
El otro día, en el cine, antes del inicio de Beetlejuice Beetlejuice (2024), durante los tráilers, particularmente durante el de Joker: Folie à Deux (o sea, Guasón 2), escuché a un joven, sentado en la fila de atrás, quejándose a viva voz: “Nah, ¿por qué tenían que hacer una secuela?”. Teniendo en cuenta que ese mismo espectador había pagado una entrada y que estaba a la espera del comienzo de una secuela tanto o más cuestionable que la de Todd Phillips, imagino que su indignación debió ser demasiado grande como para no percatarse de la ironía. Me pregunto si, al final de la función, su indignación habrá sido aún mayor.
Con el retorno de Tim Burton (¿estamos seguros de que sigue siendo él? ¿Alguien puede chequear? A esta altura ya estoy dispuesto a creer en teorías conspirativas como la de Avril Lavigne), el de varios miembros del elenco original y hasta el de la difunta The Geffen Film Company (lindo volver a cruzarse con el logo que antecedió a peliculones como After Hours (1985) y Joe's Apartment (1996), entre otros), la secuela de Beetlejuice (1988) no nos reúne con los protagonistas de su antecesora, “los Maitland” (Geena Davis y Alec Baldwin), sino con la familia que ocupó su casa en la colina, “los Deetz”. Dentro de estos, obviamente se halla Lydia Deetz (Winona Ryder, en su salsa), quién sigue siendo “extraña e inusual”, pero ya no joven. Su look no cambió mucho (como suele suceder en las continuaciones; no vaya a ser que los personajes, como las personas, cambien su peinado o vestuario con el correr de los años), y su capacidad para ver fantasmas tampoco. De hecho, ahora vive de ello, como la conductora de uno de esos reality shows sobrenaturales que nadie con dos dedos de frente es capaz de creer. La acompañan: su novio y manager, Rory (Justin Theroux), un personaje tan transparente que con sólo describirlo ya adivinarían sus intenciones y destino al final del film; su estridente madre Delia (Catherine O'Hara, todavía sacándole jugo al personaje), que sigue haciendo de las suyas en el mundo del arte, pero ya sin su marido Charles (Jeffrey Jones, más sobre él en breve); y por último, Astrid (Jenna “Merlina” Ortega), su hija adolescente y probablemente la decisión de casting más obvia y perezosa del film.

¿Y el personaje del título? ¡Pero por supuesto que está Michael Keaton! ¿Cómo iba a faltar? Si su carrera actual depende casi exclusivamente de la resurrección de los personajes que encarnó en los ochenta (Batman, listo; Beetlejuice, listo; próxima parada: ¿Johnny Dangerously?). No obstante, cabe aclarar que, si bien el film trae de regreso al bioexorcista más famoso, lo hace habiéndolo depurado de sus asperezas (léase, todo rasgo “cancelable”, como su toqueteo excesivo, grotesca perversión y agarre de genitales con efecto de sonido incluido) y dotándolo de una dosis extra de autoconciencia que se percibe más como un mal de época (la ruptura injustificada de la cuarta pared se está volviendo moneda corriente entre las comedias) que como algo que nace naturalmente del guión (para mi nula sorpresa, sus responsables, Alfred Gough y Miles Millar, escribieron la citada Merlina). Y hablando de elementos que parecen incluidos a la fuerza, no me olvidé de los personajes de Willem Dafoe y Mónica Bellucci, y sus respectivas líneas narrativas: a pesar del innegable carisma del primero y de la inoxidable belleza de la segunda, su presencia en el relato está menos justificada que el cheque a Danny Elfman (empieza el film y nos emocionamos al escuchar las primeras notas de una de sus mejores composiciones, para luego extrañarlas durante los cien minutos restantes).
Volviendo a los Maitland, la joven pareja de recién casados y fallecidos era el pilar sobre el que yacía el clásico de 1988. ¿Cómo lograron ausentarse de la secuela? “Por un vacío legal” dice un personaje, y otro responde “Qué conveniente”. Así de fácil. Listo. A otra cosa, mariposa. Ahora, ¿cómo “ausentaron” los realizadores a Charles Deetz o, mejor dicho, a su infame intérprete Jeffrey Jones? Bueno, para empezar, lo trajeron de regreso mediante una secuencia animada absolutamente inconexa con el resto de la película, luego con su fotografía y una pintura, y finalmente en carne y hueso, aunque sin cabeza, deambulando de locación en locación y funcionando como puente entre subtramas. Ah, o sea que está bastante presente entonces, ¿no? Sí, al punto tal de que no se entiende por qué, en lugar de simplemente tacharlo de la call sheet, los realizadores se esmeraron en que viéramos sus esfuerzos por no mostrar a Jones: señalando su ausencia, terminaron volviéndolo aún más presente. Una decisión llamativa y por lo menos contradictoria, aunque no tanto como la de resucitar al superfantasma transgresor y censurar sus “malas palabras” con un “beep” en el clímax.
Otra notoria contradicción de esta película embalsamada es que los pocos momentos en que cobra vida es, justamente, cuando no intenta reciclar a su antecesora. Me refiero sobre todo a sus dos números musicales originales: el que tiene a la Bellucci uniendo sus partes al ritmo de “Tragedy”, de los Bee Gees, y todas las menciones y apariciones del “Soul Train”, sin dudas el mejor chiste de un film tan gracioso como un velorio. Con respecto a la secuencia de "MacArthur Park”, su intención de ser “la nueva Day-O” es evidente, pero, como dirían los norteamericanos y para seguir con los chistes fúnebres, esta secuencia llega “dead on arrival”: extensa, falta de gracia y malograda (ni por un momento nos creemos que los personajes están siendo poseídos y obligados a cantarla), se ubica a años luz de su inspiración, una secuencia tan hipnótica como maravillosa, tan inesperada como original, que nos tomaba por sorpresa con la risible discordancia entre la voz de O’Hara y la de Harry Belafonte, y que nos deleitaba con los movimientos espásticos de ¡Dick Cavett! y compañía, para infundirle aún más vida a un film que ya de por sí exudaba vitalidad, creatividad y pasión. Aquí, en cambio, todo es predecible, hasta el “giro sorpresa” que involucra al joven que le gusta a Astrid (“eso ya se ha visto”, dice Shyamalan desde la ventana de una limusina). Y dejando de lado los esfuerzos de Keaton y Ryder, los simpáticos homenajes a Mario Bava y el valorable retorno de Burton a los efectos prácticos y a los animatronics (luego de unos cuántos vómitos digitales para Disney), la realidad es que Beetlejuice Beetlejuice funciona un poco a la manera del personaje de la Bellucci: se alimenta succionando la esencia de su antecesora, pero después no hace mucho más. Ni siquiera se molesta en darnos algo a lo que aferrarnos emocionalmente (¿cuál es el corazón de su historia? ¿La anémica relación madre-hija? ¿El trauma paterno de Ortega, con su rostro de piedra, actitud repelente y nulo encanto?). Para colmo, el guión no para de abrir líneas narrativas que luego clausura de un momento a otro, sin construcción alguna, simplemente bajando una palanca o abriendo una compuerta en el piso. En efecto, sus respectivas conclusiones resultan tan emocionantes como la sala de espera del Más Allá.

Hace poco, en un texto sobre Beverly Hills Cop 3, hablé acerca de las secuelas que no fueron, de las heterogéneas versiones del guión de aquel film que eran, por lo menos en el papel, mucho más atractivas que el producto final entregado por Landis. Similarmente, viendo Beetlejuice Beetlejuice no puedo evitar recordar la continuación hawaiana en la que Burton pretendía mezclar la estética del expresionismo alemán con el escenario surfer de una beach movie, pero que nunca ocurrió gracias a que tanto él como Keaton se abocaron al rodaje de Batman regresa (1992). Esa sí que era una Sra. Secuela, y una gran respuesta a la pregunta del muchacho de la fila de atrás.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.