
Extraño el videoclub. Extraño la excursión hacia él. Extraño su olor. Extraño a sus empleados. Extraño entrar y maravillarme ante la infinidad de posibilidades, ante los pasillos de miles de DVDs que, lejos de abrumarme, me invitaban a recorrerlos y escrutarlos. Extraño el elegir las películas no apretando un botón y desplazándome por un eterno carrusel, sino sosteniéndolas en mis manos, leyendo sus sinopsis, dejándome llevar por sus pósters o por la sección en que se encontraban. Extraño alquilarlas sin saber nada sobre ellas, guiado más por un instinto que por una certeza, ese salto al vacío que podía devenir tanto sorpresa como decepción, pero que siempre era un compromiso asumido, de principio a fin: nada de pausar, abandonar y volver a elegir. Extraño el terminar de ver las películas, querer saber más sobre ellas y explorar los extras del DVD. Extraño la vuelta al local para devolverlas y repetir el ritual.
Por tal motivo, me propuse iniciar esta nueva columna, en la cual escribiré sobre películas elegidas no en función de su fecha de estreno, de los nombres involucrados o de si las tengo anotadas en una lista de pendientes. No, la idea es buscar replicar el espíritu de aquella pequeña aventura cinéfila de la era del videoclub, esa decisión que no estaba condicionada por el algoritmo recomendador, sino que era mucho más libre y arbitraria, más impulsiva que pensada, más predispuesta a adentrarse en territorio desconocido que a apostar a lo seguro. Entonces, explicado el nombre y haciendo caso omiso a la parte física de la experiencia que, lamentablemente, seguirá faltando, a lo que nos compete: la película de hoy.

Pensando mal y pronto, uno podría dividir a las películas ambientadas en el espacio exterior en dos grupos. Por un lado, están aquellas que buscan explorarlo, cuyos personajes recorren con espíritu de conquista, en búsqueda de nuevos territorios más allá del horizonte, de la última frontera, y que suelen incluir viajes introspectivos: Interstellar (2014), First Man (2018), Ad Astra (2019), por citar algunos ejemplos recientes. Y por el otro, está la mayoría, las que apelan al espacio por sus carácter restrictivo, por su capacidad de aislar a los personajes en una locación hermética, sin escapatoria ni rescate inmediato: Planet of the Vampires (1965), Solaris (1972), Alien (1979), Event Horizon (1997), The Martian (2015), Aniara (2018), etcétera.
Dirigida por Gabriela Cowperthwaite (responsable de Blackfish (2013), el documental sobre orcas asesinas), I.S.S. (2023) se ubica cómodamente en el segundo grupo. Su título es la abreviatura de la Estación Espacial Internacional, locación real que, en esta ficción, alberga a tres astronautas estadounidenses y tres rusos. Con un elenco de apenas seis actores, un único gran set y unos cuantos VFX, podemos asumir que se trata de una película relativamente barata. Pero aún más importante, I.S.S. es una película económica: en el uso funcional de sus recursos, sin virtuosismos; en su abordaje narrativo directo, sin muchas pretensiones; y en su ejecución competente, sin firuletes. De cierto modo, parece una película de otra época, y no sólo por la era a la que remite su trama.
El guión del debutante Nick Shafir busca ser una alegoría contemporánea para la Guerra Fría, su paranoia y aparente sinsentido. ¿Cumple con su objetivo? Sí, pero lo hace de una forma tan predecible que hasta el espectador más despistado puede adivinar cómo terminará todo, mucho antes de que los personajes discutan la letra de “Winds of Change”. ¿Y entretiene? Si, también, aunque todo depende de cuánto uno se distraiga con la superficialidad de su planteo o con su maniqueísmo, nunca mejor retratado que en la escena en que el líder yanqui, vestido de blanco, y el soviético, en tonos oscuros, pelean mano a mano y mueren abrazados. ¿No será demasiado subrayado? Posiblemente, pero en estos tiempos, lo que pesa es la duración: ¿se pasan rápido sus 95 minutos? Uf, prácticamente volando, aunque cabe aclarar que la inverosímil y acelerada concatenación de los hechos es en buena parte responsable de ello: en menos de lo que un ruso empina una botella de vodka, estos científicos de primer nivel olvidan todo tipo de entrenamiento, lógica y diplomacia (ni hablar de empatía) en pos de enfrentarse en una contienda forzada, digna de dos facciones de barrabravas.
Es en tales momentos que uno lamenta que el film no haya seguido el camino de Crimson Tide (1995), por hablar de una de las mejores películas de su subgénero. Efectivamente, I.S.S. bien podría estar ambientada en un submarino y no en una estación espacial, y su desarrollo sería prácticamente el mismo, con la diferencia de que allí donde la magistral obra de Tony Scott apostó por la conspiración silenciosa y por poner la paranoia a fuego lento, hasta que la tensión hirviese por los aires, acá se optó, en cambio, por ir directo a los bifes: de entrada, homicidio doloso. El principal problema detrás de una escalada dramática tan repentina es que, una vez que se empieza tan arriba, luego no queda mucho lugar para seguir subiendo, por lo que, inevitablemente, se debe bajar para volver a subir. Esto no sólo no es una gran estrategia, en términos de progresión narrativa, sino que tampoco tiene mucho sentido, al tratarse de una historia sobre la Guerra Fría: los secretos, el espionaje, el contraespionaje, las traiciones, la competencia silenciosa, las sospechas y las mentiras son elementos que demandan una desarrollo paulatino y la película no los aprovecha lo suficiente. En su lugar, está tan apurada por arribar a su previsible conclusión que, en su precocidad, acaba desperdiciando un gran primer acto. En efecto, en sus primeros minutos I.S.S. presenta a sus personajes, establece la dinámica de los grupos y, sobre todo, se esmera en hacernos sentir que algo está fuera de lugar, con muy poco y muy rápido. Unos segundos “de más” en un plano, un silencio incómodo, una mirada elocuente que pasa desapercibida; aún no explotó nada ni se bajó ninguna orden, pero ya hay un camino allanado para que la sangre corra. Lograr transmitir todo eso no es moco de pavo. No obstante, esa laudable construcción, fundamental para lo que se viene, se ve fraguada, acuchillada por la espalda por un segundo acto al que parecen haberle robado varias escenas, y haber acomodado las restantes para que nadie note que falta algo.

Es una lástima que habiendo sembrado tres buenos set-ups (la frase de “Buzz”, los tres golpes rusos y el regalo del gift shop), Shafir haya decidido ubicar sus respectivos payoffs todos juntos en la misma escena (y en el clímax, nada menos). Es una pena que, habiéndose lucido a la hora de retratar la sensación de gravedad cero, la inquieta cámara de Cowperthwaite no haya hecho mucho más por acompañar y traccionar visualmente al relato. Es una picardía que, teniendo un elenco tan bueno, con rostros tan expresivos (mención especial para el querible Pilou “Euron Greyjoy” Asbæk y para John Gallagher Jr., que ya se ganó unos cuantos cheques interpretando a tipos con los que uno no desearía estar encerrado), no se le haya dado el espacio suficiente para que sus personajes cobren vida, más allá los arquetipos que acabaron representando. Aunque sea, nos llevamos la imagen de Chris Messina contemplando la destrucción del planeta y haciendo todo lo posible por contener la ebullición de emociones en su interior, probablemente la más pregnante de un film que no lo supo ser.
Había anticipado que la elección de I.S.S. podía resultar tanto en una sorpresa como en una decepción. Terminó siendo un poco de ambas, pero rescato el reencuentro con ese bello momento de incertidumbre en el que uno no sabe cuál será, si eligió bien o no. Al fin y al cabo, poco importa. Lo valioso es repetir el proceso. Ahora, a rebobinar y volver al videoclub.



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