En cada generación cada película impacta distinto. Aunque los clásicos son atemporales porque apelan a valores, deseos y temores universales -el camino del héroe-, en definitiva la mejor ciencia ficción cuenta una historia que transcurre en varios niveles y en múltiples dimensiones porque encontró la analogía perfecta para explicar nuestro presente; aún con exageración, humor e ironía, pasando por el realismo cientificista y los planteamientos filosóficos y éticos que podrían ocurrir, que ocurren, en el patio de casa, como la esclavitud y la libertad, el imperio y la revolución, la conciencia y la clonación, la automatización y la trascendencia.
Podemos amar la psicodelia de la primera Viaje a las Estrellas, el western en una colonia a años luz con Firefly, la guerra fría de Galáctica y la ingenuidad de Perdidos en el Espacio. Podemos, ¡necesitamos!, regresar del siglo 50 con Buck Rogers o del sector Delta con la capitana Janeway.
A medida que todo avanza y los efectos son más creíbles descubrimos en su envase original, o en su reversión actualizada (para mantener la empatía del público siempre renovándose), un paradigma que apenas cambia en el tiempo y el espacio.
Vimos, también, un hueso que en el aire se convierte en la primer herramienta, una computadora que tiene su primer sentimiento, una raza exterior que amenaza conquistarnos o el propio ser humano que arriba -por primera vez-, a otro planeta, a otro sistema, a otra galaxia y se transforma en el conquistador, el colonizador feroz al que tanto temía en la Tierra.
A veces es más fácil, más gráfico, explicar la realidad y nuestros miedos llevándolos a otro espacio, donde los villanos son evidentes y las intenciones de la humanidad menos pantanosas. En muchos casos, cuando logramos aquí una armonía casi utópica, salimos a buscar los conflictos afuera, porque en el fondo sabemos que la matriz ideal nunca va a funcionar. A fin de cuentas, ¿qué mérito tiene superarnos sin obstáculos ni oposiciones desafiantes? Después de todo -los saltos tecnológicos, los avances en la cohetería y la informática, la medicina y la industria han ocurrido durante esos periodos cruentos y oscuros de guerras recurrentes a lo largo de la historia.
¿Será (¿gen implantado por el gran meteorito?), que el destino, el designio del ser humano es prosperar, no ser feliz, sentirse incompleto, eternamente insastifecho, con un vacío que crece como un agujero negro?
En ese sentido, con Internet y las redes, Space X y Equis, la robótica y la Inteligencia Artificial, la cuántica y las ondas gravitacionales, parece ser éste el siglo adecuado para el que el cine y la tevé de Ciencia Ficción nos preparó durante décadas.
Últimamente viajamos porque nuestro mundo se ha vuelto insostenible, agotado de recursos, estéril de porvenir. Pero mantenemos la esperanza de pasar el gran filtro, convertidos en seres de luz, por los atajos que doblan el tejido cósmico porque, lo intuimos, el Universo es un pañuelo.
Convengamos que detrás del romántico impulso de explorar y comprender el Infinito se oculta otra cara igual de vasta y terrorífica, la de nuestra más íntima cosmogonía. Y a veces creemos haber llegado lejos pero terminamos donde empezamos, como en la escena final de El Planeta de los Simios.


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