¿Qué es un clásico? ¿Cómo se hacen los clásicos? ¿Cómo sabemos que estamos viendo uno? Hablar de clásicos en el cine nunca es fácil, porque no hay reglas ni guías básicas para distinguirlos. ¿Será el color? Los tonos blancos y negros sí, son bonitos y elegantes, ¿pero son suficientes para hacer clásica una cinta? (Psicosis, El Halcón Maltes, Frankenstein) No necesariamente, porque hay películas a full color que son clásicos. (Lo que el viento se llevó, El Mago de Oz, Cleopatra) ¿Será el director? Hay directores que ya son clásicos por sí mismos, se lo ganaron a pulso. (Hitchcock, Kubrick, Coppola) ¿O será el tiempo? ¿Acaso, a más viejas, más clásicas? No creo, hay películas tan recientes como los años 80 que todos toman por clásicos y que compiten de tú a tú con cintas de los 40, los 30 y los 20. (Para mí Gremlins, Terminator y E.T. son de esos clásicos) Entonces, ¿cómo se distingue un clásico? Supongo que eso sólo se sabe en el corazón. Los clásicos los son porque es allí, en nuestros corazones, en donde se vuelven inmortales.
La Ballena (The Whale, 2022) es una de esas películas que se vuelven clásicos en el corazón. No tiene grandes virtudes técnicas, ni un guion que brilla con frases memorables, ni actuaciones grandilocuentes. No… y todo eso es lo que hace a La Ballena una película memorable. Porque es tan sencilla que recuerda a las cosas sencillas de la vida, y de la muerte también. Porque de eso trata, y allí es donde radica su belleza. La premisa es tan sencilla como esto: Un hombre aquejado de obesidad mórbida, que le dificulta hasta las más simples actividades, y que le imposibilita salir de su casa, ve cómo su vida se va acortando a causa de una enfermedad cardiaca grave. Aunado a esto, la muerte del amor de su vida lo sume en una profunda depresión de la que no puede, ni quiere salir, lo que acelera su proceso de autodestrucción. Con todo esto encima, la única preocupación de Charlie es su hija, a la que abandonó siendo muy pequeña y a quien quiere ayudar para que encamine su vida.
La Ballena es, quizás, la película con más corazón de Darren Aronofsky, la más humana y honesta. Sólo en El Luchador (The Wrestler, 2008) logra alcanzar igual grado de sinceridad en su puesta en escena, sin los artificios ni los juegos psicológicos a los que nos tiene acostumbrados. Estamos ante un autor en pleno desarrollo de sus facultades, uno que es capaz de tomar una historia sumamente compleja y contarla con la sencillez de una fábula. Lo que diferencia a La Ballena de El Luchador, es la capacidad de Aronofsky para hacerse a un lado en una película que se vale por sí misma, que tiene su voz propia, su propia alma. Aronofsky, como los buenos padres que saben cuándo dejar ir a sus hijos para que vuelen solos, simplemente se aparta y nos deja apreciar la vida con todos sus matices, desde los más trágicos hasta los más conmovedores.

Los momentos más emotivos de la película, y los mejor logrados, son aquellos en los que Charlie interactúa con las personas que lo van a visitar a su hogar. Desde Ellie (la hija déspota y de comportamiento mezquino hacia su padre), pasando por el joven misionero (cuyo pasado e intensiones no son totalmente claros), o el joven repartidor de pizzas, hasta Liz (su enfermera y amiga devota, que es capaz de ayudarlo y protegerlo casi tanto como es capaz de perjudicarlo). Esta paradoja en su relación con ella la vemos, por ejemplo, en la escena en que lo examina para ver cómo va su estado de salud, para luego, sólo unos minutos después, alcanzarle un balde lleno de pollo frito para que coma. Y así son variadas las veces en el transcurso del film que vemos a Liz adoptar esta doble postura, tanto protectora como destructora, luchando por salvar a su querido amigo, tratando de convencerlo de que vaya a un hospital, con la triste resignación de saber que, igual que todos los demás, está acabando con él.

Mención aparte merecen las actuaciones. Comenzando con Sadie Sink (otra de las talentosas estrellas, junto con Millie Bobby Brown, salida de las filas de la reconocida serie Stranger Things) quien interpreta de manera magistral a la hija de Charlie, qué rango de emociones nos da en tan corto tiempo. Cómo nos lleva desde lo más hondo de la oscuridad del ser humano (como en la primera escena en que la vemos junto a su padre en la pantalla, cuando le dice sentir asco por él, y casi nos hace odiarla por eso), hasta llevarnos a ese pequeño instante de redención justo antes de finalizar la cinta, cuando la vemos salir del abismo terrible en el que está, demostrándonos cuan humana puede ser y que no todo está perdido.

Pero lo más destacable es la actuación de Brendan Fraser. Luego de su retiro forzoso del cine (y de pasar todo por lo que tuvo que pasar), volvió y de qué manera. Esta aparición es un nuevo respiro, uno doloroso y sobrecogedor como no habíamos visto en mucho tiempo, para una carrera que creíamos acabada. Pero no fue así. Estamos ante un actor que aun tiene mucho para dar. Que extrañaremos al actor de cintas de aventuras y comedia (como la siempre recordada La Momia, de 1999, y su secuela del año 2001, que ni Tom Cruise, con todos sus millones de presupuesto, logró sacar de nuestros corazones), claro que lo extrañaremos. ¡Qué duda cabe! Pero este nuevo Brendan Fraser también gusta, y gusta mucho. Si no pregúntenles a los chicos de la Academia, que a ellos también les gustó.

En definitiva, ¿estamos ante un nuevo clásico del cine, uno que será recordado por generaciones? Muchas son las razones que me llevan a pensar que sí. La Ballena es una película para verla una y otra vez, con la familia, con los amigos, y hasta solo. Y sobre todo es una película imprescindible para guardarla en el corazón, que es en donde nacen los auténticos clásicos, esos que jamás morirán.




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