Violencia agazapada en la escuela | Massacre at Central High (Rene Daalder, 1976) 

Massacre at Central High empieza con uno de esos resúmenes tan de los ‘70: en pocos segundos, la productora suma un avance a la propia cinta, para que los espectadores (y sobre todo los programadores) pongan atención. Un resumen acelerado de la trama, con planos de los protagonistas, del escenario central de los hechos y un picadito de los momentos clave del argumento. En Massacre at Central High eso significa mostrar la escuela secundaria de la alta California donde se desarrollarán los hechos de violencia y venganza que empujan el guión, la belleza juvenil de -sobre todo- Andrew Stevens y Kimberly Beck, un poco de amor fogoso en la playa y la cara sufriente de Derrel Maury en el papel de David, el atribulado protagonista de este thriller juvenil de extraña historia.

Sobre esa secuencia se monta la canción de Tommy Leonetti. Aunque no se condice con la película; la canción tiene un aire pedagógico, uno de esos recurrentes discursos de padres y directores de escuela norteamericana que marcan el momento de la graduación como un momento clave de la vida y del rumbo que ella pueda tomar en el futuro. “Estás en la encrucijada de tu vida” canta Leonetti en un tono ambiguo entre la romantización de ese final de la vida mayores sin responsabilidades y el inicio de la adultez y sus compromisos.

Lo interesante es que la película no se trata para nada de eso, y que la escuela secundaria donde se desarrollan los hechos es solo un teatro de operaciones para un subtexto político que no todos advirtieron. Al menos al momento del estreno, que ocurrió en abril de 1976 en Estados Unidos. En aquel momento, la película no atrajo mucha atención y la crítica se quedó en lo superficial: lo acartonado de las actuaciones, el equívoco clima de algunas transiciones (la más notable es aquella donde Mark le informa a su novia Theresa sobre la muerte del último de su pandilla inmediatamente después de verlo caer en su van por un barranco: se lo cuenta como si no lo hubiera visto y como si hubiese ocurrido a miles de kilómetros de distancia quince o veinte años atrás) y la poca o nula imaginación visual del director neerlandés Rene Daalder y el director de fotografía Bertram van Munster.

Pero a partir de 1981 Massacre at Central High tuvo una nueva y segunda vida. Ese año, la película empezó a distribuirse en VHS y su reestreno en el circuito de videos domésticos atrajo una renovada atención que, ahora sí, reparó en el subtexto que se escondía detrás del raid de crímenes del personaje de David y que había sido soslayado por la crítica en 1976. La lectura de ese momento había estado atravesada por la perspectiva de la canción de Leonetti: Massacre at Central High como un drama juvenil más, mezcla de melodrama y comedia negra, que no había encontrado el tono justo para expresar las vicisitudes de la vida de sus jóvenes protagonistas, acorralados por ese momento crucial de la vida en que los sentimientos y las hormonas están en alza y el mundo alrededor cambia para siempre.

Ahora bien, ¿sobre qué trata entonces Massacre at Central High y en qué se diferencia de los demás dramas estudiantiles con los que se la comparó en 1976? El argumento de la película gira en torno al personaje de David, un silencioso estudiante que corre con la suerte de tener que integrarse a una nueva escuela. Típico tema de films similares: David tiene un estilo diferente al de lugar adonde llega, y debe aprehender las reglas de nuevo, pagando derecho de piso y aceptando la violencia apenas solapada del sistema de poder de su nueva escuela. Pero David tiene una ventaja. Conoce, desde tiempo atrás, al líder de la pandilla que que controla la escuela. Mark (Andrew Stevens) es un joven escultural, un tipo inteligente que forma con Theresa (Kimberly Beck) la pareja estelar de la escuela y que gobierna el orden social del estudiantado con gentileza. Él no se ensucia las manos, eso queda dentro de la órbita de sus toscos lugartenientes, un grupo minúsculo de bravucones que empujan, golpean, persiguen y acosan al resto de sus compañeros por el solo hecho de reafirmar permanentemente el sitial de poder que ocupan y mantener la pirámide intacta.

Como se conocen, Mark hace una distinción con David e intenta integrarlo a su pandilla. Es solidario con él: podría tomarlo como víctima predilecta pero, en cambio, lo convierte en su protegido. David es raro: no se abraza a esa oportunidad de oro, sino que prefiere mantenerse en su autonomía solitaria y así ver con sus propios ojos las asimetrías e injusticias de las cuales su amigo es responsable. Esa es la perspectiva de la película de Daalder. A través de David vemos no solo la violencia agazapada en la forma en que se relacionan los estudiantes (unos años antes de que comenzaran las trágicas matanzas intra-escuela de las que Estados Unidos sigue sin poder librarse). También vemos que hay un sistema que donde la violencia es solo un instrumento de coerción. Con la experiencia de David vemos que existe una pirámide social donde la minoría que ocupa la cúspide se empeña en hacerle la vida imposible a la amplia mayoría que sostiene la base.

Esa base, sin embargo, no es pasiva. Con el pasar de los días y las violencias de las que he testigo como aspirante a convertirse en pandillero, David advierte que esa mayoría silenciosa está a la espera y lista para que se subvierta el sistema en el que están subyugados. Esto se intensifica cuando David comienza actuar: en las sombras y en silencio, incluso a escondidas del espectador, David se transforma en un justiciero sin mucha elaboración. No hay trasfondo teórico en sus acciones, simplemente un impulso moral que lo lleva a tramar inteligentes planes asesinos contra los lugartenientes de su amigo Mark. Uno a uno y en macabros e inventivos accidentes simulados, David los va eliminando. E incluso seduce, sin quererlo, a Theresa: parece tener entre sus manos todo lo que pertenece a Mark, que está inmovilizado por la ética de la amistad. No puede accionar contra David y su autoridad se diluye.

Los estudiantes subyugados son los primeros en darse cuenta de que David está detrás de las muertes. Comienzan a pedirle que tome el poder, que simbólicamente corte la cabeza de Mark y se ponga él al tope de la pirámide. Incluso le ofrecen ayudarlo y le acercan planes para hacerlo. Pero David (que lleva el nombre de aquel que venció al todopoderoso Goliat) es un solitario sin remedio. Y, sobre todo, un cínico y un sociópata: sus asesinatos justicieros no pueden tener un final ni un objetivo porque el ideal que defiende no puede hacerse realidad. La de David es una misión moral irrealizable, porque espera que todos se conduzcan con sus valores. Al ver que, desaparecidos los bravucones que con su violencia eran guardianes del reinado de Mark, el resto de los estudiantes piden que ese sistema de poder sea ocupado por otros (por ellos mismos, en realidad) en lugar de sustituido como orden social, su instinto asesino se enfoca en aquellos que pretendía defender, los subyugados de la escuela. Así, su raid asesino se desboca y es David contra todo y contra todos; al final de la película, es un terrorista en busca de dinamitar la escuela y a toda la comunidad educativa, sin miramientos ni distinción, que queda en el lugar del villano frente al ostentoso pero humano Mark.

La alegoría política de Massacre at Central High y su crítica a la responsabilidad moral individual como explicación de las injusticias sí fue advertida en los ‘80, cuando la película empezó a circular en VHS y a ser programada en televisión. No parece casual que haya sido en esa década de descrédito a la política luego de las álgidas décadas anteriores: el entronamiento del neoliberalismo y sus votos indeclinables por la responsabilidad y el mérito individual en contraposición al comunismo y el colectivismo activaron la lectura de Massacre at Central High como una alegoría apenas subversiva, que planteaba la pregunta sobre si son las personas que los ocupan o los sistemas en sí mismos los que sostienen y explican la infelicidad de muchos en favor del buen pasar de unos pocos. Aunque, claro, es solo una lectura posible. De hecho, Massacre at Central High se comercializó en Italia con el título Sexy Jeans en el mercado del soft porn (!): se le insertaron escenas de sexo explícito (la película ortiginal tiene algunas escenas de desnudos y secuencias sugestivas, como la de un trío) y se distribuyó en el ascendente mercado de cintas para el consumo íntimo.

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