La Pantalla encalada de Parupano 

La pantalla encalada de Parupano

(Texto: Douglas López Gutiérrez)

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Al amparo de la luna y de las estrellas, una de las pocas distracciones populares en nuestros días de infancia, se movía en torno a las películas que se proyectaban en el viejo “Cine Parupano” de don Luis Sánchez, donde la magia de las imágenes se movía en blanco y negro o technicolor.

En Aguada Grande, un pueblo del estado Lara en Venezuela, donde el tiempo parecía haberse detenido, existía un lugar mágico: el cine Parupano. No era un cine cualquiera, era una vieja casona, cuyo patio trasero había sido habilitado para proyectar sobre una inmensa pared blanca encalada las películas más exóticas y maravillosas que el mundo pudiera ofrecer.

Allí en esa pantalla mágica, bajo un cielo tachonado de estrellas, la luz parpadeante del proyector y la suave brisa nocturna, los habitantes de Aguada Grande viajaban a lejanos países, vivían aventuras increíbles y se enamoraban de las estrellas de cine que parecían más reales que la vida misma. Las aventuras de vaqueros norteamericanos galopaban por praderas infinitas, con sus paisajes desérticos y sus duelos a muerte, que resonaban con la aridez de la tierra larense. Se proyectaban películas de la época dorada del cine mexicano, con sus melodramas desgarradores y sus héroes de sombrero ancho, los héroes chinos ejecutaban acrobacias imposibles y las divas europeas deslumbraban con sus vestidos de gala. Los amores más apasionados, las aventuras más increíbles, todo cobraba vida en ese lienzo blanco.

En las noches de función, el pueblo entero se reunía. Los ojos curiosos de niños, jóvenes y adultos, se maravillaban y hacían destino común con las imágenes que cobraban vida en aquella pared encalada, sobre la que se proyectaban los rostros y las voces de Tarzán, El Santo, Blue Demon, Red Ryder, John Wayne, Sandokán, Bruce Lee, Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, Antonio Aguilar o Vicente Fernández; nos deleitábamos con la belleza de Tere Velásquez, Hilda Aguirre, Susana Dosamantes, la dulzura de Sara García y Libertad Lamarque; la sensualidad de Sara Montiel y Yolanda Montes “La Tongolele”. Aquella vieja casona, con sus inmensos escalones en la entrada, era el camino para llegar hasta ese reluciente universo de héroes, villanos, cómicos, galanes y guerreros, era el paraíso de una aventura sin fin. Los jóvenes, tomados de la mano, susurraban secretos al oído mientras los protagonistas de la película se besaban apasionadamente. Los adultos, cansados del trabajo del día, encontraban en esas historias un refugio, un escape a la realidad. Era un escape de la rutina, un refugio donde soñar y olvidar, aunque fuera por unas horas.

La primera vez que vi una película en el cine Parupano, mis ojos quedaron clavados en aquella pantalla, en aquella inmensa pared blanca, mis ojos parecían dos tachuelas. Allí me di cuenta que el mundo era un poco más grande de lo que yo pensaba.

Allí aparecían y desaparecían en una accidentada historia, luchas, fugas, disparos, inmensos trenes que atravesaban la pantalla; pueblos de madera y vastas ciudades de piedra. Todo estaba tejido en una secuencia y todo se resolvía al final. Ciudades como nunca habíamos visto. Inmensos edificios grises acribillados de ventanas, calles inundadas de muchedumbre, gentes vestidas como para un baile de gala, que nunca comenzaba ni acababa.

Gente a caballo y a pie, con botas estrechas, pantalones de montar, dos pistolas a la cintura, una camisa abierta, un sombrero ancho de alas pegadas, en calles entierradas con casas de madera. Aquellos hombres malos de la frontera, contrabandistas, asaltantes, ladrones de ganado, llegaban disparando tiros por las calles de un pueblo del oeste americano. Había aquellos quitrines, aquellos carromatos cubiertos, aquellos salones con muchas mesas, un largo mostrador y mujeres vestidas como bailarinas. Aquel era un mundo muy distinto al que conocíamos. Todos nos quedábamos callados y quietos en la penumbra. Todos mirando la pantalla.

Un jinete pasaba al galope montando un enorme caballo cuarto de milla, arrebataba con un brazo a la bella muchacha que lo aguardaba en el porche de una casa de madera. Con un rápido movimiento la colocaba sobre sus piernas y seguía la carrera. ¡Que bárbaro! Eso no se podía hacer, pero era divertido. Salían a perseguirlo tropeles de jinetes armados, que le disparaban gran cantidad de tiros. El jinete fugitivo se volvía a ratos para responder. Cada disparo suyo tumbaba a un perseguidor, pero a él no le pegaban ninguno, como si tuviera pacto con el diablo. La carrera se prolongaba, saltaba cercas y arroyos, pasaba ríos, se metía entre malezas. Nada lo detenía, hasta que los perseguidores lo perdían de vista. Entonces ponía el caballo a trote, él y la muchacha comenzaban una escena de amor como si estuvieran solos dentro de una casa.

También aparecían aquellos palacios, aquellos salones profundos y cavernosos, en donde vivían los hombres y mujeres, ricos y poderosos de aquellas otras tierras. Todo parecía tan distinto, los trajes, las maneras, aquellas mesas recargadas de cristales como una joyería, aquellos uniformes de domador de fieras. Y los reyes. Todos veíamos con ojos ávidos todo aquel mundo inusitado. A veces paseaba la mirada en la penumbra sobre las cabezas de los espectadores que estaban viendo lo mismo y a veces pensando lo mismo.

A veces veíamos películas de guerra. Aquellas guerras de millares y millares de hombres, forrados de trapos largos, cubiertos de cascos, no se le veía sino los ojos. Metidos en zanjas, en cuevas, en túneles. Los cañones eran grandes, en cada disparo retrocedían como un tren de carga. De pronto salían los hombres de las trincheras y avanzaban cortos trechos antes de echarse de barriga en el suelo. Los vivos y los muertos. Y luego se veían las ciudades bombardeadas, casas sin techos, paredes desnudas, torres mochas, montones de piedras y gente que veía los estragos como si hubiera ocurrido un terremoto.

La película “Drácula”, me produjo un absoluto y perfecto temor. Vi que desde el fondo de la pantalla el mal avanzaba hacia las mujeres, sus víctimas, y que el mal avanzaba hacía mí. Fue mi primer miedo. Cuando terminó la película salí despavorido hacia mi casa, desde esa vez, jamás quise ir solo al cine. Soñaba con Drácula, al ver los murciélagos me causaban horror, muchas veces no me dejaban dormir, eran sinónimo de maldad.

Sin embargo, como todas las cosas bellas, el cine Parupano tuvo que cerrar sus puertas. La llegada al pueblo de la televisión y de los videos caseros con sus imágenes a color y sus programas de todo el mundo, marcó el principio del fin. Los jóvenes ya no se sentían atraídos por la pantalla encalada y preferían quedarse en sus casas a ver programas y películas en la comodidad de sus sofás. Las viejas películas fueron reemplazadas por programas y telenovelas. La pantalla encalada, que alguna vez fue el centro de todas las miradas, se volvió gris y olvidada, las butacas se pudrieron y la vieja casona quedó en ruinas. Pero el recuerdo del cine Parupano perdura en el corazón de los habitantes de Aguada Grande. Y en las noches estrelladas, cuando el viento sopla suave, algunos juran escuchar el eco de las risas y los aplausos de aquellos tiempos.

Aunque ya no soy un niño, todavía sueño con aquel cine. Sueño que todavía sigue allí en la calle Comercio de Aguada Grande. Sueño que Julián “La Perra” o Rogelio Pérez todavía operan el prehistórico proyector y aceptan con resignación nuestros gritos e insultos cada vez que se “revienta el rollo”. Sueño que el viejo bus Urdaneta llega con su bramido metálico, con los sacos de cocuiza, que guardan el tesoro de celuloide que “pasarán” esa semana. Sueño que por los ruidosos altoparlantes suena aquel viejo pasodobles, “El dos negro”, del Mariachi Guadalajara, que llamábamos “el torero”, y que anuncia que ya la película está por comenzar.

Sueño que don Monche Navea vende en su bodega “Acarigüita” la Pepsi-Cola con el “amasijo” o pan de doña María, frente al cine. Sueño que Chimoito de día pinta y arma los cartelones y de noche vende los tickets. Sueño que Chano Oropeza, Talao Camacaro o Mingo “El Peloncho”, son los porteros y siguen comportándose como el cancerbero implacable que nos impide pasar a ver las películas “censura”, como le decíamos a las películas subidas de tono. Sueño que Juan Pérez vende las canelitas, los chicles y caramelos, antes de que empiece la película. Sueño con aquellos bancos de cemento pulido que se mantienen como límite para separarlos de la zona techada con sillas de madera y respaldo de cuero de res, en la platea, bajo un chorro de luz azul que agita el polvo, que sale de aquel recinto donde se esconde el zumbido de abeja de la vieja máquina proyectora.

Sueño que “Chico” Catarí llega arrastrando su propia silla, esa misma, donde permaneció sentado todo el día, frente a su bodeguita. Sueño que Rafael “Pelán” Arráez no acata nuestras súplicas para que nos regale el “medio” que nos falta para completar el “real” del boleto o “entrada”. Sueño con María de Jesús “La Chua” Rodríguez, que llega con su tropel de acompañantes, caminando desde Las Playitas. Sueño que el pestilente baño de caballeros, de olores que nos cortaba la respiración, con un vago y pegadizo olor de suciedad, de orines rancios, sigue abierto a la vista de todos, al lado derecho de la pantalla; y el de damas al lado izquierdo, y que se sepa, ninguna llegó hasta allí para estrenarlo. Sueño que la pantalla conserva aún aquella mancha en forma de nube que molestaba en las películas blanco y negro. Sueño que Rigo Piña sale saltando y gritando desde la entrada hasta la calle, cual aquellos guerreros samurái de la película que acabábamos de ver. Sueño que al encenderse los bombillos termina la magia, la única magia de nuestra infancia, llena de mitos y huérfana de televisión. Sueño que adentro alguno de nuestros amigos fuma a escondidas y la brasa de un cigarrillo que se inflama, le ilumina pedazos de su cara.

Sueño con el cine Parupano, aunque sé que Santo y Blue Demon ya no combaten contra Frankenstein. Aunque ya Nioka no esté allí asediada por los peligrosos Tigermen porque se mudó a alguna parte con Rocky Lane o Red Ryder. Que ya no volverán aquellos charros mexicanos que se emborrachaban y que con sus vozarrones conquistaban a todas las féminas. Tampoco podrá Tarzán volver a Nueva York. Ya John Wayne no seguirá disparando en el viejo Oeste con su relumbroso revólver. Cantinflas, Resortes, Clavillazo, La India María, Viruta y Capulina ya no nos harán reír, también se fueron, y para siempre. Y Germán Valdés, Tin Tan, para los cuates, ya no nos hará reír o llorar en blanco y negro.

En fin, sueño con aquel viejo caserón, ícono físico de nuestra infancia y adolescencia, que sigue allí, eterno, inexpugnable en nuestra memoria y tan atiborrado de gente como la noche del estreno de “Como México no hay dos", de Vicente Fernández, un récord que ya quisieran para sí los de la película “Titanic”.

Antonio Aguilar, en Gabino Barrera, no fue declarado hijo ilustre del pueblo de puro milagro, porque el susodicho no había forma que se fuera del Cine. Recuerdo mi sufrimiento cuando me impidieron pasar a ver una película “XXX”, debido a que yo tenía 15 años y aquella película era “solo para mayores de 18”, no fue fácil regresar sólo a casa después de que el resto de los amigos, todos mayores que yo, cruzaron el umbral de la sala de proyecciones con muecas de burla, y risitas en sus rostros.

Recuerdo que cuando estrenaron “Santo y Blue Demon contra las momias de Guanajuato”, me costó llegar solo hasta mi casa por el temor que me infundían las imágenes de aquellas espeluznantes momias, sobre todo “Satán”, que medía más de dos metros, y que había sido derrotado por el abuelo del Santo hacia justo cien años, y regresaba para vengarse. Era una película fantasiosa, en donde los protagonistas eran luchadores “papiaos” para la época, o gorditos para la actual, pero volaban con sus piruetas y maromas. Esa noche me costó conciliar el sueño, pero el consuelo de saber que se trataba de una película terminó por llevarse aquel miedo insomne y momentáneo.

Allí la noche, recién salida, pasaba por encima de nosotros, limpia, llenándose poco a poco de estrellas, en un aire estridente. Afuera quedaban las calles vacías y apagadas.

Recuerdo que unos amigos me invitaron a treparme a un gran árbol de cují que estaba en una esquina, justo donde hoy está una panadería, para ver las películas “XXX”, pero ese día mi amigo Andy Sánchez y yo, descubrimos que esa mata tenía un jefe, sí, un hombre malhumorado que apodaban “Polo”, y era quien calificaba a sus amigos para trepar el árbol o no, y así poder ver las películas. Tuvimos que negociar y pagar entre los dos un real, para ubicarnos en una de las ramas más bajas, pero los tejados de las casas no nos dejaban divisar por completo las imágenes sexuales que se proyectaban a lo lejos; allí descubrimos que los que estaban ramas más arriba disfrutaban la película acompañados de una “paja” clandestina, cual aquel Onán bíblico, que producía una lluvia de la cual no quiero acordarme.

Y así, la pantalla encalada, que un día fue el centro de la vida social de un pueblo, se convirtió en una leyenda, un símbolo de una época dorada que nunca volverá. El recuerdo del cine Parupano perdura en el corazón de los habitantes de Aguada Grande. Y en las noches más claras, cuando el viento sopla entre las ramas de los árboles, algunos juran escuchar el sonido de una guitarra, el relincho de un caballo o la voz de una mujer cantando una canción de amor. La magia de aquel lugar sigue viva en el corazón de los habitantes de Aguada Grande, quienes nunca olvidan las noches en las que habían viajado a otros mundos, gracias a la pantalla mágica de Parupano. Y cada vez que alguien menciona el nombre de Parupano, los ojos se les llenan de nostalgia y sus corazones se llenan de recuerdos. Y así, el cine Parupano se convirtió en un recuerdo, en una leyenda que se transmitirá de generación en generación. Una leyenda que habla de un lugar donde el cine era más que una simple forma de entretenimiento, era una forma de vivir.

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