Me pasa con los 90’s, que mientras los atravesaba y comenzaba a experimentar mi primavera cinéfila, leía el llanto de los entendidos señalando que el cine ya no era lo que había sido y que estábamos presenciando su muerte. Y aquí lo vemos, treinta años después, sigue vivito y coleando. Lo cierto es que cuando vuelvo a algunas películas de aquellos años, las más mainstream, descubro cosas que hoy serían súper arriesgadas, incluso aspectos narrativos que en su momento veíamos como modernismos insoportables y hoy parecen recursos clásicos. ¿Esto quiere decir que con el tiempo vamos a extrañar las películas de Christopher Nolan, Denis Villeneuve. Ruben Östlund, Alejandro González Iñárritu, Yorgos Lanthimos? No, Dios mío, qué horror… pero sí es cierto que hay gestos que por contemporáneos se nos hacen cotidianos y, cuando dejan de serlo, volver a ellos es una suerte de redescubrimiento. En el caso de los 80’s pasa un poco bastante eso, tal vez la década más castigada por la cinefilia elevada, a la que señalan como el origen del mal, aunque el origen del mal esté ubicado en los 70’s con el éxito de La guerra de las galaxias (Star Wars: Episode IV - A new hope). Los 80’s, entonces, esa década ganada por un público juvenil que miraba películas y salía corriendo a comprar el muñequito; un poco el germen de la nostalgia objetualizada del presente. Algo de eso hay, es cierto, pero también que muchas de esas películas descartadas por simples objetos para vender merchandising son algo más que eso. Beetlejuice, el superfantasma (Beetlejuice) de Tim Burton es un ejemplo de lo estimulantes que supieron ser los 80’s.
En todas las décadas aparecen nuevos autores, que muchas veces están contaminados por un aire de época: por ejemplo en el presente los considerados grandes autores en el circuito de festivales suelen ser directores ruines, misántropos, a tono con el cinismo circundante. Bueno, en los 80’s se consolidaban algunos nombres y otros asomaban la cabeza, como es el caso de Burton, que encontró en el entorno fantástico y evocativo del pasado una plataforma más que suficiente, aunque alejada del tono nostálgico de films como la saga de Indiana Jones (Idem) o Volver al futuro (Back to the future), donde la fantaciencia y la aventura encontraban una forma de mirar al pasado. Lo de Beetlejuice es más comparable a los fenómenos de Gremlins (Idem) o Los cazafantasmas (Ghostbusters), que se construían desde géneros populares y familiares para explorar un imaginario adulto, aunque inmaduro (en el buen sentido) claramente: en Gremlins Joe Dante exploraba los cuentos navideños y los dinamitaba con la anarquía de los Looney Tunes (Idem), mientras que en Los cazafantasmas Ivan Reitman inyectaba una dosis de humor adulto del Saturday Night Live! (SNL!) a una comedia de ciencia ficción para toda la familia. En el mismo plan, Burton se aprovechaba de que el cine de terror, sobre todo el de fantasmas, estaba de moda y le aplicaba una estética kitsch a una comedia sobre un demonio disruptivo que destruía las posibilidades del relato desde adentro. Esa anarquía propia del dibujo animado, que Burton tenía en su imaginario y que si bien ya había expresado en La gran aventura de Pee-wee (Pee-wee’s Big Adventure), aquí explotó por los aires. Más allá de que tiene grandes películas en su haber, sin dudas que Beetlejuice es su obra más inclasificable y distinguida.

Muchas de las cosas inclasificables de Beetlejuice tienen que ver con las decisiones estéticas adoptadas por el director, que quería que la película se viera un poco tosca como los films Clase B que lo habían educado cinematográficamente en su infancia. Si bien hay elementos góticos, verbigracia la Lydia de Winona Ryder, que son los que se harían marca en el orillo de lo burtoniano durante un largo tiempo y a partir de su siguiente película, Batman (Idem), lo cierto es que aquí lo que más se observa es lo kitsch, no sólo en la apuesta por el humor absurdo y por los colores y las formas estrambóticas del mundo de los muertos, sino porque lo kitsch como estética está presente en la obra que colecciona la artista Delia Deetz (Catherine O’Hara). No deja de ser interesantísimo por lo tanto que Burton se burle de los Deetz y del esnobismo cultural cuando su película pareciera reflexionar sobre esa forma del arte, lo que demuestra en todo caso su sentido del humor enrevesado. A esto, el director utiliza recursos como el stop-motion o los efectos con maquillaje para recrear ese universo de moribundos que pululan por el mundo de los muertos. Y lejos de la nostalgia perezosa, lo interesante de la película es que se nutre de recursos tradicionales para construir una película de gran personalidad, divertida, escandalosa por momentos en la recurrencia a un humor grosero y pasado de rosca, algo que estaba dentro de una película mainstream y que confirma que aquellos años locos fueron mejor que estos tiempos locos de control y sobreprotección.
Dice el anecdotario que Burton había pensado en Sammy Davis Jr. para el papel de Beetlejuice, pero a instancias de la compañía productora finalmente se definió por Michael Keaton. Y si bien es contra-fáctico pensar que la película no sería lo mismo sin la presencia del actor, lo cierto es que lo de Keaton, a pesar de estar menos de veinte minutos en pantalla, termina siendo tan arrollador que uno cree que está todo el tiempo en plano y resulta clave para los resultados. La creación del personaje, varios aspectos de su cuerpo, fueron propuestas del propio actor, quien buscó darle un tono realmente asqueroso al Beetlejuice, que es como muchos villanos del pasado (aunque es más un antihéroe a su pesar) un personaje tan seductor como repudiable; en esa cualidad disfrutable de lo reptil que me gusta señalar como uno de los valores más destacados que se han perdido en el cine del presente. Lo inimputable del personaje es parte de su encanto y lo que permite también que Keaton se divierta decodificando las ideas que el propio Burton le trafica. El actor improvisó la mayoría de sus líneas, además de entrar en escena sin demasiado ensayo previo, como para que su presencia sea disruptiva no sólo para la película, sino para el resto de los personajes. Ese espíritu es el que toma poder en la película en un juego de espejos con las posesiones que se dan dentro del relato.

Y allí dentro, entre tanto desparpajo y descontrol, entre tanta actuación saturada de colores (Catherine O’Hara no se queda atrás de Michael Keaton), se distingue nítidamente el germen de lo que conocemos como personaje burtoniano en la Lydia de Winona Ryder, una criatura más apagada, taciturna, melancólica, el freak incomprendido que funciona un poco como alter ego del propio director. Si bien ese rol lo cumplió Johnny Deep en diversos personajes, hay una musa femenina que Winona representó ahí y en El joven manos de tijera (Edward Scissorhands) y que podríamos señalar es clave en el éxito de las películas de Burton. Cuando no está, cuando no la encuentra, sus películas, sus ideas, parecen desinflarse un poco. Más adelante encontraría esa musa en Christina Ricci en La leyenda del jinete sin cabeza (Sleepy Hollow), quien volvió recientemente en la serie Merlina (Idem), que recompuso la figura de Burton con el gran público y operó como traspaso generacional entre Ricci y Jenna Ortega como la nueva chica rara. Ortega, no casualmente, es la protagonista de la secuela Beetlejuice Beetlejuice (Idem), aunque eso será tema de análisis más adelante.



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