Utopía oscura | The Omega Man (Boris Sagal, 1971) 

Septiembre de 2024. ¿Cómo hacer una lectura no profética de The Omega Man, la película de ciencia ficción que Walter Seltzer y Warner Bros estrenó a mediados de 1971? En la película, los efectos de una guerra bacteriológica entre China y la Unión Soviética ha resultado en un genocidio global. El aire se ha vuelto irrespirable y la gente, ahogada, muere en pocos segundos. Hay una vacuna, pero está en proceso de desarrollo y solo una persona llega a suministrársela a sí misma: Robert Neville (Charlton Heston), un científico de acción, que llega al futuro mediato (el presente de la película es el año 1975) inmune a la enfermedad, pero acosado por una secta oscurantista que busca condenarlo a muerte por practicar la ciencia.

Las similitudes epifánicas con la pandemia de covid y el empoderamiento de las derechas políticas más retrógradas alrededor del mundo con la situación que plantea The Omega Man son todavía sorprendentes. La llegada de la enfermedad desde Oriente, su acción sobre las vías respiratorias, el contagio rápido y masivo, la reacción de sectores sociales contra la ciencia y su retracción hacia creencias, pensamientos mágicos y esoterismos como refugio ante lo inentendible. ¿Cómo interpretar en ese marco la lucha de Neville contra su antagonistas, La Familia? ¿Por qué pelea cada uno? ¿Y quién tiene en verdad una idea de futuro para superar el desastre?

En la película de Sagal, Los Ángeles es una ciudad desierta y devastada. Neville la recorre sobre distintos autos abandonados, munido de un rifle de asalto. Vaga, buscando entretenerse y liquidar a cualquier cosa que se mueva. No parece un humanista, pero pronto Sagal introduce una escena que quedará resonando a lo largo de todo el film y que, con el tiempo, ha marcado una especie de bisagra para el cambio de década en le cine occidental. De paso por un cine, Neville se detiene en uno que aún anuncia Woodstock (Michael Wadleigh, 1970), el documental del festival de música que se realizó en 1969 y que fijó al arquetipo del hippismo en la cultura popular. Neville entra al cine, acciona el proyector y se pone a ver la película en la soledad de la sala. El rifle descansa junto a él. El protagonista mira embobado las escenas de hippismo explícito y hasta repite de memoria el testimonio de uno de los jóvenes idealistas que se embarraron los pies mientras soñaban con una sociedad de hermandad mundial y paz universal.

La ambigüedad de la imagen de Neville y su rifle viendo los restos del sueño hippie es la declaración política más fuerte de The Omega Man, aunque ni Sagal ni los productores lo supieran en ese momento: el trasvasamiento ideológico del hippisimo hacia un idealismo sectario y una libertad violenta no solo anticipan la creciente tensión social y el giro reaccionario de los '70 sino también la naturaleza violenta de comunidad que irán surgiendo durante las décadas siguientes, con un auge inesperado en el siglo XXI, el fallido siglo de la ilustración universal. En 1971 quizás todavía pareciera una imagen utópica, donde las buenas intenciones de la juventud que cuestionó el mundo que les era dado eran una bandera fresca a la que volver a izar. Poco tiempo más tarde sería un resumen del cataclismo.

Neville es un héroe difuso. Entra en la categoría de los defensores de la ilustración, porque al fin y al cabo es un científico que ha investigado y desarrollado una vacuna para la peste bacteriológica. Pero los sucesos lo sobrepasaron y ahora solo le queda sobrevivir en un entorno salvaje. A diferencia de otras historias distópicas, aquí lo que acecha son fantasmas del retroceso: ninguna dictadura tecnócrata, sino una secta oscurantista que se llama a sí misma La Familia y que recuerda a quienes asumen el poder en El cuento de la criada. Son un grupo de mutantes semi-ciegos que habitan la ciudad por la noche y que culpan de la hecatombe mundial al avance del conocimiento científico y la tecnología por sobre las prácticas y costumbres de la antigüedad. Ellos quieren a Neville para castigarlo y ofrecerlo en sacrificio, buscan un crimen ejemplificador que retroceda la civilización a su base comunal pre-tecnológica.

Paradójicamente, esto se toca con la añoranza de Neville en el cine mientras mira una vez más Woodstock: la idea de un regreso imposible a un pasado idealizado, un pasado que ofrece la falsa promesa del retorno a una vida natural, pastoral e incontaminada. Entonces, ¿dónde está la contradicción entre Neville y La Familia? La película lo resuelve como una oposición de ganancia cero, como la amenaza de la Guerra Nuclear que se vivía cuando se hizo la película: los objetivos de dominación son equivalentes, pero hace falta eliminar al contricante para volcar la balanza a favor, aunque eso no implique una victoria total. La victoria total es imposible porque al horizonte unívoco es la destrucción.

La aparición del personaje de Lisa (Rosalind Cash) busca interceder a favor de la postura de Neville. No solo a través del amor romántico entre ellos, sino como ella como vehículo para que el sueño higienista de Neville tenga una razón de ser. Al conocer al pequeño grupo de sobrevivientes del que Lisa forma parte, Neville se entera de que su soledad no es absoluta y que vale la pena intentar replicar la vacuna que lo hizo inmune para que una nueva generación de humanos emerga. Al final de la película, ese objetivo quedará a medio cumplir y, como en la amenaza nuclear de la Guerra Fría, no habrá ganadores. Lo que parece mantener el equilibrio es el antagonismo, la tensión entre los polos del desarrollo y la ilustración versus el sectarismo reaccionario.

Es interesante que a The Omega Man siguió Soylent Green (Richard Felischer, 1973), otra producción de Seltzer con protagónico de Charlton Heston, donde el apocalipsis ha sido provocado por la crisis climática. Allí, Heston interpreta a un detective privado que vive en las mismas condiciones que Neville: atrapado en su casa, sobreviviendo con los restos de la sociedad que ha muerto. Es alguien más cínico que violento, pero también menos idealista. Para entonces, las imágenes de Woodstock son iconos vintage.

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