El fuego que abrasa, y El viento que arrasa (Paula Hernández, 2023)
En su última película, la directora de Los sonámbulos y Las siamesas recupera los mismos tópicos y ejes conceptuales que operaban como detonante en sus anteriores entregas: los siempre tensionantes vínculos (intra)familiares. En este caso, la figura de la madre es reemplazada por la del padre, uno que carga con cierta caracterización bien evidente: se trata de un fervoroso pastor evangélico, el Reverendo Pearson, quien junto a su hija Leni acostumbra a viajar de manera misionera por distintas localidades y pueblos del territorio. Su verborragia persuasiva, religiosa y salvadora, convence a los extraviados de encauzar sus fatídicos destinos hacia el camino de Dios. Si bien la adolescente y obediente Leni parece admirar la dedicación apasionada de su padre, lo cierto es que se siente poderosamente seducida por otro tipo de tendencias menos devotas, como la música misteriosa que reproduce su ochentoso walkman.
En medio de la rutinaria travesía rural, atravesando paisajes norteños de amarillentas llanuras y acechantes nubarrones, Leni y su padre sufren un incidente: quedan varados en medio de la ruta debido a un desperfecto del coche. En eso, se topan con el Gringo Brauer y “Chango” Tapioca, padre e hijo respectivamente, que mantienen un taller mecánico en esos desolados parajes, al borde de la carretera. La personalidad del Gringo, un tipo tosco y serio, no tardará en despertar tensiones con la del Reverendo Pearson, a la vez que repeticiones turbulentas de un pasado -no del todo- enterrado.

Lo cierto es que la película de Hernández, basada en la novela homónima de Selva Almada, nos sumerge en una abrasadora atmósfera audiovisual que, por momentos, se entrega a la más indómita confianza en los gestos y los diálogos de sus magníficos protagonistas. A Pearson, los encuadres bañados en rojos contrastes provenientes de artificiales y enigmáticas luces en fuera de campo -que nunca corrompen del todo el verosímil-, lo revelan tan diabólico como celestial; así como la bruma en el semblante agrio y desafiante del Gringo cubre de misterios y tensión dramática lo que inexorablemente acabará siendo un duelo implícito, nunca del todo explicitado, entre disímiles perspectivas de mundo y modos de concebir la realidad humana. Casi como sucedía en Las siamesas, los exacerbados efectos de luz natural avasallan la transparencia naturalista del relato para abandonar ese registro y avanzar distorsionando, y monstruizando compositivamente a sus -salvajes- criaturas humanas… El impávido Pearson querrá “convertir” al inmaculado hijo del ateo mecánico, mientras que Leni -foco cognitivo predominante de la trama-, irá descosiendo con sus tímidas intervenciones la densa maraña introspectiva de su padre, hasta sacar a la luz una impostergable verdad: quien tanto predica a su vez mucho reprime.

Por supuesto que el viento arrasará más temprano que tarde, en múltiples sentidos y dimensiones, y cuando la tormenta bíblica finalmente estalle allí nos encontraremos -nosotrxs-espectadores-, asfixiados entre primeros planos que encierran miradas carcomidas en medio de la noche, para luego transicionar a panorámicos (y revitalizantes) paneos de un verde desierto que esconde a estas figuras condenadas a repetirse en sus miedos y pulsiones contenidas.
Si por momentos la narrativa de la película avanza hacia la dosificación -en cuotas- de alguna información fragmentada sobre el pasado de nuestrxs protagonistas, rápidamente ese estadío se suspende para decidirse -luego de un silencio sostenido y un par de miradas filosas- por la aventura de aletargar el estallido inminente en medio del desierto: acumulación de tensión, memorias disonantes, cerveza, pitadas nerviosas y respiraciones agitadas. En algún momento, pensamos, mientras nos sumergimos dentro de ese ahogado clima hostil, el crepitar del fuego devorador acabará por consumir y derretir los cuerpos (disfraces) de estas bestias humanas que el destino ha reunido, y los desnudará en su propia fragilidad. Tarde o temprano, el demonio será exorcizado…
Ahora bien, para cuando llegue ese momento, lxs espectadores ya estaremos atrapados (cautivados) por la febril mirada de Leni, que con el resplandor del sol inyectado en su frente le devuelve una expresión torcida a su abominable padre, sugiriendo -por fin- lo inevitable: que ya no hay manera, que ya no hay alternativa, que ya es demasiado tarde…





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