La paciencia de incorporar dulce, dulce y más dulce en cada escena podría resultar en un coma diabético al final de la película, pero magistralmente Baz Luhrmann es un artista de la edulcoración, que permite al espectador una adicción al mundo cursi sin caer en la saturación de un amor platónico en el Moulin Rouge (2001) que atrae más por el cómo que por el qué.
Todos los elementos clichés están expuestos en el desarrollo de la historia del Moulin Rouge, es innegable, pero la manera en cómo fueron incluidos en la película es lo que hace que el amor cursi y platónico del protagonista sea una emoción progresivamente explosiva y bastante atrayente para sostener una trama más bien predecible.
Vale la pena explorar si ser cursi tal vez no es contraproducente dependiendo de quien tenga el “don” de serlo, aludiendo un poco a Santiago de Liniers y Francisco Silvela (2018) cuando mencionan en su libro El arte de distinguir a los cursis, un listado de requisitos para serlo en el que prácticamente Moulin Rouge seria, con honores, acreedora al título; pero, ¿será acaso tan mala esta faceta en una película? ¿o en la vida? ¿no será también una manera de disfrutar el mundo desde otra perspectiva, una mas saturada y colorida, pero al fin de cuentas, auténtica?
Y es eso mismo lo que construye este amor platónico en Moulin Rouge, la valentía de correr el riesgo de lo convencionalmente estable, de explorar la autenticidad hasta que ya no de más, a través del manejo de las emociones de los personajes que no se ocultan (por lo menos, no a los ojos del espectador), lo que es un punto en contra y a favor al mismo tiempo. En contra, porque se pierde la capacidad de asombro en cuanto a la trama se refiere; y a favor, porque al tener resueltas las emociones solo resta darles un manejo visual y sonoro emocional a través de escenas minuciosamente detalladas.
Al contrastar esta película de Luhrmann con similares en cuanto a su puesta en escena como El árbol de la vida (2011) o Alicia en el país de las maravillas (2010) podría compararse si el arte de ser cursi abarca todo tipo de alcances que llegan a lo kitsch o es necesario una dosis gradual y a la vez sensata para sumergir al espectador desprevenido en el universo cursi y platónico en el que deambula la película.
Hay un elemento clave que permite ese ambiente cursi y es que las escenas capturan la esencia bohemia con ese halo de romanticismo extremo, de dejarlo todo por el arte, por el amor. Se generan muchos amores platónicos en esta película, pueden irse compenetrando con las personalidades diversas de los personajes y de ellos con los diversos espectadores.
Los personajes no tienen puntos medios, y su caracterización visual y actoral no se presta para dudas, son buenos y sufridos en extremo como Satine y Christian (Nicole Kidman y Ewan McGregor), o son malos o manipuladores en extremo como el Duque de Monroth o Harold Zidler (Richard Roxburgh y Jim Brodbent) o son ingenuos en extremo como la actuación corta pero evocadora de John Leguizamo como Henri de Toulouse Lautrec, pero eso si, todos cursis en extremo.
Lo que muestra también que el amor platónico no es siempre de un hombre por una mujer como el caso de los protagonistas, sino de un poeta por una ciudad, de los artistas por la pasión de sentir, de un hombre y una mujer por el amor.
La sobre carga emocional también fue sonora, así que ¿por qué solo música cuando se puede hacer un musical? y es que todo el que haya tenido un amor platónico, por lo menos lo relaciona con una cursi canción de los dos (aunque solo uno de los dos sepa). Este fue el caso de Moulin Rouge, la música, el sentido de recrear clásicos del rock a manera de musical en voces como la de David Bowie y canciones como Your Song de Eton John, Smells Like Teen Spirit de Nirvana, The Show Must Go On de Queen mostró que la película está muy bien amalgamada con la música.
Entonces, vale la pena Moulin Rouge solo por el cómo, la respuesta la tiene tanto la misma conclusión de la trama en la película como quien ha vivido un amor platónico: ¿vale la pena concretizar ese amor platónico? o valdría más la pena ese sentimiento de imposible, de misterio que tal vez es más bello que la realidad de lo que hubiese podido llegar a ser!
Imagen tomada de Pixabay gracias a theo-choi


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