Los puentes de Francesca y Robert 

Los puentes de Francesca y Robert

Francesca Jonhson, creía que había acomodado su alma libre a una vida rural y apacible en Iowa, junto a un esposo y a unos hijos adolescentes, pero algo faltaba. Faltaba Robert, ese fotógrafo de National Geographic que, intempestivamente, irrumpe en su vida, cuando se pierde mientras buscaba la zona que quería a fotografiar. Eros ya estaba conspirando. Ella estaba sola -su familia había viajado a una feria ganadera-, tenía algo de dinero ahorrado y guardado (no en el banco, no, sino en una vieja lata de galletas en un estante de la cocina), y pudo comprarse un vestido nuevo, de flores -porque la primavera se le había instalado en el cuerpo- y lucir hermosa, como tanto lo deseaba, en su primera cena juntos, que incluiría bailar al son de la música favorita de Robert: el jazz. Incluiría, también, sumergirse en un baño de burbujas junto al cuerpo desnudo del visitante, y soltarse el cabello y la pasión durante los cuatro días que duró esta confabulación de Eros que, asimismo, condujo a peleas y a gritos –ya sabemos que Eros es un dios y un demonio- con ese hombre de quien se estaba enamorando minuto a minuto, pero a quien no quería necesitar porque no podría tenerlo. Planearon, como a menudo lo hacen los amantes, huir juntos, pero Francesca, al último minuto, decidió conservar ese amor renunciando a él. Y, aunque a todos nos partió el corazón ver a Robert empapado bajo la lluvia esperar a que Francesca bajara de la camioneta que conducía su esposo, y verla a ella agarrar la manilla de la puerta mientras, a su vez, lo miraba a él con los ojos empapados, pero no por la lluvia, y casi le gritamos que sí, que se bajara, que corriera hacia él, que no quedaba casi tiempo, que el semáforo ya iba cambiar a verde, su esposo cruzaría y su vida y la de Robert se separarían para siempre… ¡ella no lo hizo! Robert y nosotros quedamos desolados. No comprendimos, en ese momento que, desde una profunda sabiduría, ella supo que no sería capaz de vivir junto a él, si el precio para esa felicidad era infringir una herida tan profunda a su esposo y a sus hijos. Francesca, sin embargo, siguió amándolo, secreta y silenciosamente, por el resto de su vida, mientras siguió siendo esposa y madre, aunque ya no era la misma de antes: había amado y había elegido. Cuando, muchos años más tarde, recibió una caja enviada por el abogado de Robert Kincaid, con el libro de fotografías de Los Puentes de Madison –que habían visitado juntos, y que ella continúo haciéndolo una vez al año, como un ritual íntimo que homenajeaba a ese amor-, dedicado a F, tuvo la certeza de que él nunca dejó de amarla, que los puentes entre ellos nunca se rompieron... aunque eso, ella ya lo sabía. Y en un acto final de amor, de autenticidad y de generosidad, esta hermosa mujer deja una larga carta a sus hijos, donde les confiesa su amor por Robert, pero, sobre todo, les muestra el tamaño de su amor materno. También ellos, como nosotros, recibieron una iniciación en el amor.

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