El cine norteamericano de los 70’s fue de invenciones genéricas y revisiones al cine clásico, con una serie de directores que reposicionaron las películas de ese país en la consideración crítica y en el público internacional. También, entre múltiples variantes, se dio la construcción del mainstream tal cual lo conocemos hoy. Particularmente creo que muchos de los grandes hitos de esa década pecan de una excesiva gravedad, y hasta son un poco culpables de la solemnidad de mucho cine de autor actual, con directores que hacen una interpretación un poco equívoca de aquellas películas. Pero es otro tema que no nos convoca hoy. Decía, en ese contexto, con la aparición de los Coppola, los Scorsese, los De Palma, los Spielberg, los Lucas, los Friedkin y un largo etcétera, un nombre fue clave para realizar un puente entre pasado y futuro específicamente para un género de enorme tradición como la comedia: Mel Brooks. Verdadera leyenda de Hollywood, Brooks venía de la escritura de sketches y la televisión, donde la invención más recordable sería la enorme El superagente 86 (Get Smart), y dio el salto al cine en los 60’s con Los productores (The producers), una gran comedia que mira el negocio del espectáculo desde adentro y con bastante malicia. Además de muchas otras cosas, podríamos decir que Brooks inventó el humorismo reptil. Esa idea autoconsciente del mundo del espectáculo, de parte de un tipo que lo conocía muchísimo, dio paso luego a una serie de películas que trabajaron sobre la sátira y la parodia, haciendo evidente el artificio del cine. En la misma senda, por ejemplo, podemos encontrar por aquellos años las primeras comedias de Woody Allen como El dormilón (Sleeper), Bananas (Idem) o La última noche de Boris Grushenko (Love and death), tal vez su mejor película.
Repasar la carrera del Brooks director en los 70’s es encontrarse con un autor increíble, dueño de una creatividad desbordante y lleno de ideas. Allí están El joven Frankenstein (Young Frankenstein) y su divertida reimaginación de la novela de Mary Shelley -pero sobre todo de la película de James Whale-, Las angustias del Doctor Mel Brooks (High anxiety) y su reimaginación del cine de Alfred Hitchcock o La última locura de Mel Brooks (Silent movie) y su reimaginación de los códigos del cine mudo. Se trata claramente de comedias muy graciosas, donde a la efectividad del gag visual la acompaña con la habilidad para el gag verbal, en una continuación de múltiples tradiciones de la comedia norteamericana, pero poniendo a la sátira y la parodia como mascarón de proa, algo que sería clave para la comedia de las próximas dos décadas. En ese contexto, creo que la obra superior (por más que el inconsciente colectivo recuerde con más cariño El joven Frankenstein) es Locuras en el Oeste (Blazing saddles).

La película protagonizada por Cleavon Little, Gene Wilder y el propio Brooks en el rol del villano es como aquellas, una reimaginación de códigos genéricos, en este caso los del western, pero la diferencia está dada en el sentido de que funciona por encima de la parodia al género. El joven Frankenstein por ejemplo se vale del emparejamiento de escenas con el clásico de Whale y Las angustias del Doctor Mel Brooks en la copia carbónica de secuencias inolvidables de películas de Hitchcock como Psicosis (Psycho) o Los pájaros (The birds) entre muchas más, pero en Locuras en el Oeste el humor no funciona sólo sobre la base de ponerse en espejo con otras películas, sino más bien con un espíritu que el director captura perfectamente. En sí la premisa es muy ocurrente, y propia de una época en la que la comedia se permitía incomodidades e incorrecciones (aquellos años fueron sin dudas muy creativos y refundacionales en el mundo del entretenimiento): aquí un gobernador avaro elige como sheriff del pueblo a un negro que está convocado a la horca, con el sólo objetivo de que la anarquía y el desorden se impongan y él se pueda quedar finalmente con todo el pueblo. Sólo la idea de un sheriff negro pone patas para arriba toda la tradición del western, género que por entonces estaba un poco acabado en Hollywood y sólo se sostenía a partir de las reinvenciones que permitían subgéneros como el spaghetti western o algunos films desde el revisionismo. Se podría decir que Locuras en el Oeste es revisionista a su modo, aunque nada más lejos de las intenciones de Brooks que la de darle a su película un carácter tan trascendente.
La película es hilarante, está llena de chistes precisos y actuaciones que entienden perfectamente los elementos satíricos que propone el director y guionista, en una escritura a seis manos junto a Norman Steinberg y Andrew Bergman. Pero hay dos momentos que se distinguen sobre el resto, porque ejecutan con un nivel de eficacia notable muchas de las ideas argumentas y formales que Locuras en el Oeste ensaya en su movimiento sumamente cómico. Uno de ellos es tan sólo un chiste escatológico, pero que en su forma envuelve una mirada atenta a cientos de westerns y da respuesta a algunas de las preguntas que nos hacemos, o que tal vez se hace alguien con la mirada de satirista que tiene el bueno de Brooks. Un grupo de cowboys se encuentra en un campamento haciendo una parada para alimentarse y lo único que hay para comer son frijoles, que por otra parte parece ser el único alimento posible en las viejas películas del Oeste. Obviamente la pregunta que se hace el director es cómo sería la digestión de aquellos hombres si sólo comen legumbres. Lo que sigue es un momento donde Brooks utiliza no sólo un movimiento de cámara, sino también el sonido para generar humor: un concierto de flatulencias de sonoridad hilarante, que podría ser apenas un chiste guarango pero es mucho más. En una milésima de segundos Brooks pasa de lo ordinario a lo sublime. Comedia en estado puro.

Lo otro digno de destacar es la secuencia final, una de las más rupturistas de la historia del cine. También una de las más divertidas y festivas que se hayan filmado jamás. Como dijimos, para ese entonces el western era un género que estaba en discusión y por eso mismo las historias del Oeste sólo podían existir en las películas, en un verosímil que era una fachada de cartón pintado, como aquellos callejones del far west cinematográfico, que ocultaba el vacío que había detrás. Pura cáscara. Y Brooks imagina para terminar todo este delirio que es su película una larga secuencia en la que los protagonistas toman conciencia de que no son más que personajes de una ficción; ficción que es además parte de un movimiento como el cine. Y por eso se suceden una serie de dislates que exhiben el artificio y por donde pasan todas las posibilidades, en una secuencia que funciona por acumulación. Muestra también de la anarquía que se permitía mucho del cine de los 70’s, incluso películas que eran exitosísimas como esta Locuras en el Oeste, aún hoy entre las películas más taquilleras de todos los tiempos y, específicamente, la comedia más taquillera del cine norteamericano.
Se podría decir que con la llegada de los 80’s la calidad de la obra de Mel Brooks comenzó a caer en calidad, aunque continuó por la senda de la sátira y la parodia. En esa década dirigió La loca historia del mundo (History of the World: Part I) y S.O.S. Hay un loco en el espacio (Spaceballs), que también tenían sus dosis de autoconsciencia y metadiscursividad. Sin embargo, las bases que había sentado con sus películas durante la década anterior serían retomadas por nuevos autores, que claramente tenían una relación más cercana con el público contemporáneo. Su influencia sin dudas se puede ver en películas de esa década como Súper secreto! (Top secret!) o La pistola desnuda (The naked gun). Ya en los 90’s el director y guionista daría las hurras con Las locas, locas aventuras de Robin Hood (Robin Hood: Men in tights) o Drácula, muerto pero feliz (Dead and loving it), película esta última en la que se asocia con Leslie Nielsen, el actor que protagonizó las parodias más exitosas de aquellos tiempos. Son dos películas realmente pobres, con esporádicas risas, indignas del talento gigante del autor. Además de todos los aciertos formales y narrativos que tiene Locuras en el Oeste, le sumaba una dosis de malicia peligrosa para estos tiempos de corrección política que vivimos. No hace mucho tiempo salieron algunas voces quejándose y acusándola de racista. En fin, gente torpe que no entiende la comedia, sus niveles y pliegues. Mucho menos el mundo. Pero claro, para un señor que hizo bailar a una nazi al ritmo de Primavera para Hitler esas acusaciones no son más que material para nuevas bromas.



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