En Argentina es muy difícil hacer comedia en cine. Hablo de comedia de la buena, reidera, graciosa, efectiva, tal vez un poco tonta, pero divertida, con aire popular. Como esta, Las hermanas fantásticas (Idem), de Fabiana Tiscornia. Y es difícil hacer comedia porque efectivamente es difícil hacer reír, encontrar el tono adecuado donde una idea se vuelve graciosa y convoca a la risa. No es fácil y varios han caído en el intento. Y tampoco es sencillo hacer comedia, porque todavía no hay una conexión cerrada entre el público que consume comedia cinematográfica popular y las propias películas: es como que el público mayoritario exigiera un tono un poco avejentado y las comedias siempre terminaran en una vertiente de comedia romántica para cuarentones, con problemas de pareja, con comentarios sexistas y una reconfirmación final de las instituciones. Sí, piensen en una comedia de Adrián Suar, cualquiera, la que sea, y acertarán. Bueno, ese es un poco el tono de la comedia cinematográfica que tiene cierto éxito en el cine argentino. Pero hay una tercera vertiente, menos apreciada, que es un poco la de los pisa brotes de la comedia cinematográfica argentina. Es decir, gente que ante un intento de comedia efectivo, aunque no brillante, busque la quinta pata al gato y señale que no estamos ante la nueva obra de humor revolucionario y rupturista. La verdad que desconocemos a esta altura en la que todo ya fue hecho y rehecho, cuál sería una obra revolucionaria o rupturista, pero sobre Las hermanas fantásticas se han dicho cosas así como que no inventa la pólvora. Y si bien es cierto que no inventa la pólvora, sí se vale de los fuegos artificiales de una comediante explosiva como Sofía Morandi, un talento atomizado para el género, una actriz nacida para los diálogos veloces y la neurosis indispensable que requiere la comedia. Y claro que Las hermanas fantásticas no es una de Jacques Tati ni de Jerry Lewis, ni tampoco se preocupa demasiado en serlo, pero es una comedia con su toque de rareza, con una promesa de rompan todo que nunca llega (y esa es la gracia) y con bastantes chistes buenos como para que sus poco más de 80 minutos se pasen realmente volando.
Las hermanas fantásticas cuenta una historia, como dice el título, de hermanas, pero más que de hermanas, de amistad. Porque eso es lo que terminan construyendo las protagonistas desde la pérdida, un vínculo de amistad. Jésica (Morandi) y Angela (Leticia Siciliani) son dos chicas de clase media, con trabajos de clase media, que viven en casas de clase media, que de un día para el otro se encuentran ante la posibilidad de cambiar sus vidas luego de que les avisan que su padre ha muerto: ellas en verdad no se conocen, o se conocen pero una ha querido ignorar a la otra siempre, ni tampoco conocieron mucho a ese hombre, del que se sabe que tiene vínculos con la política y con los gremios, y que es definido por su secretaria como “un facilitador”… y mejor no preguntar. El dibujo que hace del peronismo territorial del Gran Buenos Aires (y sepa disculpar el lector desconocedor de la política argentina, pero es un detalle importante en la película) es ajustadísimo y divertido, sin necesitar de la verborragia mal intencionada de las series y películas de Mariano Cohn y Gastón Duprat. Hay un contexto de país que se filtra por televisores y radios que habitan los mismos espacios que las protagonistas, donde se da cuenta de los negocios non sanctos donde estaría involucrado este buen hombre, pero estas chicas parecen vivir en un mundo propio donde los riesgos son siempre burlados con un pase de comedia: y pueden hacer lo que quieran con los tres millones de euros que encuentran escondidos en una pared porque básicamente nada malo puede pasarles. Por ejemplo, hacia el final hay una secuencia muy divertida en una comisaría, donde las protagonistas zafan por enésima vez gracias al poco profesionalismo de los agentes. Porque Las hermanas fantásticas tiene sí una superficie de comedia indie y por momentos piensa a estas chicas desde esa sensibilidad un poco afectada, pero nunca deja de pensarse como una comedia directa, juvenil, un poco despareja, pero imprevisible. El remate de la subtrama criminal es una demostración de cómo la película de Tiscornia toma atajos y desvíos que son siempre graciosos, sin preocuparse demasiado en las expectativas del espectador.

Tiscornia ya había hecho algo parecido como codirectora junto a Valeria Bertuccelli en La reina del miedo (Idem), una comedia que transitaba terrenos crípticos y a la vez más abiertos, en un humor que iba de lo autorreferencial a lo intelectual, auscultando el mundo de los artistas, y al más llano humor físico. Obviamente allí se valía de la mejor comediante neurótica del cine argentino, Bertuccelli. Aquí hace un poco lo mismo con los personajes prototípicos que construye para Morandi y Sicicliani, especialmente la primera. A Morandi la descubrí en la serie Porno y helado (Idem), la genial comedia en la que protagoniza junto a Martín Piroyansky e Ignacio Saralegui, tal vez la mejor comedia sobre la amistad que se ha hecho en Argentina. Allí Morandi rompía la dinámica de los protagonistas, con un personaje que era como una versión femenina de las criaturas mentirosas, reptiles y oportunistas que ha interpretado Danny DeVito a lo largo de su carrera. En Las hermanas fantásticas la actriz interpreta a la hija desconfiada, la que no tiene ningún sentimiento positivo para con ese hombre que acaba de morir y sólo le interesa heredar una fortuna. Son precisamente sus decisiones las que modifican la trama y las que involucran a su hermana. Y Morandi irrumpe nuevamente con una energía inusitada para la comedia cinematográfica argentina contemporánea, con una capacidad envidiable para volver cómica una situación en apenas una milésima de segundo: tiene el repentismo de las comediantes clásicas, pero a la vez modos que tienen que ver con el humor actual. Entiende los tiempos del chiste, incluso cuando pensamos en universos absurdos donde los tiempos se vuelven más flexibles y los chistes reverberan de otra forma.

Como decíamos, Las hermanas fantásticas tiene elementos de las comedias indie, pero es fundamentalmente una comedia clásica, en la senda de las historias de amistad donde los vínculos se definen en un tiempo acotado, posiblemente en una noche, subgénero en el que brilla obviamente la comedia norteamericana. Ejemplos de ese tipo películas hay varios, pero el más reciente y significativo (bueno, en verdad se estrenó hace 17 años) es sin dudas la Supercool (Superbad) de Gregg Mottola, aquella gran película en la que aprendimos a querer a Jonah Hill, Michael Cera, Christopher Mintz-Plasse y ¡Emma Stone! (a propósito: ¿cuándo se aburrirá Emma de Yorgos Lanthimos y volverá al terreno del que nunca se debería haber ido?). En fin, que a Angela y Jésica en verdad les lleva más días definir su relación, pero el segmento más relevante de la película transcurre en una noche. Y volvemos a Supercool para señalar que hay una graciosa coincidencia entre ambas comedias que demuestran cómo se pierden cosas en las traducciones. Como dijimos, Supercool en verdad se llamó Superbad, que básicamente quiere decir algo totalmente opuesto al título que le pusieron por acá. Lo mismo pasa con Las hermanas fantásticas, pero al revés, con el título que le pusieron en EE.UU.: (Un)lucky Sisters. No son fantásticas, sino desafortunadas, algo que se absolutamente falso si pensamos en las maneras en que las protagonistas zafan una y otra vez. Sí, son fantásticas.



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