Crítica en retrospectiva: La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, Isao Takahata, 1988) Spoilers

Después de perder a sus padres, los hermanos japoneses Seita (Tsutomu Tatsumi) y Setsuko (Ayano Shiraishi) deben aprender a sobrevivir a los bombardeos de los Aliados, el hambre, la enfermedad y la indolencia de las personas durante la Segunda Guerra Mundial.

La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, Isao Takahata, 1988) es una adaptación fiel de la célebre novela homónima de Akiyuki Nosaka, quien subsistió como huérfano en el duro Japón de la Segunda Guerra Mundial y plasmó sus vivencias, de una forma u otra, en esta y otra novela llamada Las algas americanas, por lo que se convirtió en uno de los escritores más importantes de la literatura nipona de posguerra.

La adaptación y dirección de La tumba de las luciérnagas estuvieron en manos de Isao Takahata, cofundador del famoso Studio Ghibli junto al productor Toshio Suzuki y su amigo Hayao Miyazaki, por quien fue un poco opacado, similar a Sergio Corbucci con Sergio Leone. Pero la reputación de Takahata va más allá de haber cofundado el antedicho estudio o sus vínculos con Miyazaki: fue un director excelente, minucioso, tremendamente humanista y con una filmografía formidable, por lo que se convirtió por derecho propio en uno de los realizadores más conocidos del cine animado japonés. En retrospectiva, además, La tumba de las luciérnagas continúa sobresaliendo como su mejor y más conmovedora película, así como la versión cinematográfica más popular de la novela de Nosaka.

El filme inicia por el final: Seita yace moribundo en una estación de tren; su voz, desde otro plano, nos cuenta que esa es la noche en que muere. Seita cae a un lado, pronuncia por última vez el nombre de su hermana, Setsuko, y muere por inanición. Acto seguido, en un giro confuso a priori, aparece vestido con uniforme, viendo su propio cadáver, y un poco más adelante a Setsuko con él. Pero esta historia no es sobre fantasmas ―aunque el protagonista y su hermanita parezcan ser unos ahora― sino sobre el recuerdo y la fatalidad. Por lo mismo, este principio es también una suerte de aviso para los espectadores de que no habrá salvación para ambos, así como millones de japoneses inocentes, incluyendo niños, no la tuvieron tampoco durante la Segunda Guerra Mundial.

En la vida real, el bombardeo masivo de Japón, por parte de los Estados Unidos, comenzó a finales de 1944, casi tres años después del ataque a Pearl Harbor. Según la historiadora Joanna Burke, las bombas e incendios provocados por estas ya habían destruido sesenta ciudades, acabado con las vidas de 600.000 personas y forzado el exilio de otros diez millones de japoneses para principios de agosto de 1945. Y después, el seis y nueve de este mismo mes, cayeron del cielo Little Boy y Fat Man, las dos bombas atómicas que arrasaron con Hiroshima y Nagasaki, de manera respectiva, y ocasionaron directa o indirectamente la muerte de alrededor de 200.000 personas en total.

A pesar de lo anterior, La tumba de las luciérnagas no hace una crítica directa a los Estados Unidos, ya que ni se nombra casi y los aviones estadounidenses se ven mayormente de lejos; con esto, el filme reconoce ―de forma más o menos implícita― la responsabilidad de Japón en el conflicto que propició entre ambos países. Por este motivo, si bien La tumba de las luciérnagas pertenece al género bélico, no glorifica ni justifica la guerra, al contrario, es un alegato pacifista en todo sentido; ni se enfoca en buenos y malos, victorias y derrotas, sino en las vidas de las víctimas de esta y todas las guerras, pasadas, presentes o futuras.

En el medio de este panorama desolador deambulan Seita y Setsuko, quienes buscan entre los escombros de la ciudad de Kōbe una oportunidad para ser felices. A diferencia de otros personajes del universo del anime, Seita no es un superhombre con poderes ni habilidades especiales, sino simplemente un niño; lo que lo hace heroico a los ojos de los espectadores, por tanto, es su determinación, nobleza y compromiso con su hermanita. Y es que, debido a que su padre nunca regresa del combate y su madre (Yoshiko Shinohara) muere terriblemente quemada por las bombas, Seita asume el rol de figura paterna de Setsuko y debe crecer muy rápido en un mundo que se sumerge en el caos con mayor rapidez todavía.

Similar a Barefoot Gen (Hadashi no Gen, Mori Masaki, 1983), otro excelente largometraje en formato anime sobre las consecuencias de la guerra, La tumba de las luciérnagas no tiene contemplaciones en el plano visual: nos muestra a personas quemándose o calcinadas, niños muriendo de hambre o por enfermedades, ruinas por doquier, a la madre de los protagonistas ensangrentada y con gusanos… Para sacudir y acercar a los espectadores al inconmensurable horror de la guerra, Takahata retrató todo lo que pudo, pero de manera compasiva, fiel a su estilo; a su vez, por esta sensibilidad, alterna aquellas escenas horrorosas con otras genuinamente preciosas en contenido, forma y color, como en la que los hermanos ven maravillados las luces de las luciérnagas en la cueva.

La conmoción que el filme busca en el público no solo está lograda en el apartado visual, sino también a través de la emotiva música de Michio Mamiya y, especialmente, de la narración. Seita y Setsuko reciben un golpe tras otro, se caen y se levantan: pierden a su madre, pero su tía (Akemi Yamaguchi) los acoge por un tiempo; su casa y cosas son incineradas en un bombardeo, pero obtienen 7000 yenes de la cuenta bancaria de la madre que les sirven para comprar comida e instrumentos; aunque se van de la casa de la antipática tía, consiguen una cueva espaciosa para vivir; Setsuko se enferma por la desnutrición, pero trata de resistir con más energía de la que se le puede pedir a una niña pequeña. A su manera, pues, los hermanos son las luciérnagas del título, brillan como pequeños focos de esperanza en el medio de tanta oscuridad.

Crítica | La tumba de las luciérnagas (1988): la tenue luz de la esperanza  | Revista Cintilatio

Pero la luminosa vida de las luciérnagas es corta, y como el mismo título sugiere, la muerte ronda la historia. El espectro de Seita, que ve a su yo del pasado cargando las cenizas de la madre o a Setsuko llorar porque la tía se lleva los kimonos de su madre para cambiarlos por arroz, se convierte en un recordatorio constante de esto. Así, a pesar de que se enfrentan con valentía al embate del destino, este termina por alcanzarlos: por una parte, Seita se ve forzado a robar comida por lo que es golpeado con severidad; y la derrota del ejército japonés hace mella en su inocente idealismo y, sobre todo, en sus esperanzas de que el padre regrese. Por otra parte, la desnutrición, los piojos, la sarna y la diarrea de Setsuko van agravando su salud, hasta que ya no aguanta más y muere dándole las gracias a su hermano por última vez. La misma indolencia de la tía, del doctor que atiende a Setsuko y del hombre que vende el carbón para la cremación de la niña, terminan por sepultarlos.

Con la muerte de Setsuko, Seita tampoco puede resistir más y se abandona con calma, por lo cual el título de La tumba de las luciérnagas no solo hace referencia a la luminosidad de los protagonistas, sino que es una metáfora de la muerte silenciosa de la propia luz. La historia cierra con una imagen de los espíritus de Seita y Setsuko, viendo a lo lejos la ahora moderna ciudad de Kōbe, extrañamente apacibles en otro plano, como un recuerdo triste, por lo que el filme culmina con un lamento por las víctimas.

La tumba de las luciérnagas”: los niños y la guerra – Dialogos Humanos

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