De muertes y maravillas del cine 

Sigo con estas ideas alrededor de esa cuestión llamada cinefilia. Esa condición; una forma de estar en el mundo y situarnos respecto de las imágenes. Pero no son “las imágenes”, no seamos pedantes, ni banales presuntuosos (la peor clase): se trata de las películas; se trata del cine, nada menos. Nuestro enfermo preferido (decía Serge Daney), nuestro apasionamiento, nuestro desvelo, ya que tantas veces nos quedamos en vela mirando películas, no porque no podamos dormir sino porque no queremos dormirnos: queremos ver más películas, más imágenes, queremos quedarnos despiertos para ver eso que no tuvimos tiempo de ver durante el día. El cinéfilo no descansa del cine. El tiempo apremia, y hay mucho para ver. La cinefilia nos hace hijos del cine. La cinefilia es una parafilia como cualquier otra, pero no es cualquier cosa. Cuando me asumo cinéfilo, acepto lo que el término trae aparejado; esto es, su tiranía, nuestra dependencia, nuestra alegre, dichosa condición de niños maravillados a pesar de los esfuerzos por aguar la fiesta de un cine cada vez más anquilosado, un cine para adultos a los que se trata como tratan los adultos necios a los niños: como si fueran tontos, como minusválidos morales, como idiotas a los que hay que conducir, alertar, educar, dirigir, mandar, preservar. El cine malo es el cine edificante, el que ofrece lecciones cívicas, o nos da diagnósticos utilizando insumos que vienen ya predigeridos. El espectador sumiso marcha a encontrarse con ideas que ya lleva encima, pero que el cine malo le devuelve bien envueltas, como si fueran una novedad. Las luces brillantes, el oropel de la técnica, la superstición de “lo nuevo” son maniobras de distracción con las que el lobo se disfraza de cordero. Sin embargo, mantengo el optimismo. Nunca como ahora se puede ver todo el cine, convertirse en especialista, saber al dedillo las fichas de las películas, ver una escena en particular hasta decir basta. Ahora, más que nunca, entonces, puedo volver al cine –en una sala o en una pantalla del porte que sea, mejor grande, pero en eso no hay que ser tan exquisito- considerado como un bosque donde perdernos: el espectador aventajado, literalmente se pierde, baja la guarida, se deja mecer. No lleva pertrechos, todo lo deja en la puerta. Se deja estar, se pierde de sí, vaga en el laberinto de su consciencia. Mira lo que desfila delante, esos movimientos, esa danza extraña, como si fuera un sueño. ¿Se acuerdan de I Walked with a Zombie, la película que Jacques Tourneur estrenó en el año 1943? La película tiene muchos nombres, según el país. Si mal no recuerdo, en la Argentina se llamó Dormí con un fantasma. Nombre raro, pero que de alguna manera puede aludir al sueño (¿o lleva alguna retorcida implicancia sexual?). De cualquier forma, “Yo caminé con un zombie” se llama la película si traducimos el título, y es lo que dice la protagonista al principio de la película. Lo que sigue luego es un recuerdo hecho relato de los extraños acontecimientos que le tocaron vivir. Pero es como si la chica en realidad nos contara un sueño. Incluso cuando veo las imágenes, ese Haití confeccionado en estudios, ese hombre negro de ojos vacíos que, sin embargo, echan chispas que parecen venir de lo profundo de una noche terrible, inexplicable, cuando veo los rituales en medio de las sombras, me parece que estoy viendo las vicisitudes de algo que no se puede captar en un plano de consciencia normal. Eso es el cine, o eso debería ser. Eso es un poema, es el pasaje de un libro sagrado, es una invocación lanzada como una botella al mar a fuerzas ocultas que están agazapadas, esperando tranquilamente ser convocadas. El cine, lo tengo que decir de este modo, no como una técnica, ni como un relato. Mucho menos el cine como parábola, como inciso ministerial o como vulgar alegoría, sino el cine como reservorio de sentidos ocultos, de resplandores inesperados, de inexplicable regocijo infantil. La Clase B como el territorio donde florece lo maldito, lo raro, lo escandaloso.

Todo esto para decir que el cine siempre parece estar en estado terminal, pero al final sigue. Cada vez es posible encontrar una sombra, una chispa, el gesto que un actor inventa moviendo el brazo y que la pantalla captura, quizá con una indolencia para la que nada nos ha preparado y que resulta capaz de iluminar la sala con una altivez de otro mundo. Porque es verdad que sentimos que el cine se muere según se nos venga en gana. Nos duele la muela y el estreno de la semana – fórmula tan pedestre como exaltada: ¡Todas las semanas películas nuevas tras las cuales zambullirse! – puede convertirse en un bodrio, una tortura que trabaja la conciencia de nuestra pobre materia y nos llena de melancolía mientras las imágenes desfilan delante, ajenas y distraídas; irremediablemente lejanas y poco cautivantes. Tenemos stress laboral y el cine se muere; nuestras maniobras para que una mujer nos quiera son infructuosas y el cine se muere. De modo que las películas que importan son las películas que nos importan. Las que calzan en nuestro estado de ánimo, nos acompañan con más suerte y felicidad y parecen dirigirse a nosotros, no en todos los casos con delicadeza. Siempre, cada año, parece que pasara eso: un espíritu de decepción inveterado recorre el mundo escaso de los medios especializados; el equilibrio de las películas es precario, depende de las fluctuaciones de nuestra predisposición de espectadores, de las de los críticos, de los programadores. Las películas son buenas, malas y de las otras. Nunca se puede estar seguro. Hay allí una gracia: en la apuesta, en el riesgo, en el funambulismo de una caminata sin red. No puedo como espectador de cine medir el grado de efectividad de la cosecha con una mirada objetiva, que observe el fenómeno en términos de porcentajes. Vale decir que mis películas preferidas son en principio solo mías. Esas películas mías están en las salas, en el rectángulo de la computadora al que accedí a través de links mágicos. Están en YouTube, están en sitios non sanctos. Los años más felices son aquellos en los que desdeño sin planearlo los “grandes nombres” y me topo con desconciertos amables, como si fueran una nueva versión del gigante mono Kong, ignorado avatar de la bestia martirizada por los hombres que nadie esperaba, ni nadie necesitaba tampoco, y me devuelve la sensación –tan placentera y a la vez tan esquiva – de que el mainstream es también un pozo que alberga conjuros sorpresivos, gestos viejos con ímpetu nuevo, voces históricas capaces de crear juegos inconscientes, como si el arte se sacudiera de encima una cierta solemnidad como reaseguro excluyente de su legitimidad y bailara sin red por un rato. Esas películas de mi recorrido particular son también pequeñas piezas de observación, de ligera tristeza y contundencia secreta: se me ocurre mencionar, por ejemplo, la chilena Muertes y maravillas (Diego Soto, 2023, gran presencia en Bafici de ese año); como si entre el carácter siempre un poco monumental de los tanques y el territorio de las imágenes más desguarnecidas e inestables surgiera una solidaridad impensada pero probable, ese estado edénico esencial del espectador que solo espera, otra vez, que lo que se mueve en la pantalla le hable, sin extorsiones jerárquicas ni condicionamientos por parte de aquello que goza del estatuto de lo que “hay que ver”. Concluyo entonces que vi películas por sorpresa: se puede entrar en una sala gigante en un festival, o ver una película que alguien manda para que miremos mis compañeros y yo en el Bafici, o meterse con un entusiasmo moderado en una sala para pescar algo de aire acondicionado una tarde poco hospitalaria y encontrarse con esa cosa luminosa, acaso impenitente, que desde un fondo oscuro nos habla: no sabíamos si esperábamos algo pero algo ocurre. Tengo mis películas preferidas que son solo mías, como si hablaran en una especie de idioma extranjero que sin embargo me es destinado en forma particular. Cuando pienso en mis películas no puedo no pensar en la naturaleza de las emociones intransferibles.

I Walked with a Zombie es por momentos una extraña adaptación de Jane Eyre, solo que allí donde la chica Brontë ignoraba el clima sobrenatural, Tourneur ajusta los tornillos con impasibilidad y determinación de ensueño. La película es la historia de una chica entre dos mundos, como Cat People (Jacques Tourneur, 1942), pero es también un paseo por un inframundo que sube a la superficie con San Sebastián como guía secreto. El mártir que atrajo las flechas sobre su cuerpo da nombre a la ciudad haitiana en que se desarrolla la acción y vela tristemente por la cuota de horror atávico que se cierne sobre la protagonista. Muertes y maravillas toma su nombre de un libro clave de la literatura chilena y trae de vuelta a su autor, Jorge Teillier, no menos imprescindible. Como se sabe, Chile tiene cobre y poetas. Pero ninguno de ellos como Teillier, el escritor que siempre es joven porque aunque esté muerto sus poemas no han dejado nunca de sonar jóvenes, como los versos de cualquier joven o niño que no encaja, que pertenece a otro mundo y quiere volver a casa: ¿Quién recogerá las manzanas donde aún puede vivir un sol de otra época? Un verso que le pertenece hace esa pregunta. La melancolía invade a veces el mundo del espectador de cine que desea otra cosa, que cree, cuando lo gana el pesimismo, que el cine está agotado. Que no da más. Que tiene una vida que está siendo estirada, que se comporta como un zombie, sirviendo a intereses ajenos; que es presa de un hechizo con el que se lo fuerza a trabajar a deshoras, cuando es evidente que ha muerto, que no tiene más para dar de sí. De pronto, sin embargo, llega la luz, la esperanza. No por una película en particular (aunque puede ocurrir, como pasa con Muertes y maravillas) sino por varias de ellas, esas que guardan dentro suyo la química de la insubordinación, la gracia ígnea de algo que las enciende y las quema por dentro, como animales en peligro de extinción. La cinefilia vela por esas películas. Se queda despierta porque si parpadea, el cinéfilo, el que padece esa condición, se pierde algo. Las películas del pasado –las descubiertas, las que hay por descubrir, las anomalías hechas de arrogancia y de misterio en los pliegues de la historia del cine- y las del presente que prefiero son esas que puedo ver muchas veces sin que se agoten: las que me mantienen en vela, las que no mueren, las que sueñan y hacen soñar con un cine que jamás se agota porque siempre son jóvenes como jóvenes que añoran despiertos un mundo perdido y que por ello tienen que inventarlo, con desparpajo, con altivez; lanzando botellas al mar, escribiendo cartas perdidas, elevando plegarias, sabiendo que, al final, lo que cuenta no se puede contar, porque es inexplicable.

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