El silencio es un cuerpo que cae: en busca del padre perdido Spoilers

En cualquier acercamiento al género documental, con directores como Patricio Guzmán, Joao Moreira Salles, Néstor Frenkel, Agnès Varda o Andrés Di Tella, se encuentra un rasgo en común que incluso puedo rescatar de mi propia experiencia, independientemente de la temática y el tratamiento de cada una de las películas: la noción de verdad.

A diferencia del cine de ficción, donde los personajes son diseñados únicamente en la película y para la película, el documental trabaja con personajes reales, relatando hechos que sucedieron, todo puesto bajo el ojo de un director que decide, al igual que en la ficción, de qué manera mostrar lo que muestra.

Aun así, encuentro muchos casos en donde la distancia entre documental y ficción no es tan clara, donde los bordes se corren. Hace poco fui a ver un documental (El castillo) en el que el director, Martín Benchimol, contaba que estaba dispuesto a rodar una ficción pero la historia del lugar y los personajes donde iba a suceder el rodaje le resultó tan atrapante, que decidió hacer una docuficción, entrelazando la historia verídica de los personajes con un relato ficcional.

En los documentales, me resulta muy conmovedora la fidelidad de los personajes, lo verdadero de su esencia. En general, el máximo desafío para los actores a la hora de encarar sus roles en la ficción consiste en lograr un registro lo más natural y fluido posible como para que uno, como espectador, no dude de su veracidad. Es claro que muchos actores logran esto, porque de lo contrario deberíamos inferir que la ficción en su totalidad falla en su objetivo. Pero aun así, las sutilezas de las palabras dichas por fuera de lo que indica un guion y la representación de una experiencia verdadera hacen del documental una experiencia sumamente inmersiva y atrapante.

“Cuando vos naciste, una parte de Jaime murió para siempre”

Esa es la frase que dispara la ópera prima documental de Agustina Comedi, una directora cordobesa que relata la historia de su padre, Jaime, a través de filmaciones caseras y relatos entrelazados de sus amigos y familiares.

A los pocos días de morir su padre en un accidente, la directora se encuentra con un amigo de él en la calle, que le dice esa frase. Agustina revisa los bolsillos de sus sacos, sin saber bien qué busca. Revisa sus bolsillos y revisa también su pasado. Empieza a entrevistar a sus amigos para entender qué significa eso, cuál fue esa otra parte de Jaime.

En esa revisión del pasado, Agustina encuentra 160 horas de filmaciones caseras de su padre y entrevista a personajes clave de la vida de su vida, algunos militantes, otros familiares y otros miembros de la comunidad LGBT. La directora descubre que su padre, antes de casarse con su madre Monona, llevaba adelante una vida con otra orientación sexual. Había estado en pareja con varios hombres, entre ellos Néstor, el padrino del casamiento de Jaime y Monona.

“Un psicólogo le dijo a Jaime que su condición podía ser revertida, porque él no era homosexual homosexual, era un poco homosexual. Tenía un porcentaje alto pero no absoluto de homosexualidad en sangre. Entonces, decía el psicólogo, la clave era el combate sostenido de esa parte hetero contra la parte homo. Hetero mata homo. Todos contentos”

La directora, a través del archivo, abre un diálogo con su padre que trasciende la temporalidad, en donde de alguna manera se juntan aquel Jaime que fue su papá y ese otro Jaime que Agustina desconoció. Paradójicamente son muy pocos los momentos en los que vemos a su padre delante de cámara, porque siempre es él quien está filmando.

“Durante años, Jaime volvió con Monona y conmigo a lugares en donde ya había estado antes con amantes o con amigos. Yo no me acuerdo qué decía. Me pregunto si ponía cara de sorpresa, si sonreía solo cuando se acordaba de algo o si lo atormentaba”.

La presencia de Jaime detrás de la cámara nos habilita a conocer a la directora y a su madre de una manera muy íntima, y también lo vemos a él como un padre amoroso y dedicado a su familia. En una de las entrevistas, una de las amigas con las que militaba su padre, después de pedirle expresamente que pare de filmarla, le dice: “la sensación interna no era de doble vida, era como que uno vivía adentro de su casa la relación afectiva y afuera eras otro, y en tantos años se internaliza esta actitud”. A medida que el material de archivo se entrelaza con las entrevistas, podemos reconstruir ese pasado silenciado, en donde predominan los testimonios de las discriminaciones sufridas por la comunidad gay.

“Un amigo de mi papá una vez me dijo que el amor no se termina, cambia de forma. Jaime quiso que Néstor atendiera el parto de Monona. Fueron las manos de Néstor las que me tocaron por primera vez… Yo digo que el silencio es lo único que pesa”.

El día del accidente en el que Jaime pierde la vida, es también la primera vez que Agustina toma la cámara de su padre y es también la primera y única imagen de Jaime y Monona juntos, bailando. Jaime muere a los 53, cuando Agustina tenía 12. Agustina le insiste para que no se suba al caballo, pero su padre se sube igual. Esos minutos previos al accidente también quedan registrados.

En la última grabación del documental, Agustina filma a su hijo, que está dibujando. La directora le pregunta qué es lo que le parece más maravilloso de todo el mundo. El hijo responde: “ver algo que nunca vi por primera vez porque me gusta mucho ver cosas que nunca vi, un leopardo vivo en la naturaleza libre”. Agustina le repregunta: “¿qué significa ser libre?” y su hijo responde: “libre significa no tener que estar en una jaula”.

La directora reflexiona en una entrevista: “Creo que nunca voy a poder saber qué buscaba mi papá filmando tanto. Había una especie de sensibilidad artística desarrollada por él: coleccionaba arte, leía mucho y tenía muchos audios. La cámara le daba la posibilidad de una búsqueda estética, por algunos planos que vi en sus videos. También hay algo propio del auge del video, que abarató los costos y popularizó la posibilidad de tener una cámara y filmar. Otra posibilidad es que lo ayudaba a mantenerse al margen de las reuniones familiares: al estar detrás de la cámara quedaba afuera. También es cierto que filmar –construir un álbum familiar- es configurar el relato feliz, dejar algo para la posteridad”.

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