Cuando una película está a punto de comenzar, una serie de logotipos de lo más variopintos desfilan ante nuestros ojos – si no nos hemos levantado previamente a comprar palomitas – que en muchas ocasiones hacen referencia a las empresas y países que han unido fuerzas para sacar el proyecto adelante. Aunque la mayoría de los espectadores no se para a pensar en lo que eso supone, más allá de la aportación económica necesaria para acabar el film, las implicaciones de distintos agentes condicionan de manera irreversible el resultado final. Esto, sucede de manera todavía más radical cuando diferentes países con idiosincrasias de lo más particulares, deben colaborar unidos en lo que se llama una co-producción. Lejos de ser algo negativo, una coproducción es una colaboración que puede desencadenar un interesante diálogo entre las distintas partes, obteniendo un producto lleno de matices y diferentes puntos de vista.
Son muchos los ejemplos de coproducciones exitosas, aunque no vamos a detenernos en este artículos a hablar de ellos. En la mayoría de ocasiones, esto sucede cuando los paises involucrados tienen una herencia cultural cercana, aunque con las suficientes diferencias como para encontrar un punto común intermedio. En otras muchas ocasiones, la excesiva diferencia cultural, puede dar como resultado un pastiche de intenciones que dan como producto final una especie de “frankenstein cinematográfico” en el que todos los colaboradores quieran tener voz propia, resultando un conjunto altamente impersonal.
Sin duda, este es un tema fascinante que aunque parezca eminentemente extra cinematográfico, deja una profunda huella en la impresión que los espectadores obtienen de un film.
Ayer mismo, tuve la oportunidad de asistir en la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España a la proyección del film animado “Dragonkeeper”. La película, es una coproducción entre España y China, en lo que es una de las primeras colaboraciones entre estos dos países, al menos en el terreno animado. Además, el evento fue francamente interesante, ya que tras el visionado, uno de sus guionistas – Pablo Castrillo – pudo contarnos los entresijos de la preproducción del film, haciendo especial hincapié en la escritura del guión, así como la colaboración con los inversores asiáticos.

Para poner este artículo en contexto, “Dragonkeeper” es un proyecto que se remonta a casi 10 años atrás, cuando se decide adaptar la serie de novelas del mismo nombre, escritas por la novelista australiana Carole Wilkinson. En ellas, seguimos las aventuras de la pequeña Ping, una niña abandonada que pasa sus días como sirvienta, cuando descubre que es poseedora de un ancestral poder que la convertiría en una “Guardiana de dragones”. A lo largo de la película, asistiremos a la relación de Ping con Wan Chao – uno de los último dragones existentes – así como de la protección de una misteriosa y valiosa piedra de la que se quiere apoderar el malvado emperador y sus vástagos.
Sin duda, el material de partida es bastante rico, aunque el subtexto no deje de ser el clásico “viaje del héroe” presente en la mayoría de grandes relatos. Desde “Star wars” hasta “Harry Potter”, pasando por “The lord of the rings”, el concepto de anónimo héroe humilde que se enfrenta a su pasado para descubrir que es mucho más que un simple mortal, nos ha acompañado a lo largo de los siglos. Aunque es un esquema que nos sabemos de memoria, hay un componente primitivo que nos hace conectar de manera casi automática con este tipo de historia, siempre y cuando los responsables de la misma sepan renovarla – o disfrazarla – lo suficiente para que sepa como un alimento completamente fresco.

En este caso, la tarea era especialmente complicada, por lo que mencionaba en la introducción del artículo, y que – entre líneas – confirmó el propio guionista durante el coloquio.
Se perciben numerosas líneas argumentales en la película, fruto de intentar adaptar una amplia saga de libros en 90 minutos de duración. Como resultado, se percibe que el desarrollo de las tramas del film es algo tosco, y muchos elementos están resueltos de manera muy simple y superficial. Como el propio Castrillo comentó, se llegaron a tener más de 36 versiones del guión en la que trabajaron al menos 3 guionistas diferentes. Aunque en muchas ocasiones se parta de la idea de que cuantas más personas aporten su punto de vista en la elaboración de un guión, mejor, esto no siempre es cierto. Por mucho que dichos profesionales pretendan remar en la misma dirección, los agentes que colaboran son demasiados para que la película que tengan en la cabeza sea la misma.
De esta manera, “Dragonkeeper” se ve muy lastrada por el intento de los inversores chinos en realizar una película “para todos los públicos”, pero sobre todo por el hecho de creer que al priorizar al espectador infantil debe edulcorarse desde la narrativa hasta los diseños de los personajes. Y esto, es un error de base, al presuponer que todos los niños van a tener el mismo sentido del humor (básico) y la misma sensibilidad ante los acontecimientos mostrados en pantalla. Existe toda una gama de grises y matices que “Dragonkeeper” no se atreve ni si quiera a sugerir, y francamente es una auténtica lástima.
Tras una primera media hora llevadera, el film desencadena pronto en una serie de acontecimientos sin especial interés más allá de la percepción de que los responsables querían introducir todos los elementos posibles para contentar a todas las partes.
A la autora original.
A los inversores chinos.
A los inversores españoles.
A la audiencia infantil.
Y, con suerte, que los creativos inmiscuidos en el proyecto conservasen algo de voz propia.
Personalmente – y tras escuchar la brillante intervención de Castrillo que podéis ver por completo en este link: https://www.youtube.com/watch?v=RPu4Fmk5hHg ) - la sensación general no es la de una apuesta rebosante de creatividad e imaginación, sino más bien el hecho de que la producción ha sido una continua contención de daños.
Todas las decisiones, se quedan a medio gas, desde el apartado narrativo hasta el puramente estético y animado. Salvo en el caso de la pequeña protagonista, el resto de diseño de personajes es francamente torpe, así como el trabajo de superficies y texturas o la elaboración de los fondos. Únicamente cuando las secuencias se desarrollan por medio acuático, la producción parece brillar momentáneamente, intuyo que debido a la importancia de este elemento relacionada con los dragones en la cultura china. Además, el trabajo de iluminación pone continuas cortapisas a una evolución más atmosférica, sobre iluminando los aspectos lúgubres para despojarlos de cualquier atisbo de emoción negativa de cara al público infantil menos exigente.
En definitiva, “Dragonkeeper” es una película que bien pueden disfrutar los más pequeños de la casa, pero que no soporta el visionado del público adolescente, y mucho menos del adulto. Hay mayor irreverencia en el “Aladdin” de 1992 que en este film, y estamos hablando del año 2024.

Sin duda, aunque las co-producciones pueden ser un buen lugar de encuentro para que florezcan preciosos proyectos de carácter multicultural, no podemos esperar que esto suceda en el momento en el que intereses económicos que atentan profundamente contra la creatividad se adueñen por completo del proyecto. Y sí, está claro que algunas películas – como esta – jamás existirían sin el apoyo de todas las partes, pero habríamos de cuestionarnos si el continuo miedo a las pérdidas no están dando como resultado productos cada vez más superfluos y mecanizados.



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