecho esos trescientos millones de dólares que hizo en taquilla que, para ser un musical original, es muchísimo dinero.
Así que dejemos de ver los "finales tristes" como algo malo. Porque si algo nos impacta emocionalmente, nos hace pensar y meditar acerca de nosotros mismos, no puede llamarse malo.
En La La Land y en cada final que evoque a la nostalgia, los soñadores y los nostálgicos encontraremos nuestro lugar.




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