
Esos ojazos… que parecen salidos de un anime.
Ese pelito corto, casi andrógino, que ella llevaba con una femineidad deliciosa.
Esa sonrisa contagiosa, cómplice, que hacía enamorarte inmediatamente de ella.
Esa figura, flaquita y estilizada - en su juventud hizo ballet -, con la cual cualquier ropa le quedaba elegante.
¡Y qué ropa!. Era su sello de distinción. Claro, ella conoció a Hubert de Givenchy en 1954 - cuando el diseñador francés le hizo el vestuario para Sabrina (1954) -, se hicieron amigos y pronto se convirtió en su musa.
Ella era la definición de clase hecha persona. Una princesa de la vida real, dotada de una gracia infinita y de talento por donde quisieras buscar.

Lo suyo fue una situación única, atípica, de una mujer deseada por su elegancia y carisma, antes que por sus curvas y sexualidad rampante. En una era en donde todo el mundo se moría por Sofía Loren, Brigitte Bardot o Marilyn Monroe, ella era el extremo opuesto: distinción pura a la vez que era sencilla, inteligente, accesible… la mujer con quien todo hombre se querría casar. Y no como para tener una esposa - trofeo que todo el mundo te envidiara, sino para tener una compañera que fuera compinche, amiga y amante.
Emma Thompson - en un mal día, del cual se seguirá arrepintiendo hasta hoy - le dijo a la prensa que Audrey era cursi y una mala actriz. Craso error el meterse con un ícono universal que todo el mundo sigue adorando hasta el día de hoy. ¿Que no tenía talento?. Para cuando ella hace su primer intento de retiro a finales de los 60 - con apenas 39 años - ya tenía 5 nominaciones al Oscar y había ganado uno (precisamente por su debut en Roman Holiday - La Princesa que Quería Vivir, 1953 -). Luego ganó un Tony por Ondine en 1954, y en los 90s le darían un Oscar Honorario, un Emmy por una serie documental Jardines del Mundo, y un Grammy por el disco para niños Cuentos Encantados. Eso sin contar todos los Globos de Oro, BAFTA, Premios del Círculo de Críticos de Nueva York, Premios del Sindicato de Actores, y un larguísimo etcétera, para los cuales ganó o estuvo nominada. Una de las pocas personas en conseguir el imposible EGOT - gente de talento extraordinario que ganó Emmys, Grammys, Oscars y Tonys a lo largo de toda su carrera -.
Pero eso sería imposible si Audrey Hepburn no hubiera sido extremadamente versátil. Era formidable haciendo comedia, y no sólo para disparar sus líneas con gracia infinita sino incluso brillar en la comedia física. Ella podía plantarse frente a monstruos de la pantalla grande - tipos con más fama y trayectoria que ella - y estar de par a par o, en los casos más humillantes, eclipsarlos por completo con su carisma. Es lo que le pasó a Peter O'Toole en Cómo Robar un Millón de Dólares (1966), en donde prácticamente el británico no existe. Todo el filme gira alrededor de Audrey y su chispa inagotable.

¿Y qué tal era como actriz dramática?. Se animó a todo: dramas históricos (La Guerra y La Paz, 1956), películas de suspenso (la chica ciega aterrada por el acoso de un asesino en Sola en la Oscuridad, 1967), relatos intimistas como Historia de una Monja (1959)… y crónicas de una injusticia como La Mentira Infame, 1961. Sí, ésa en donde ella y Shirley MacLaine eran dos profesoras acusadas de tener una relación “antinatural”, y sufrían el acoso de toda la comunidad. Cuando la palabra gay aún no existía, y la homosexualidad era un tema tabú. Y como el Código Hays dominaba Hollywood, los libretos (para ser aprobados) debían venir con moraleja y castigar a los transgresores a la “moral y las buenas costumbres”, por lo cual el personaje de Shirley MacLaine termina suicidándose… no sin antes admitir en su carta de despedida que estaba enamorada en secreto de la Hepburn.
Sería injusto decir que ella sólo hacía un único personaje en todas sus películas - sería encasillar su enorme talento -, pero lo cierto es que, cuando aparecía en pantalla, era imposible sacarle los ojos de encima.

¿Y cómo me enamoré de la Hepburn?. Bastó con ver Charada (1963) para quedarme prendado de ella. En una era en donde la práctica era poner a galanes muy maduros (y con gran gancho de taquilla) junto a chicas que fácilmente podrían ser sus hijas, a ella la empardaron con Cary Grant. Un duelo para alquilar balcones. Grant - comediante consumado, otra figura de elegancia incomparable y carisma imposible - se saca chispas con la “novata”, la cual hacía menos de diez años que estaba en el negocio del cine.

En Charada hay un momento inolvidable - de los tantos que tiene el filme -. Hepburn y Grant se tiran flores todo el tiempo y, en una escena Grant - que le está explicando los problemas en los cuales están metidos los dos mientras se afeita - siente que Audrey le toma la cara y le dice con una enorme dulzura: “tenés un hoyuelito en tu mentón; ¿cómo hacés para afeitarte ahí?”.
Y podría jurar que esa línea fue totalmente improvisada en el set.

Pero Audrey tenía esos arranques adorables, que no estaban en el libreto y que nadie veía venir. En Cómo Robar un Millón de Dólares su padre - Hugh Griffith, un gran actor pero con cara de villano de caricatura - estaba haciendo una rabieta; y para que se calme y le preste atención, Audrey lo toma de la barba tipo faraón - y no como una caricia sino como si fuera una manija! - y lo lleva de la barba hasta el living para decirle una parva de cosas dulces y hacer que Griffith baje un cambio.

Audrey debutó en el cine en La Princesa que Quería Vivir (1953), después de pasar por un largo proceso de casting que involucraba a decenas de aspirantes. La idea era contratar a una belleza joven y graciosa por un salario accesible, y emparejarla con un galán ya establecido como Gregory Peck. Iría en letras menores - junto al resto del cast - y con el texto de “y presentando a…”. Pero cuando Peck vio su screen test, salió a presionar a los productores. “Pongan a su nombre a la par del mío, en la cabecera del poster”, dijo; “esta chica tiene un carisma enorme y un gran futuro por delante; y cuando de acá a unos años, cuando ella se convierta en una estrella - y todo el mundo dirija su mirada hacia el filme en el cual debutó -, ustedes van a quedar como unos idiotas”.
(Párrafo aparte: además de la Hepburn y Peck, todo el mundo quedó enamorado de la motoneta Vespa que manejaban por las calles de Roma, cuyas ventas se duplicaron y llegaron a más de 100.000 unidades producidas ese año)
A Roman Holiday le siguieron una serie de comedias románticas memorables, las que le dieron fama, lo cual no quitó que ella bajara al ruedo dramático de tanto en tanto como para mostrar sus cualidades histriónicas. El amor imposible de los dos hijos de un millonario en Sabrina (1954); bailando y cantando a la par de Fred Astaire en Funny Face (1957); la atolondrada snob de Desayuno en Tiffanys (1961); la viuda en aprietos de Charada (1963); la florista de modales toscos que se transforma en un prodigio de urbanidad y elegancia en Mi Bella Dama (1964); o ya más madura, sacándose chispas con Albert Finney en Un Camino Para Dos (1967), una comedia dramática en donde un matrimonio en crisis hace repaso de su vida en común y debe decidir entre seguir juntos o separarse.

Audrey decidió retirarse del mundo del espectáculo a fines de los 60s para dedicarse a su vida familiar. Como le ocurre a muchas estrellas, su vida personal estuvo plagada de dramas - abortos espontáneos, maridos celosos y controladores, infidelidades -. En los 70s regresó… pero ya no era la misma. Seguía siendo el arquetipo de clase y elegancia pero su gracia personal parecía oscurecida por el paso del tiempo y sus cicatrices personales. Hizo un puñado de papeles olvidables - lo más destacado de esa época fue hacer de ángel en Siempre (1989), una comedia chapada a la antigua dirigida por Steven Spielberg y su último rol en la pantalla grande -, y decidió dedicarse a las causas humanitarias, con lo cual se convirtió en Embajadora de Buena Voluntad de la UNICEF en 1988. Mientras tanto en 1980 conoció a su última pareja - Robert Wolders, un actor secundario que estuvo casado con Merle Oberon hasta su fallecimiento en 1979 - y siguieron juntos hasta su muerte. Audrey diría que los años que pasó con Wolders fueron los más felices de su vida. Pero la tragedia golpearía su puerta en 1992: una serie de fuertes dolores abdominales delataron la existencia de un raro tipo de Cáncer intestinal, el cual ya había avanzado demasiado. Fallecería al año siguiente, con apenas 63 años de edad.

La cantidad de clásicos que protagonizó fue interminable. Y como ícono de la moda, su legado es imborrable y llega hasta hoy en día. La modelo perfecta, la actriz versátil en cualquier tipo de historia - drama, comedia; bailando, cantando -, el ángel dotado de un carisma enceguecedor. Admirada por hombres y mujeres durante décadas, fue el inusual ejemplo de una mujer valiente que conservó su independencia y privacidad en una era en donde el mundo del espectáculo era un circo romano que despedazaba a los que no se adaptaran al sistema. Una estrella con mayúsculas y en el más amplio sentido de la palabra.





¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.