No se sabe bien qué lleva a alguien a realizar una misma película dos veces; no me refiero a los directores o directoras que siempre están filmando lo mismo aunque se jacten de hacer cosas distintas –aunque las llamen de manera diferente– ese es otro tema, acá hablo estrictamente de un director que vuelve a hacer una película que ya hizo. Por citar un par de casos algo emblemáticos, tenemos a Michael Haneke con sus versiones de Funny Games (Alemania - Estados Unidos); tenemos al maestro Alfred Hitchcock y sus versiones para Hollywood de algunos de sus clásicos hechos en Inglaterra y ahora vamos a sumar a otro grande: John Woo. El director hongkonés, que hizo grandísimas películas como A Better Tomorrow I y II; Hard Boiled y Face Off, entre otras, y filmó en 1989 la que para algunos fue su mejor película: The Killer. Este 2024, 35 años después y con 78 años, hace una nueva versión. En relación a este mismo tema hay otros casos más curiosos y menos importantes, algunos tienen que ver más con la época: primeras versiones durante el cine silente (porque hablar, se habló siempre… en tal caso no se escuchaba), y segundas en época de cine sonoro. En definitiva: esta no fue la primera, ni tampoco va a ser la última.

No me quiero meter mucho en la de 1989 pero si nombrar que dejó algunas escenas importantes que da gusto encontrar en esta remake. De todos modos, pienso que está bien sorprenderse al ver por primera vez algo; quiero decir: no están obligados a haber visto la primera versión, pero sí me siento con la obligación de decirles que hubo una película anterior que ofició de base para esta, se llamó igual y fue dirigida por la misma persona.
En una época, haciendo honor a su significado, estaba en boga hablar del palimpsesto, de hipotextos e hipertextos, de la herencia y la reescritura. Lo curioso del palimpsesto es que conserva marcas de lo escrito anteriormente, sería algo así como la sobreescritura en un papel –ya escrito y borrado– pero que aún contiene las huellas de lo anterior. Por supuesto que en esas épocas (estamos hablando de papiros) los palimpsestos tenían que ver con la dificultad para conseguir el papel. No voy a agregar nada –no me corresponde a mi hacerlo– acerca de la causa que moviliza a Woo para realizar una remake de su propia película aunque con una asesina en vez de un asesino y en París en vez de en Hong Kong, sumada a alguna que otra vuelta de tuerca más. Después si, lo propio: una tarea que no sale cómo estaba planeada y una conexión inesperada entre víctima y victimario, un poco por redimirse y otro poco por algún recuerdo que se cuela en los pasados de cada quien.

Como sostienen algunos, las películas de asesinos existen cuando éstos fallan; suelen ser los mejores, pero cuando no llevan a cabo la tarea conforme a la orden recibida hay una historia que contar. No hace mucho que pasó algo así con un film que dividió aguas y que se llamaba igual, The Killer, de David Fincher; contaba la historia posterior al yerro de un asesino profesional, meticuloso, pulcro y obsesivo, interpretado por Michael Fassbender, aunque para mi no terminó de funcionar, pero ese es otro tema.
Volviendo a esta otra The Killer, la nuestra (no a la primera, no la de Fincher, sino a la segunda de Woo), una asesina a sueldo muestra su costado humano en una profesión que no lo admite y cuando advierte que una chica queda ciega durante la ejecución múltiple que le habían encargado, decide no matarla. Esa no ejecución va a traer algunos problemas: porque si bien cometió un error, es una profesional y va a tener que volver a matarla, no una sino un par de veces. Cuestión que, como era de esperarse, si no la mató después de varios intentos, ahora el vínculo que las une es otro y pasará a ser una especie de salvadora.
La película resuelve muy bien el punto de contacto entre dos historias que parecían no tener conexión, como dos calles perpendiculares que coinciden luego en una avenida: por un lado un asesinato por encargo y por otro una investigación por tráfico o supuesto robo de heróina; ambas confluyen cuando hay que continuar los trabajos iniciados, Zee (Nathlie Emmanuel) tiene que matar a la única sobreviviente y Sey (Omar Sy) tiene que averiguar porqué quedó viva y cuál es el vínculo de esa cantante con el principal sospechoso del robo que mientras recibía su tiro de gracia, estaba escuchando una canción de la sobreviviente.
Las largas persecuciones, las palomas volando, las iglesias desconsagradas, las velas y las armas son elementos bastante presentes en la filmografía del director. Sobre todo esos planos donde las dos figuras centrales se apuntan al mismo tiempo ¿y cómo olvidar esa escena en Face Off?
La película está bien, cumple con todo lo que promete y se da el lujo de meter alguna sorpresa al final. Éric Cantona y Sam Worthington son las cabezas de una red de corrupción y se pelean para ver quién es más poderoso y quien tiene menos escrúpulos. Los dos correctos pero el primero un poco mejor, aunque a esta altura de partido –siempre atinada la metáfora– se mueve con un actor consagrado.
Omar Sy (Lupin, Intouchables) y Nathalie Emmanuel (Game of thrones) son dos figuras y cumplen con todo lo que manda el manual en cada caso, el buen policía que advierte un circuito sucio dentro del departamento y por eso tratarán de ensuciarlo a él; aunque conoce la calle y sabe cómo tratar con sus “enemigos”. Por el lado de ella, una asesina letal –leyenda viva–, astuta para declarar y experta para camuflarse y escapar. Sumado a eso, un pasado terrible que la forjó y justifica su frialdad (con algunos).

Si la película no saliera de ahí, por supuesto que quedaría corta, pero el resto de los condimentos que fuimos nombrando le dan el plus y no decepciona, porque, al fin y al cabo, como dijimos, entrega lo que anticipa. Después podemos entrar en la parte melodramática o si el exceso de empatía de Zee responde más al ocaso de su vida de sicaria que a un supuesto vínculo con la gente que no mata, porque se la nota muy pendiente sobre el merecimiento de la muerte de cada una de sus víctimas. Se acerca más a la figura de una justiciera que a la de una asesina a sueldo, con sus ayudantes misteriosos. Y a quienes les gusten las películas de acción, hay solidez en cuanto al porqué de sus inicios y los litros de sangre derramada son acordes a la cantidad de muertos y al tipo de armas que se utilizan, que dicho sea de paso, muestran un amplio abanico y bastante tecnología.
Cualquier excusa es buena para filmar en París, en las calles, en el Sena o en las terrazas, con sus cúpulas, como hizo René Clair. En este caso, el maestro hongkongués hace lo propio con una nueva producción para Hollywood pero sin olvidar sus raíces y encontrando el momento para incluir el vuelo de las palomas en cámara lenta.



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