Tiempo de valientes, dirigida por Damián Szifron, es una de esas raras películas que logra equilibrar perfectamente la comedia con el drama, entregando una historia entretenida y llena de ingenio sin perder la oportunidad de reflexionar sobre temas más profundos. Con un reparto liderado por Diego Peretti y Luis Luque, la película indaga el mundo del crimen y la corrupción en Buenos Aires a través del lente del humor negro y a veces hasta el absurdo, ofreciendo al espectador una experiencia cinematográfica tan hilarante como conmovedora. Es de mis películas favoritas del cine argentino y en gran parte la razón por la que decidí comenzar a actuar.
La trama se centra en Mariano Silverstein (Diego Peretti), un psicoanalista porteño que se ve obligado a cumplir con una sentencia de trabajo comunitario tras verse envuelto en un accidente de tránsito. Su tarea: acompañar y brindar terapia al inspector Alfredo Díaz (quizás el mejor Luis Luque que haya visto), un policía que atraviesa una crisis emocional tras descubrir la infidelidad de su esposa. Desde el primer momento, Tiempo de valientes establece una dinámica de pareja cómica que recuerda a las clásicas "buddy movies", pero con el toque distintivo de Szifron, que se deleita en subvertir las expectativas del género.
El dúo formado por Silverstein y Díaz es la columna vertebral de la película. Diego Peretti, conocido por su talento para la comedia, ofrece una actuación matizada que equilibra el humor con la introspección. Su Silverstein es un hombre racional, acostumbrado a lidiar con los problemas desde una perspectiva analítica, que se encuentra de repente sumergido en el caótico mundo de la justicia criminal. Peretti maneja con destreza las complejidades del personaje, capturando tanto su desconcierto como su creciente adaptación a las situaciones cada vez más absurdas que enfrenta.
Por otro lado, Luis Luque brilla como el inspector Díaz, un hombre duro de carácter, pero emocionalmente vulnerable. Su interpretación es clave para el tono de la película, ya que aporta una autenticidad y humanidad que contrasta con el mundo violento y corrupto en el que se mueve. Luque logra transmitir tanto la fragilidad emocional de Díaz como su tenacidad y compromiso con la justicia, creando un personaje que es a la vez cómico y trágico. Es el personaje bisagra en quien conviven las dos películas que habitan en Tiempo de Valientes: La comedia y el policial citadino. Su labor se vuelve aún más destacable ya que en algunas escenas es capaz de transmitirnos preocupación, nerviosismo, angustia mientras en la siguiente es un vulnerable osito pertrechado. La química entre Peretti y Luque es palpable, y su interacción se convierte en el corazón de la película, proporcionando tanto los momentos más divertidos como los más conmovedores.
Szifron demuestra una vez más su talento para combinar géneros y crear una narrativa que se mueve con agilidad entre la comedia, el drama y el thriller. Al igual que en sus trabajos anteriores, como El fondo del mar, el director muestra una habilidad notable para manejar el ritmo, utilizando el montaje y el diálogo con una precisión que mantiene al espectador en un constante estado de interés. Desde el primer momento, la película establece un tono enérgico y ligero, pero nunca se aleja demasiado de los elementos más oscuros de su trama. La corrupción policial, el crimen organizado y la violencia son tratados con un enfoque irónico, pero sin perder de vista su gravedad. Es una mezcla balanceada entre diferentes elementos, una desfachatada película que no se deja encorsetar en estilos ni géneros.
Uno de los aspectos más destacables de Tiempo de valientes es cómo Szifron utiliza el humor para abordar cuestiones serias, como la corrupción institucional y la moralidad en tiempos de crisis. A través de la mirada irónica de Silverstein, la película se burla de las absurdidades del sistema judicial y policial argentino, pero lo hace de una manera que invita a la reflexión en lugar de caer en la simple burla o mofa testimonial. Esta dualidad es uno de los grandes logros de Szifron: su capacidad para hacer que el espectador se ría de situaciones ridículas, mientras en el fondo se plantea cuestiones éticas y morales sobre el poder y la justicia.
Visualmente, la película es igualmente ingeniosa. La dirección de fotografía de Lucio Bonelli capta la esencia de Buenos Aires con un estilo que mezcla la estética del cine policial con la comedia. Hay un uso inteligente de los colores y las sombras para resaltar los estados emocionales de los personajes, así como para enfatizar los contrastes entre el mundo caótico del crimen y la aparente normalidad de la vida cotidiana. Las escenas de acción están filmadas con un dinamismo que no es común en las comedias argentinas, y Szifron demuestra un control notable sobre la coreografía de estas secuencias, que van desde persecuciones en coche hasta tiroteos en edificios abandonados.
La música, compuesta por Guillermo Guareschi (hombre de confianza de Szifrón con quien ya ha trabajado numerosas veces) juega un papel crucial en la creación del tono de la película. Con una mezcla de sonidos que van desde el jazz hasta el rock, la banda sonora refuerza el sentido de urgencia y movimiento constante, al mismo tiempo que proporciona momentos de ligereza y diversión. Guareschi logra capturar la esencia del estilo de Szifron, creando un paisaje sonoro que complementa perfectamente la mezcla de géneros de la película. La melodía del tema de la película nos transmite las sensaciones audacia, peligro, redención, dejando un sabor emotivo cuando termina de sonar.
Pero aun contando con estos elementos y las poderosas actuaciones de los dos protagonistas, personalmente creo que esta película tiene mucho que agradecerle a los personajes menores. Dios está en los detalles y sin un elenco secundario con aplomo, esta historia no se narraría igual. Es que Toni Lestingi, Ernesto Claudio, Oscar Ferreiro, Javier Van Der Couter, Osky Guzmán, Alberto Suarez, Juan Alari, Antonio Ugo, Carlos Portaluppi y Daniel Valenzuela cargan con un nivel de verdad y transparencia que durante sus distintas escenas podemos apreciar el salto de calidad que le ofrecen al film.
Como actor, realizar personajes “pequeños” considero que tiene un encanto especial: La narrativa no sucede principalmente por nuestro personaje, lo que a veces nos permite actuar más descarnadamente, o pensando menos en “deber hacerlo bien” quizás sea por eso que la singularidad de estos personajes caló tan hondo en mí.
A lo largo de Tiempo de valientes, Szifron también se toma el tiempo para explorar la naturaleza humana, particularmente a través de los personajes de Silverstein y Díaz. Ambos hombres, aunque provienen de mundos muy diferentes, están enfrentando crisis personales que los obligan a reevaluar sus vidas. Silverstein, un hombre racional y controlado, debe aprender a dejar de lado su miedo al desorden y aceptar la incertidumbre de la vida. Díaz, un hombre acostumbrado a la violencia y la confrontación, debe enfrentar su propia vulnerabilidad emocional y aprender a confiar en los demás. La relación entre ambos se desarrolla de manera natural, pasando de la desconfianza mutua a una amistad genuina y profundamente humana.
La película también se destaca por su guion ágil y lleno de diálogos memorables. Szifron, como guionista, demuestra su habilidad para crear conversaciones que son tanto entretenidas como reveladoras, llenas de humor y al mismo tiempo cargadas de significado. Las interacciones entre Silverstein y Díaz están cargadas de ironía y sarcasmo, pero también de momentos de auténtica empatía. La manera en que Szifron equilibra estos tonos es lo que hace que Tiempo de valientes sea una película tan atractiva y refrescante.
A medida que la trama avanza, la película se adentra en un territorio más oscuro, pero siempre manteniendo su tono humorístico. La resolución de la historia, aunque en apariencia ligera, deja al espectador con una sensación agridulce, un recordatorio de que, en un mundo imperfecto, a veces es necesario tomar decisiones difíciles y aceptar las ambigüedades morales. Szifron no ofrece respuestas fáciles ni finales felices de manual; en cambio, sugiere que la verdadera valentía reside en enfrentar nuestras propias debilidades y limitaciones, en encontrar sentido y humor incluso en los momentos más oscuros.
En definitiva, Tiempo de valientes es una joya del cine argentino contemporáneo, una película que, bajo su aparente ligereza, esconde una reflexión profunda sobre la naturaleza humana y la moralidad. Szifron demuestra una vez más su talento para contar historias complejas de una manera accesible y entretenida, mezclando géneros con una habilidad que pocos directores poseen. Peretti y Luque ofrecen actuaciones memorables que convierten a sus personajes en figuras entrañables y realistas, y la dirección de Szifron, junto con el trabajo de todo el equipo, crea una obra que es tan entretenida como significativa.
Al igual que sus personajes, la película es valiente en su enfoque, dispuesta a desafiar las expectativas del espectador y a mezclar la risa con la reflexión. Es una película que deja una marca duradera, recordándonos que, en el fondo, todos estamos luchando nuestras propias batallas, y que a veces, solo necesitamos un poco de humor para encontrar el camino hacia adelante.




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