Hay un momento en Alien: Romulus que es totalmente innecesario, gratuito y hasta desubicado, pero es un gran exponente de lo que está mal con esta película y, en general, con la cultura popular contemporánea. Uno de los personajes cita una frase memorable de la franquicia. La única razón de ser de ese momento evidencia la crisis artística y creativa en la que está hundida Hollywood, que trata de apelar siempre a los “fanáticos”. Con toda sinceridad me pregunto: ¿por qué hay tanto miedo a intentar cosas nuevas? ¿por qué se interpreta que el pasado solo existe para ser regurgitado —ni siquiera reciclado— una y otra vez como si las películas fueran recopilaciones de grandes éxitos, de highlights, de clásicos? ¿Quienes son los “fanáticos”? Voy a tratar de responder todas esas preguntas en esta crítica.
Alien: Romulus es frustrante porque la carcasa de una gran película está ahí. Los sets son increíbles, se ven muy bien y contribuyen para crear una atmósfera difícil de conseguir con pantalla verde. Ni siquiera hace falta ver el detrás de escena para apreciar la artesanía detrás de cada uno de los escenarios o monstruos que fueron construidos para la película. Hay CGI, sí, pero sirve como complemento de los efectos prácticos. Es un gran acierto que no es menor: sin el respaldo del diseño de producción, estaríamos hablando de una película menor. Romulus ni siquiera tiene la esencia del primer teaser, que parece de otra película por el movimiento de la cámara y el ritmo que tiene.

También se puede elogiar la edición de sonido, sobre todo cuando no la tapa la música incidental. Alien: Romulus rescata la estética retro/sci-fi/noir de la primera Alien. Hay referencias a toda la saga: desde Prometheus hasta videojuegos como Colonial Marines y Prometheus. No caben dudas de que hay amor por la franquicia. No quiero desmerecer eso, pero me preocupa que cada vez se usen más términos como “franquicia”, “fanservice”, “cameos”, “fans”, para hablar de cine. Denota que la experiencia en salas se está alejando del público general, que el cine se está divorciando del arte, y las películas se están transformando en productos corporativos hechos por empresas multimillonarias que tienen miedo de arriesgarse. Hollywood sabía equilibrar arte y negocio. Ya no estoy tan seguro de que busquen ese equilibrio.
Toda la introducción de Alien: Romulus está muy bien, casi como si fuera una película distinta. Crea una ambiente de opresión, donde la vida humana no vale casi nada y los trabajadores son explotados por megacorporaciones. No es una exageración si digo que todas las escenas iniciales me hicieron recordar a las películas de Blade Runner. Me parecía una propuesta algo novedosa en para las películas de Alien.
Las cosas se pusieron mejor antes de irse por la borda: hay un androide, un sintético, que es lo mejor de la película. En Prometheus sucedía algo similar: el sintético que interpretaba Michael Fassbender, fascinado con Lawrence Of Arabia, era lo más interesante de la película. En Alien: Romulus se asoma una idea interesante, como si fuera el dilema del tranvía en la época de la inteligencia artificial. ¿Está bien sacrificar unas pocas vidas para salvar a una mayoría? ¿Hay esperanzas en un mundo gobernado por corporaciones que solo buscan explotar recursos? Ambas preguntas podían dar lugar a una película muy rica en ideas y de verdad terrorífica. Las mejores películas de terror nos inquietan más allá de las imágenes. No es este el caso.

Pero Romulus atenta contra las propias ideas que había implantado en el inicio, como si tuviera miedo de dejar germinar algo novedoso. Cae en todos los lugares comunes posibles, como si fuera alguien que marca con tildes los productos de una lista para comprar en el supermercado. Como si alguien dijera: “a los fans de la primera película les gustó la escena con Harry Dean-Stanto bajo el agua, hay que armar una así”, “tenemos que poner a la protagonista en ropa interior corriendo por los pasillos de la nave, de nuevo”, etc. La segunda parte de Romulus es una acumulación de lugares comunes destinada a complacer… ¿a quiénes? ¿A unos adultos como los que muestra Red Letter Media en The Nerd Crew? Me siento totalmente alejado de esa sensibilidad.
Los personajes, salvo el androide, no existen. O sea, existen solo porque la película necesitan despacharlos de maneras ni siquiera demasiado creativas. Es imposible que nos importe la vida de cualquier personaje en pantalla si no tienen desarrollo o características que nos generen cierta empatía. Pienso en Vasquez y Hudson en Aliens, por ejemplo. Son estereotipos, sí. Pero la película es tan buena, y los actores son tan carismáticos, que uno termina encariñándose con ellos. Los personajes en Romulus son: Personaje Desechable 1, Personaje Desechable 2, Personaje Desechable 3. No hay crecimiento en ninguno de ellos. Ni siquiera hay conflictos que se desarrollen en algo interesante.

Alien y Aliens son clásicos porque las 2 se arriesgaron a hacer cosas nuevas. En especial la primera: comparen el ritmo, los silencios y la estructura narrativa de Alien, con el ritmo y la edición de Alien: Romulus. La segunda parece una película de acción genérica en la segunda parte. No me parece aburrida, ofensiva o mala: me parece totalmente calculada. Como si fuera The Force Awakens para la saga de Alien.
Cuando terminé de verla, vi 2 tweets que me resultaron fascinantes. El primero, decía que Alien: Romulus era lo mismo que Rogue One. Coincido. Romulus, como Rogue One, tiene algo que atenta contra todo lo bueno que se puede decir del aspecto visual de la película. Hay un personaje que existe solo para vomitar exposición frente a los espectadores. Es la única función que cumple en el relato. Ese personaje, innecesariamente, revive a un actor como lo hacía Rogue One. No llega al nivel a ser un horror estético como The Flash, pero tampoco está muy lejos. Tanto Rogue One como Romulus son películas, por supuesto, de Disney.
Desconozco si sucedía esto en otros países también, pero en Argentina existía un ciclo de cine para televisión conocido como “cine shampoo”. Cine para lavar la cabeza de los espectadores. Películas descartables para pasar el rato. Cuanto más pienso en Alien: Romulus, menos me gusta. Porque tenía el potencial para ser mucho más, la destreza técnica se nota en los decorados, en los animatronics, en la dirección de arte. Pero no tiene visión. Hay que hacer malabares mentales para interpretar algo más de lo que muestran las imágenes, para darles cierto misterio.

Alien y Aliens, como sucede con las grandes películas, permitían ver más allá de lo que estaba en pantalla. Uno podía pensarlas desde simbolismos religiosos, por ejemplo. Como sucede con casi todo lo interesante que la película plantea y después queda olvidado, sepultado en un frenesí de repeticiones de imágenes y situaciones ya vistas, el título sugiere una película más interesante.
No quiero ser ingrato con Alien: Romulus, porque no me parece terrible. Creo que se han visto cosas peores. Pero me preocupa pensar que tanto talento termine haciendo algo “para los fans”. Los clásicos del cine no se hacen para complacer a los fanáticos. Son clásicos porque, la mayoría, arriesgaron y se animaron a romper ciertas convenciones. Alien es una película de terror lenta, oscura, deprimente, monstruosa en sus propios términos. Aliens tiene una sensibilidad completamente diferente.
Hasta podría extender los halagos a Prometheus, que no la considero terrible. No voy a enumerar los problemas de esa película, que son evidentes. Pero, como sucedía con las precuelas de George Lucas, considero que al menos tenía la intención de querer contar algo nuevo, de expandir el universo de Alien. Las precuelas de Lucas fueron vapuleadas hasta que Disney tomó la franquicia y se hicieron las secuelas. Hoy la mayoría valora con cariño las precuelas de Lucas. Quizás en unos años y varias secuelas más de Alien hechas por Disney, veamos con más cariño a Prometheus y Covenant.



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