Todo sobre mi madre. Mother, May I? (2023) de Laurence Vannicelli 

Lidiar con la muerte de un familiar implica tener que ejecutar una serie de acciones que, mediadas por el dolor, forman parte del duelo. Si la muerte es traumática, ingresan en la dinámica otros agentes con los que hay que tratar: policías, funerarios, médicos, agentes inmobiliarios, abogados. Poner orden a una vida que ha llegado a su fin es una tarea ardua, lenta, que moviliza procesos emocionales a largo plazo. Si a esto se le suma una relación definida por el trauma y el abandono, el luto puede ser rápido e indoloro o, por el contrario, destapar tensiones reprimidas y acumuladas desde la infancia. En Mother, May I? ocurre todo lo anterior y mucho más, como si eso fuera posible.

La última película de Laurence Vannicelli es un thriller psicológico (nunca mejor utilizada esta palabra) con elementos del horror asociados a las historias de fantasmas. La trama sigue a una joven pareja Anya (Holland Roden) y Emmett, (Kyle Gallner) y la presencia perturbadora de una ausencia: la de la madre de Emmet, Tracy (Holland Roden). La potencia arrolladora de su personalidad marcará el desarrollo de todo el film, aun habiendo aparecido sólo unos pocos minutos en la secuencia inicial.

Caída de su silla, con un cigarrillo aún humeante sobre la mesa, la cámara muestra parcialmente a Tracy muerta, para luego describirla por medio de una serie de planos detalle que focalizan en sus objetos personales y en sus últimos momentos antes de la despedida: la bolsa negra en la que es llevada, el incinerador de la casa funeraria, la caja donde se guardan sus restos. Emmet decide tirar las cenizas en un lago en el medio del bosque, Annya lo acompaña y le pide que diga unas últimas palabras. “Gracias por darme la vida. Y la casa”. Mientras los restos de Tracy aún flotan en el aire, Emmet elabora una reflexión respecto a su madre, ahora es comida para peces, y al contenedor plástico de la funeraria que sí va a durar para siempre.

La llegada a la casa materna, ahora propiedad de Emmet, se convierte en un elemento desestabilizante para la pareja. La extrañeza que genera en el hijo verse nuevamente en el hogar del cual fue expulsado a muy temprana edad impacta en el vínculo de los personajes. Mientras él se vuelve más evasivo, Annya intenta por diferentes medios descubrir la verdad de su trauma y así poder ayudarlo. Las intenciones de vender la casa están puestas en función de comenzar una familia juntos y de tener un hijo, tarea que vienen poniendo en práctica sin resultados positivos. Recorrer el hogar se vuelve un proceso donde todo aquello que Emmet ocultó se pone lentamente en evidencia.

Desde los primeros minutos Vannicelli se encarga de ubicarnos en una posición de incomodidad dada por el complejo vínculo entre madre e hijo. Emmet no sabe nada de la vida de su madre ni de sus últimos días porque, de muy chico, lo abandonó. Volver a la casa de la infancia es para él llegar a un lugar desconocido, del que solo recuerda las sábanas deportivas de su pequeña cama. Para el espectador la situación es similar. Desconocemos absolutamente las razones, la frialdad del vínculo, el trauma con el que Emmet carga a diario. Es por ese motivo que se nos exige atención y paciencia, lo que sea que Vannicelli busca revelar en el desarrollo del film no se dará de manera abrupta sino que irá desentramándose lentamente conforme la relación entre Anya y Emmet se torne más extraña.

A la falta de información respecto al pasado de Emmet lo contrarresta el exceso de información respecto al vínculo de la pareja. Sabemos que intentan ser padres y que a Anya le preocupa que él sea incapaz de ejercer su rol. Cuando las cosas entre los dos se complican implementan una dinámica en la que se sientan enfrentados y se hacen preguntas, las cuales deberán responder por sí mismos y por el otro. Este ejercicio, a modo de terapia, favorece que Emmet pueda expresar sus inseguridades, pero también vuelve ríspida la relación por el modo en que Anya describe cuáles son los conflictos que él siente. ¿No has pensado que un poco de represión puede ser algo bueno?, sugiere Emmet ante la insistencia de su prometida. Al final de la película ellos y nosotros responderemos con un sí rotundo.

Luego de una toma de hongos alucinógenos que se sale de control, Anya comienza a comportarse como Tracy al punto de que abandona por completo su personalidad real para absorber la de ella, aún desconociéndola. Su forma de vestir, sus hábitos, el modo de hablar, las frases que emplea para referirse a Emmet la convertirán en otra persona, en esa madre que ya no está. Sin embargo, la modificación más profunda se dará sobre el propio cuerpo de Anya. Su miedo irracional de la infancia a nadar desaparecerá, cediendo al placer que Tracy sentía al estar en el agua. Esto será lo que desate todas las dudas en Emmet y lo que nos obligará a preguntarnos si todo este proceso es producto de un acontecimiento sobrenatural o una terapia de choque ideada por Anya para liberar a Emmet de su trauma infantil. Los sueños que perturban a los personajes, esa actividad psíquica que logra escapar a la represión, se le presentan al espectador reforzando la ambigüedad de la realidad en la que viven los personajes. No podemos determinar si aquello que vemos es parte del mundo de los sueños o del plano sobrenatural.

Cuando el conflicto por su comportamiento se revela, el foco se posa en Emmet que, sorprendido y asustado por lo que ocurre, decide comenzar a vincularse con esa madre que lo abandonó a través del cuerpo de su futura esposa, buscando comprender las razones del desprecio y el abandono. Para que esto ocurra es necesario que como espectadores aceptemos el pacto de irrealidad en lo que refiere a la posible posesión de Anya por el fantasma de la madre. Esto implica no forzar el desarrollo de los acontecimientos exigiéndole a la película que nos explique el cómo y el porqué de esta aparición.

Toda la tensión y el desarrollo de los acontecimientos del film se apoya en los diálogos, en lo que logran revelar y ocultar en cada una de sus interacciones. Si bien lo que se busca conocer es por qué Emmet fue abandonado, el proceso de búsqueda de la verdad pondrá en evidencia problemáticas más profundas, asociadas a la maternidad y a la necesidad de trascendencia. Esto hace que el guion sea uno de los aspectos más interesantes de la película porque en él se elaboran todos los elementos que nos permiten comprender el impacto del trauma y las sutilezas del lenguaje que los personajes emplean tanto para mostrarse vulnerables como para atacar al otro cuando sienten dolor. La palabra siempre oculta una agresión sutil porque la sinceridad termina siendo violenta.

El componente psicoanalítico será central. No podremos en ningún momento escapar de la ambigüedad que Vannicelli propone al utilizar el mismo cuerpo para la madre y para la esposa. Esto hace que la tensión, también sexual, se vuelva incómoda porque está revestida por un inevitable carácter incestuoso. Será necesario que adoptemos, como espectadores, un lugar similar al del psicoanalista, buscando los furcios y los vacíos que aparecen en el lenguaje. Si esperamos encontrarnos con una película de rápido desarrollo, con presencias fantasmales o con revelaciones determinantes terminaremos decepcionados. Lo que Mother, May I? propone es un recorrido lento por la psiquis de personajes perturbados, donde las respuestas nunca resultan claras y las preguntas se multiplican. En este juego, el lugar de la palabra y del cuerpo serán centrales para desentramar a los protagonistas.

La palabra es la herramienta desde la cual Anya y Emmet profundizan su vínculo. El juego que ponen en práctica cuando las cosas se salen de control les permitirá no sólo descubrir lo que le ocurre al otro sino la lectura que de ello hace su pareja. Si Anya es un personaje vinculado a la palabra, su labor de poeta lo ratifica, Tracy es un personaje del cuerpo. Su forma de expresión es el contacto físico y el movimiento, propios de su profesión de bailarina. No por nada una de las primeras presunciones que tenemos está asociada a la posible violencia física que ella ejercía sobre Emmett pequeño. La disyuntiva constante a la que Emmet se enfrenta es la de ser incapaz de vincularse, desde el cuerpo y la palabra, con su madre y con su esposa. En los dos casos, siempre faltará algo que le permita comprender la profundidad de la psicología femenina.

La película elabora el trauma desde el cuerpo de la mujer. Aquel capaz de dar amor, de dar vida o de quitarla. Los deseos y las necesidades de los personajes se ven interrumpidos por un cuerpo que siempre está en falta. Iremos descubriendo a lo largo del film que los cuerpos, lejos de ser un medio de unión, se presentan como aquello que impide el desarrollo pleno de los vínculos amorosos y románticos.

El fantasma del psicoanálisis se encarna en la relación madre e hijo. Tracy es el monstruo de la película, ocupando ese lugar desde la ausencia. El eco de Rebecca (1940) de Alfred Hitchcock resuena a lo largo de todo el film. Tracy es monstruosa porque su presencia, real o no, se vuelve aterradora disparando un sin fin de interrogantes. ¿Quién puede abandonar a un niño?. A esto intentarán dar respuesta Emmet y Anya aunque con objetivos diferentes. Uno, para poder salir del abuso. El otro, para poder pensar a futuro. La figura de la madre se vuelve ese monstruo gigante del ropero del que queremos saber más pero también del que nos gustaría saber menos.

La puesta en escena elaborada por Vannicelli refuerza el carácter ambivalente del vínculo entre los personajes. La historia se construye y se visualiza de forma parcial, por medio del uso recurrente de los planos detalle. Hay una intención concreta de elaborar y ofrecer al espectador una vista de la intimidad de los personajes por medio de los objetos que utilizan o que los rodean. De ahí, que el espacio de la casa como espacio contenedor se vuelve cómodo, pero, a la vez, amenazante. Desconocer los deseos y las intenciones de los personajes hace que todo pueda ser leído en su ambigüedad, como revelación de la verdad o como peligro.

La forma en que Mother, May I? elabora el horror no está en la presencia fantasmal de la madre o en la inclusión de esas secuencias cuyo origen no podemos determinar. Sino en lo siniestro de ver la manifestación de una madre ausente en el cuerpo de la esposa. ¿Cómo vincularse con un cuerpo conocido que da lugar a una presencia de la que no se sabe nada? El horror es lo cotidiano, el modo en que todo lo que Emmet cree conocer se desdibuja frente a sus ojos, y en la maternidad como fuente de trauma de las que lo fueron sin quererlo y de las que quieren serlo, pero no pueden. Ese trauma psicoanalítico y primigenio, cuya inscripción se da en el cuerpo femenino, es madre de todos los horrores universales.

Mother, May I? es un film que gravita en un mundo similar al que desarrolla You´ll never find me (2024) de Josiah Allen e Indianna Bell, donde el diálogo y la ambigüedad humana son la fuente del horror. Es imposible que, ante el modo en que la existencia se torna siniestra, no sintamos miedo por nosotros mismos.

El duelo de Emmet es el duelo de todos, el momento en que aparecen respuestas y las preguntas que antes nos formulamos cambian. En este sentido, Roland Barthes describió en su libro Diarios del duelo lo que sintió ante la muerte de su madre. “Los deseos que yo tenía antes de su muerte ahora ya no pueden cumplirse, pues ello significaría que es su muerte la que me permite cumplirlos, que su muerte podría ser en un sentido liberadora respecto de mis deseos. Pero su muerte, me ha cambiado, ya no deseo lo que deseaba. Hay que esperar, suponiendo que esto se produzca, que un nuevo deseo se forme, un deseo después de su muerte”.

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