Esta es una comedia que trata de una familia ensamblada y burguesa, que habita una mansión de dos plantas donde arriba viven mamá y papá; y abajo sus dos hijastros, que están casados. Celos, chismes, alianzas y consejos atraviesan la vida cotidiana, el trabajo y los paseos por el parque Tres de Febrero. El conflicto transmutado en alegría hace que el final de la película se comprenda como la promesa de los bebés que están por venir, como si todo empezara de nuevo.
A la par de un recorrido clásico por Buenos Aires, viendo los espacios abiertos con jacarandás y el edificio del Congreso en los años 50, los caminos transitados y el obelisco de la Avenida Corrientes, una voz decide contarnos lo que pasa. Dice: “señores, lo que ocurre en esta historia es cosa de todos los días. Puede ocurrir en una ciudad como otra cualquiera, en una casa como otra cualquiera y en una familia como todas las familias. Con la única diferencia de que esta es una familia con dos esposos y dos esposas”.
En la forma en que habla se siente un espíritu engañoso pero ilusionado. Es la voz de un hombre de apellido Solís -interpretado por Hugo Pimentel- que va a visitar a la familia de dos esposos y dos esposas que protagoniza esta película llamada La cigüeña dijo sí. En su relato se escucha un vestigio de obediencia y una esperanza de vida contenta. Es una voz canalla o pícara, como un deseo de engañarnos mutua y espontáneamente. Con ingenuidad, todos con alguien y cada uno consigo mismo, y que nos salga bien.
Introduciéndonos en el enredo, Solís nos cuenta que al empezar hubo un viudo y una viuda: Antonina (Lola Membrives) y Eduardo (Tomás Blanco). Nos dice, además, que Antonina y Eduardo se sentían tristes, y los vemos saliendo de la sala de velatorio mientras bajan por unas escaleras, vestidos de negro y rodeados de un siniestrismo demasiado reciente como para asustarse. Antonina y Eduardo se conocen y se miran, se consuelan y salen de una iglesia para entrar en un nuevo casamiento. El psicoanalista y escritor Germán García habló de esta película en una clase que dio en Tucumán en el año 1987. Dijo que “todo esto lo tragamos con azúcar como las tortitas de la época, pero si pensamos, hay un doble crimen al comienzo”. Él se preguntaba ¿por qué tienen que ser viudos y no solteros? El asunto es, entonces, que en el principio de la historia de estos viudos hay una tragedia que está como cuadruplicada, porque hay doble muerte y doble tristeza. Y este inicio trágico es lo que la historia necesita para que se arme la novela. Porque el relator Solís nos informa que ellos no se juntaron por puro egoísmo, sino para que sus hijos se criaran como dos niños felices: es que Antonina venía con su hijito Claudio (Esteban Serrador) y Eduardo con su hijita Pilar (Susana Campos). Estos dos niños efectivamente se crían en la felicidad y entonces ese padre viudo y esa madre viuda que vimos salir juntos del cementerio, envueltos por su consuelo, ahora hacen algo por sus respectiva hijita e hijito. ¿Qué les terminará pasando a estos cuatro juntos?

La cigüeña dijo sí se estrenó en abril de 1955. Fue dirigida por Enrique Carreras y escrita por Alejandro Casona sobre una obra de teatro de Carlos Llopis. En la película vivimos la historia de Doña Antonina y Don Eduardo. Tras la muerte del marido de ella y de la mujer de él, la pareja logra conocer un nivel más, una capa diferente de texturas para vestir los dramas familiares. Con estos viudos y sus hijitos se arma un chiste de confusiones generacionales que son alegrías adornadas de sorpresa, monstruosidades como postres de confitería y muertes de colores rosas. Hay una fórmula simple que está jugando todo el tiempo: la familia. Pero esta simpleza es una circulación entre lo dominante y lo miedoso, lo pusilánime y lo fundamental. Una cosa simpática que mantiene el chiste en la claridad necesaria para seguir viendo qué pasa en ese lugar de dos pisos en el que viven una madre y su hijo con un padre y su hija.
Solís, desde afuera, relata la historia hasta que, después de presentarnos a los personajes, se disculpa y aparece en la puerta de la casa familiar. Vemos entonces a Solís y a una de las empleadas que lo atiende y lo recibe a su llegada. Para no confundirse, las empleadas nombran a los miembros de la familia así: “la señora de arriba”, “la señora de abajo”, “el señor de arriba” y “el señor de abajo”. El punto es que Solís va a la casa a contar su mala situación actual y a pedir trabajo. Ahí es cuando entramos, ya sea en la planta baja o en la planta alta y vemos los pisos de mármol, las lámparas, los sillones suaves, los espejos con marcos elaborados y las plantas en mesitas de madera que adornan el ambiente en el que vive esta familia. Según Solís, un verdadero paraíso.
Esta armonía pequeña que la casa de dos pisos estructura hace que los cuatro de la familia jueguen entre la paridad y disparidad constantes. Hablar de relaciones familiares es difícil, como contar un sueño. No solo por la mezcla de nombres o parentescos sino, además, por la manera en que lo familiar se mueve cuando lo vamos narrando, como si se diluyera y se volviera a armar en un mismo instante. Un sueño es la formación más familiarmente propia e íntima y, a la vez, la más desconocida. Este parece ser el verdadero punto siniestro, el agujero negro pero luminoso, indescifrable. Algo que, por más deforme que parezca, queremos que nos traduzca un mensaje interior aún no inventado. Podríamos decir que la casa de esta familia de cuatro es una especie de sueño compartido del que parece que nadie quiere despertar.
Afuera no sabemos qué pasa. El clima exterior a la casa lo aporta Solís con sus malas noticias. Visita a la familia para pedir trabajo pero también sabemos que se terminó su matrimonio, que no habrá hijos en su futuro próximo y que esto lo vuelve más pesaroso. Se siente su fracaso, su separación. Se lo ve despierto pero no por su agilidad o viveza, no parece ávido de vivir; más bien parece que estar despierto para él es la consecuencia de que se rompió su sueño. Solís se ve como alguien deseoso de que dormir un rato de siesta sea algo que esté a la vuelta de la esquina, por llegar. En su despertar hay más de tristeza que de causa para volver a soñar de nuevo. Como si le doliera sentirse expuesto frente a un interior edénico, una casa en armonía.
Tal vez por esto vemos a Solís en ese aire medio miserable cuando está en la fiesta que la familia hace llegando al final de la película. Es que en esta historia tan concentrada y resumida atravesamos varias noticias de las que no habría que decir mucho, para aprovechar la vorágine y la calma mismas de la historia. El ritmo propio que suena como la melodía de una canción de cuna pero con un fondo orquestado, que más que para dormir es para recordar soñar y no olvidarse del sueño. En el de esta película hay nacimientos, fiestas, mentiras piadosas y un chiste con el que termina todo. Un brindis final en el que Doña Antonina y Don Eduardo dicen algo más o menos así: “por el hijo de los hijos, que será nieto de los padres, y sobrino de los hermanos, y porque tengamos pronto que reunirnos otra vez”.
Para terminar, quiero sin ceremonia plantear unos detalles que no hacen a la estructura ni a la forma recordable de la película, pero a mí se me aparecieron como preguntas abridoras. 1) La pareja de los de abajo va al cine a ver Lo que el viento se llevó y ella se excita, se lo hace saber a su marido gris que lee el diario y al que logra contagiar su deseo; esa es justo la noche que conciben a su próximo bebé. Es como si el cine auspiciara la nueva demografía de posguerra sin quererlo, la ampliación de las familias; y es el cine dentro del cine. 2) El personaje del señor de arriba supuestamente es profesor de historia en la universidad, pero está más preocupado por el cargo que por la historia; hay ahí una ironía. 3) La pareja de los de abajo, la misma noche que vuelve del cine, concurre a una especie de café concert, donde bailan el tema “Cachita”, del que cuarenta años después Ricardo Montaner cantaría una versión que se volvería un hit. En esos mismos años noventa de la canción que bailaba en algún que otro festejo preadolescente, veía en teleteatros de canal 13 a Susana Campos, que en esta película hace el personaje de Pilarín. Estas dos cuestiones son como remembranzas que mojan la memoria de mis pies de niño y tienden un puente raro entre la película, su tiempo y el mío. 4) En la película aparecen las vicisitudes políticas enredadas al peronismo y la justicia social. Es cuando el personaje de Antonina (interpretado por Lola Membrives, reconocida defensora del peronismo) añora con saña burguesa, ya un poco borracha de una noche de fiesta, “los tiempos sin impuestos a los réditos”.



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