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Tim Burton está de vuelta. Tras su viaje al submundo de las remakes insulsas recupera algo de su espíritu original.

No es que sea tan espectacular este regreso, es que no se avizoraba. Su Beetlejuice versión 2024 es un refrito, sí, pero por lo menos es más sabroso. También es cierto que la original tampoco era una gran película (aunque se elevaba en una memorable escena musical). Nadie la hubiera pensado en serio para un festival de cine clase A, y esa falta de seriedad le venía bien. Con su director ya consagrado hace rato, esta secuela abrió (fuera de competencia) nada menos que el festival de Venecia. Pero eso es anecdótico, lo importante es que se haya recuperado (con irregularidades) bastante de la frescura del film original.

Hay tres personajes de la primera que regresan, encarnados por los mismos actores, Lydia, adolescente dark y burtoniana ahora es una mujer conflictuada a pesar de su éxito televisivo con un programa sobre hechos sobrenaturales. Un papel a la medida de Winona Ryder. También está su infumable madrastra, Delia, aquella del baile forzado, una artista caprichosa a cargo de una genia de la comedia como Catherine O´Hara. Y por supuesto está el personaje del título, al que regresa Michael Keaton con una edad más adecuada. Más cancelable que desenfadado, y de alguna manera saludablemente incorrecto para estos tiempos. Falta el padre de Lydia que había interpretado el cancelado actor Jeffrey Jones, pero la película resuelve su ausencia de una manera muy ingeniosa.

Beetlejuice versión 2024, con un Michael Keaton muy de vuelta (y sin necesidad de tanto maquillaje)

Hay, también, cuatro incorporaciones, la principal es la de Jenna Ortega, que repite su Merlina en el rol (totalmente protagónico) de hija de Lydia. Su presencia es fundamental. También es importante el rol de Justin Theroux como pretendiente de Lydia, un ser patético y ladino, lleno de falsa corrección. Mónica Bellucci (pareja actual de Burton) impone su presencia aunque sus apariciones son esporádicas, y Willem Dafoe luce desaprovechado.

El guion tiene algunas inconsistencias, aún en el marco de la ilógica lógica de ese otro mundo retratado (que en el cine de Burton siempre será más alegre y genuino que el nuestro). También momentos que se acercan al del baile mencionado. En ese sentido es para celebrar la idea del tren de las almas, aunque no diré nada más. Es momento de repasar toda la obra de Burton.

Sobre el director

Timothy Walter Burton nació en Burbank, California, el 25 de Agosto de 1958. Una serie de cortos caseros pero prometedores hechos en los años ´70, en donde ya se prefiguran algunas marcas de su estilo, le permitieron trabajar para Disney. Allí colaboró con los bocetos de El zorro y el sabueso (1981) y el arte conceptual de El caldero mágico (1984), dos buenos productos de una compañía que se encontraba en crisis en ese momento, muy lejos de la hegemonía actual.

Sus aportes para esos trabajos y algunos otros fueron persistentemente rechazados, pero Disney vio en el un talento que nunca terminó de entender y le permitió completar dos cortos propios y desarrollar un gran proyecto que podría concretar en el futuro, ya lejos de la compañía. Esos cortos fueron Vincent (1982), y Frankenweenie (1984). En el primero de ellos se dio el lujo de contar con la voz de su idolatrado Vincent Price. Y en el segundo dejó de lado la animación y contó con un mayor presupuesto. Hoy son dos trabajos revalorados.

Era el momento de dar el gran salto, que casi llega con la dirección de Después de hora (1985), pero esa responsabilidad terminó recayendo en el ya consagrado Martin Scorsese. Su debut entonces se dio con La gran aventura de Pee-Wee, del mismo año, y basada en el programa de HBO de Paul Reubens (que, confieso, nunca me causó la menor gracia). Es una especie de parodia deforme del clásico Ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio De Sica. La música estuvo a cargo de Danny Elfman, y fue el principio de una fructífera colaboración que ya lleva 24 trabajos juntos. Fue un éxito comercial que le dio mayor libertad para continuar con una carrera que seguiría con la Beetlejuice original. Otro éxito para continuar con una carrera ascendente.

La Beetlejuice original

La fórmula del éxito en Hollywood es bastante básica y conocida, consiste en hacer algo prestigioso que te ponga en el mapa, continuar con algo exitoso que le de confianza a los inversores para llegar a una especie de nirvana industrial que es el cine de superhéroes. Eso es así en este siglo, pero no estaba tan claro a fines de los años ´80. Por entonces las películas de superhéroes no eran lo que son ahora. Es probable que ese cambio se deba en parte al inmenso éxito del Batman de Burton, que le aportó al personaje esa oscuridad que se había diluido por completo en la festiva serie de los años ´60. Visto en perspectiva era obvio que el director podía darle a Ciudad Gótica ese oscuro esplendor, ya que él mismo era gótico. Este trabajo fue su cumbre en cuanto al éxito económico. Ahora podía hacer lo que quisiera.

Y lo que quería no era continuar con lo mismo (aunque dos años después se haya encargado de la casi obligada pero interesante secuela). Ya sabemos muy bien como terminó esa saga sin él. Lo que hizo Burton fue encadenar una serie de trabajos muy personales, darse el gusto de hacerlo. Y lo pudo hacer en gran parte gracias al éxito obtenido previamente. La primera apuesta fue El joven manos de tijera (1990), con Johnny Depp. Una película tan particular que la Warner, muy agradecida por Batman, no quiso financiar. Podría haber salido espectacularmente mal, pero salió muy bien y es considerada una de las cumbres de su carrera. Luego llegaría el momento de reflotar un proyecto de Disney señalado previamente, otra obsesión de Burton, El extraño mundo de Jack (1993), que cuenta con su sello distintivo a pesar de no estar dirigida por él. Y en 1994 llegaría Ed Wood, a la que ya me referí en otro artículo, y es a mi juicio lo mejor de este director. Todo lo que siguió a continuación muestra una mayor irregularidad.

1996 fue el año de Mars attack, otro capricho de Burton pero no tan celebrado, la misma devoción por el cine clase-B y una conjunción de estrellas que no aportan demasiado. La leyenda del jinete sin cabeza (1999), en cambio, es un regreso a su mejor nivel en el marco del cine de terror más clásico. El planeta de los simios (2001), es su trabajo más cuestionado, por el capricho del final y la sombra del film original. aunque su diseño de producción, como siempre, es extraordinario.

La leyenda del jinete sin cabeza

La década continuaría con una expresión de madurez en el 2003, El gran pez, un regreso con gloria a la animación stop-motion con El cadáver de la novia (2005) y un nuevo suceso comercial con una remake que quizás mejore la original, Charlie y la fábrica de chocolate, del mismo año. Sweeney Todd (2007) arriesgó un poco más apostando todo al musical, con el vuelo visual de siempre pero con menor respuesta de crítica y público.

Llegaría entonces una década de obras que oscilaron entre el más de lo mismo y trabajos por encargo en donde solo aportaba algo de espectacularidad. Alicia en el país de las maravillas (2010), Frankenweenie (2012), basada en el corto de 1984, Sombras tenebrosas, del mismo año, son exponentes de esa tendencia. Lo mismo puede decirse de Miss Peregrine (2016) y Dumbo (2019). Algo distinto fue lo que sucedió con Big eyes (2014), que intentaba otra cosa pero se recuerda como el más impersonal de sus trabajos.

Los últimos años lo tienen de regreso a los orígenes con la serie Merlina (2022), en donde encontró un nuevo vehículo para sus obsesiones de siempre en la piel de Jenna Ortega y este regreso a su primer y extraño amor.

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