En la primera parte de este artículo contamos cómo el atentado a las Torres Gemelas marcó un cambio de época en el mundo y, con ello, en el cine. La comedia, desde ya, no fue la excepción, y de esa coyuntura surgió por enésima vez el debate de cuánto tiempo debe pasar para reírse de una situación trágica. Repasamos la presencia del entonces alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, en Saturday Night Live y qué ocurrió a partir de 2003, cuando la guerra contra el terrorismo se tradujo en una (otra) invasión a Irak. Llegaba la hora de meterse con Bush.
La relación de los Bush con Saturday Night Live venía de larga data. En diciembre de 1992, un mes antes de su salida de la Presidencia, George Bush padre invitó a la Casa Blanca a Dana Carvey, el actor lo había imitado durante todo el mandato ridiculizando sus muletillas y su carácter de patriarca texano. Cuenta la historia que hasta el propio Bush se reía mientras veía en vivo y en directo a su doble en acción. Era una parodia y no una sátira, una imitación de Trencito de la alegría con poco gramaje más allá del efecto mimético: chistes que no decían nada.
Con George W. Bush pasó lo mismo. Hasta 2000, Will Ferrell lo retrató como un político que hablaba de “estrategira” en lugar de estrategia, alguien capaz de jugar con una bola de lana en plena reunión de asesores. Era, como su padre, un tonto agradable. Y una imitación agradable, en términos políticos, vale oro. Bush Hijo lo comprobó poco antes de las elecciones de 2000, cuando apareció en Saturday Night Live burlándose de sí mismo.

Ferrell siguió con sus imitaciones después de abandonar el programa en 2002. Sus ocasionales apariciones siguieron mostrando a un Bush tonto, pero ahora era un tonto peligroso, con capacidad para barrer el mundo entero de un ataque nuclear. Y que mentía descaradamente. El ánimo social mutó a un desencanto del que Tina Fey se hizo cargo cuando en una emisión de diciembre de 2003 pidió: “Debemos recompensar a los valientes empresarios y empresarias estadounidenses que combatieron tan arduamente para liberar a Irak del mal. No olvidemos nunca a los ejecutivos de Halliburton que tomaron Bagdad por asalto... o al indomable ejecutivo de Nextel que se arrojó para cubrir con su cuerpo una granada”. Pero el respaldo electoral a Bush se mantuvo, y en noviembre de 2004 confirmó en las urnas un segundo mandato como presidente. Era un contexto políticamente cargado ideal para que la Nueva Comedia Americana mostrara sus dientes.
Mostrar los dientes
Team América, Policía Mundial fue un botellón de kerosene encendido por la coyuntura. Se trata de una historia protagonizada por marionetas con centro en un comando militar de élite (el Team América del título) entrenado para combatir al terrorismo a como dé lugar. No importa que haya que destruir París, El Cairo o el Monte Rushmore, no importa cargarse civiles inocentes, siempre y cuando al final del día hayan conseguido un triunfo en la lucha por la paz mundial. A este grupo se une un actor que protagoniza un musical sobre jóvenes con sida en Broadway.
El momento estelar de esta obra es el número “Everyone has aids!” (“¡Todos tienen sida!”). El cine históricamente usó el sida –siempre nombrándolo lo menos posible, como si fuera mala palabra o, peor aún, un tabú- en dramas, con respeto y pulcritud, y acá se lo toma con un grado de sorna y desprejuicio pocas veces visto. Pero hay más, porque Team América se ríe del patrioterismo grotesco, del puritanismo cultural y del star-system sometiendo al grupo a enfrentarse con el ominoso Presidente de Corea del Norte Kim Jong Il.
Nadie debería haberse sorprendido por los dardos al núcleo de la identidad norteamericana disparados por Team América, pues sus directores, Trey Parker y Matt Stone, veían riéndose con estruendo de la “americanidad” desde hacía un buen rato. Son los responsables de South Park, uno de las programas más subversivos, críticos y políticamente incorrectos de la televisión norteamericana. Los protagonistas son cuatro chicos de geometrías redondas, creados con trazos gruesos y desprolijos. Nadie camina ni mueve las piernas, sino que se desplazan de a saltitos bruscos, en una distancia absoluta de la búsqueda de realismo a la que tiende la animación.
Son dibujos “feos”. Lo inteligente es hacer de esa fealdad un elemento que refleja una visión del mundo. En South Park no hay belleza porque afuera de la pantalla tampoco, y Parker y Stone inscriben la acción en un pueblito en un lugar concreto y “real” como el estado de Colorado porque, como en Team America, quieren señalar de qué van a hablar y a qué o quiénes se van a cargar. La lista es enorme, pero involucra principalmente a todos los pilares sobre los que se construye la idea de “América” como encargada de salvaguardar la ética, la moral y los valores del “mundo libre”, desde los mitos fundacionales blancos y protestantes hasta los productos de entretenimiento (el Tom y Daly de aquí es Terrence & Philip, dos pibes cuya única gracia es tirarse pedos), pero también la bajeza intelectual y de las instituciones que lo rigen.
Para que Parker-Stone piensen el lenguaje en función del contenido, primero tienen que haber analizado qué hay alrededor y qué de todo eso ameritaba ser devuelto a la pantalla con una forma levemente exagerada de lo real. Y pensar qué vemos, qué comemos, en quién o qué creemos, cómo nos entretenemos, con quién nos relacionamos o por qué hacemos lo que hacemos, es volverse sujeto político. South Park y Team América comparten esa conciencia incluso cuando no siempre hablen de política en términos partidarios. Sus creadores entienden que el cine debe, además de entretener, interpelar.

Las buenas películas, las que uno recuerda, las que se atesoran con cariño en un lugar selecto de la memoria, son aquellas que nos convierten en personas distintas después de verlas. La misión es aún más difícil en el caso de la comedia, pues debe interpelar sin olvidar la risa. Importa tanto la gracia de lo que dice, el chiste en sí, como la forma en que eso que se dice dialoga con el mundo: la gracia como elemento constitutivo de la inteligencia.
La barbarie americana
¿Cómo hacer reír diciendo cosas horribles? Borat: el segundo mejor reportero del glorioso país Kazajistán viaja a América (2006) fue el debut en la pantalla grande de uno de los personajes más famosos –los otros son un rapper blanco llamado Ali G y un notero de modas gay llamado Bruno, que también pasaron al cine– de Sacha Baron Cohen en la televisión británica. Borat es un periodista y presentador de un pueblo de Kazajistán que es lo más cercano al infierno en la Tierra, según se desprende de la primera escena. Allí guía un breve city tour en el que describe los hábitos y costumbres del lugar: chicos divirtiéndose con ametralladoras soviéticas, parejas entre primos y hermanos, violadores como vecinos y un particular juego llamado “la corrida del judío” en el que un muñeco cabezón, de nariz ganchuda y risos sobre las orejas sustituye a los toros de Pamplona.
Uno se ríe –y mucho– con todo eso. Semáforo rojo: ¿de qué nos reímos? Nos reímos de una mirada que elige posicionarse por “sobre” sus personajes, es decir, de una que expone la peor faceta, una que les suelta la mano para volverlos objeto de escarnio público. Nos reímos “de” los vecinos y no “con” los vecinos. Baron Cohen (también co-autor del guión) y el director Larry Charles (veterano de Seinfeld) fueron duramente criticados por pintar a Kazajistán como pobre, racista y salvaje.

Empezando por el gobierno de ese país, que no dudó en bloquear cualquier exhibición pública de la película. Se enojaron, y con razón, sin saber que el descrédito internacional sería la llave para abrir la puerta de la explotación turística. En 2012, el Ministro del Exterior, Yershan Kasychanov, reconoció que desde el estreno de Borat habían multiplicado por diez la cantidad de visados para extranjeros, generando un cuantioso volumen de ingresos. "Doy las gracias a Borat por atraer a los turistas a Kazajstán", dijo.
Volvamos a la película para irnos junto a ella a Estados Unidos, adonde Borat parte con la misión de aprender cómo es la vida en el “Primer Mundo”, cómo piensan los americanos, como se educan, cuál es el espacio que ocupan las mujeres dentro de esa sociedad, con qué se entretienen. Todo eso es, dijimos más arriba, volverse sujeto político. Borat entrevista a decenas de personas a lo largo de su recorrido de costa este a oeste, y después que su mirada retrógrada (“En una mujer busco que no se sea demasiado retrasada y que sepa manejar el arado”, Borat dixit), machista (“Es absurdo que las mujeres puedan votar y los caballos no”) y profundamente intolerante (“¿Qué arma me recomienda para matar judíos?") no es muy distinta a la de los peores exponentes de la Norteamérica de Bush.
No parece casual que los que peor salgan parados sean un vendedor de armas respondiendo que lo mejor para matar judíos es la nueve milímetros, un grupo de pentecostales y los espectadores de un rodeo en Texas, que no sólo celebran la arengas bélicas, misóginas y racistas de Borat, sino también que en Kazajistán se mate a los homosexuales. ¿De quién nos estamos riendo ahora? ¿De aquel retrato colorido y racista sobre un país pobre y tercermundista, o del muchísimo más cruel del “Primer Mundo”, que muestra una sociedad enferma por las armas, con la idea de supremacía blanca impregnada hasta los huesos, con el doble discurso y el extremismo religioso como nortes discursivos? Borat es incómoda por sus chistes salvajes, escatológicos, guarros, ordinarios y políticamente incorrectos, pero también porque muestra lo peor, lo más recalcitrante de una sociedad que se auto presume maravillosa.





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