La galería de la mafia (2023): apariencias Spoilers

En los 90’s hubo una comedia bastante exitosa llamada El nombre del juego (Get shorty), dirigida por Barry Sonnenfeld y basada en una novela de Elmore Leonard, que se burlaba muchísimo de Hollywood y el mundo del cine, al que comparaba con el mundo de la mafia. Precisamente de ahí venía el Chili Palmer de John Travolta, un mafioso que llegaba a Los Angeles para cobrar una deuda y terminaba envuelto en la producción de una película (unos años antes Woody Allen había estrenado Disparos sobre Broadway -Bullets over Broadway- que también jugaba con la idea de relacionar el arte con el mundo criminal, algo que tal vez esté más relacionado de lo que imaginamos). Parte del éxito artístico de esta comedia se debía a que en su elenco había muchos de esos intérpretes capaces de darle carnadura a personajes de dudosa moral, reptiles, una especie que como hablamos aquí en este texto sobre Instigadores (The instigators) anda escaseando pro estos tiempos. Gene Hackman, Danny DeVito, Dennis Farina, James Gandolfini, David Paymer. Nada podía salir mal. Esta película dio lugar a una secuela, Tómalo con calma (Be cool), que fue bastante floja a pesar de tener en su elenco a otros intérpretes ladinos como Vince Vaughn, Debi Mazar, Harvey Keitel o James Woods. Tal vez el problema era el director, F. Gary Gray, poco dado para la comedia… o para cualquier otro género que se le ocurra abordar, más allá de algunas excepciones. Vaya la casualidad, esta secuela estaba protagonizada por Uma Thurman, que es la protagonista de La galería de la mafia (The kill room), otra sátira al mundo del arte, en este caso el de la pintura y las galerías, que termina atravesada por la runfla mafiosa, y que hace acordar a aquel film de Sonnenfeld. Las sátiras sobre el mundo del arte a veces se pasan de esnobs, pero en este film para nada ambicioso de Nicol Paone hay bastante encanto y honestidad.

La galería de la mafia tiene como protagonista a Patrice (Thurman), una galerista en el mal camino que exhibe en su pequeño local a artistas bastante mediocres y que le debe dinero hasta a su dealer. Precisamente su vendedor de drogas de confianza será el nexo que le acercará a Patrice un salvavidas: un mafioso, Gordon (Samuel L. Jackson), que oculta sus crímenes con la fachada de una panadería, descubrirá que a través del arte se da una inmejorable forma de lavar dinero. Porque ¿cuánto vale un cuadro? Sobre esta abstracción la inteligente película de Paone construye una sátira muy divertida acerca del mundo del arte, de la apariencia que oculta, de la hipocresía y la mentira. Lejos de caer en el miserabilismo del Ruben Östlund de The square (Idem), por ejemplo, Paone y su guionista Jonathan Jacobson elaboran un film mucho menos pretencioso y más festivo, que se termina inscribiendo en el subgénero de películas con giros y finales sorpresa, un poco con el tono reptil que estaba de moda en el cine de los 90’s. De más está decir el placer que genera ver juntos a Thurman y Jackson, dos sobrevivientes de la Tiempos violentos (Pulp fiction) de Quentin Tarantino.

La galería de la mafia acierta en ponerse en acción a partir de varios elementos fundamentales de la comedia. Uno de ellos, tal vez el principal, es la mentira y la manera en que se impone y se sostiene. Si bien todos los personajes mienten con especial fascinación, hay uno que a través de la mentira encuentra una verdad: Reggie, un matón y asesino interpretado por Joe Manganiello, mano derecha de Gordon, es quien se encarga de pintar esos cuadros usados de excusa para el lavado de dinero. Inspirado en su propia experiencia de vida, que es la de la violencia, la sangre y el asesinato, hay en sus cuadros una verdad que se filtra más allá de todas las apariencias, una verdad que también muchos tardan en descubrir. Así, Reggie que comienza siendo un bluff se convierte en una sensación para la galería de Patrice, especialmente por el misterio que genera su anonimato. Es ahí donde La galería de la mafia triunfa, porque se corre de los discursos simplistas o facilitas, y sobre todo de una mirada reaccionaria sobre el mundo del arte. Y lo hace porque a la fatuidad de mucho del arte actual, al posturismo de los discursos de la crítica, le opone verdad. Una verdad sucia y marginal, claro que sí, inconfesable, pero verdad al fin. Los cuadros que pinta Reggie no son más que una expresión artística nutrida por la honestidad del mundo personal, de la experiencia real. A su manera, lo que dice la película de Paone es que si el arte ha dejado de ser importante para el ciudadano común del Siglo XXI, un poco sucede porque los artistas se alejaron de las emociones y perdieron la sensibilidad de estar cerca de la gente. A los discursos vacíos de cierto cine cínico y miserabilista, La galería de la mafia le opone ideas más que interesantes.

Otra cosa que sabe la película de Paone es que los personajes que se esconden en la apariencia son buenos para la comedia, sobre todo para las comedias que hacen de la mentira su alimento principal. Y también lo son los intérpretes que saben jugar esos personajes. Es el caso de Patricia, quien vive en una suerte de mentira constante, simulando un mundo de interés y relaciones que no es real. Su galería de arte se cae a pedazos, los artistas que están expuestos en las paredes son intrascendentes, las deudas la agobian y el mundo de la cultura le da la espalda, dejándola afuera de todo tipo de actividad social. Por su parte Gordon, el mafioso, dueño de una barba tupida con la que seguramente esconde algo en su mentón, tiene una panadería como fachada para ocultar sus espurios negocios con la mafia rusa, aunque también miente respecto de cuestiones étnicas. Ambos dicen ser lo que no son, ella una mujer exitosa, él un fabricante de panes (que tiene una especialidad de la casa), pero encuentran en la mentira una forma de subsistencia, la cual sostienen hasta el mismísimo final de la película. De ahí que Reggie termine siendo un personaje mucho más interesante de lo que aparenta a una primera vista. Si pareciera ser un estereotipo del bruto sensible, en verdad ahí hay algo más: el matón hace el camino inverso a Patrice y Gordon, nunca miente respecto de lo que es y, mucho mejor, termina siendo una celebridad por exponer lo que realmente es, un asesino despiadado, sin que nadie termine de descubrirlo. Por eso que quien expone la verdad, en este mundo de apariencias y mentiras que pone en escena esta sátira, es quien se tiene que terminar ocultando de la sociedad. Los otros, los mentirosos, siguen vivos y más orgullosos de su fachada. Porque si bien la verdad es algo importante y hasta deseable, vivir con ella puede ser un tormento en algunas ocasiones.

La galería de la mafia es de esas películas que saben hablar de cosas importantes ocultándose detrás de una sonrisa, algo que es clave en la comedia y la vuelve decididamente entrañable. Apariencias. También es verdad que esa actitud despreocupada le hace perder consideración de buena parte del público y la crítica actual (alcanza con ver la calificación que tiene en las páginas de cine y especializadas), ganados por una misantropía insoportable y una búsqueda de solemnidad a la que esta película rocambolesca -pero precisa en cada uno de sus movimientos-, nunca se somete.

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