
Las relaciones de sangre se constituyen como uno de los elementos basales del cine todo. Desde el comienzo de su cronología, la familia es el organismo protagonista absoluto, erigiéndose como una suerte de baúl que posee distintos colores, tamaños y contenidos para cada uno, pero que siempre es infinito, y alberga algunas objetividades que permiten la conexión entre el director y el espectador. Así, aunque largometrajes como The Father o Stella Dallas encarnan tramas profundamente particulares, uno siempre les encuentra espacios en los que verse reflejado.
Romance de la ternura tardía es, en este sentido, un cortometraje documental de carácter universal, a la vez que relata una diégesis íntima como pocas. A través de la cámara en mano de Ana Bugni y su precioso trabajo de archivo, conocemos la historia de Chicha, su abuela, que a la vez aloja la de su hija y su nieta. Tres generaciones de mujeres cuyas biografías se tejen entre los encuentros y desencuentros que las conectan desde que Chicha fue madre, y desde que Ana es hija.
En dieciocho minutos, la autora consigue esbozar un par de conceptos universales sobre la vejez femenina y los lazos que conectan a las mujeres de una familia, a la vez que deja espacio para el relato particular sobre sus orígenes. Cada elemento que toma lugar en la pantalla completa las palabras de sus protagonistas. Para decirlo de otra manera, las declaraciones se complementan, e incluso desafían, con fotos donde ciertos rostros están recortados, un libro de título sugerente, y más.

Objetos rebosantes de vida
Aunque Romance de la ternura tardía se construye sobre la base de múltiples logros, tanto en los aspectos técnicos como en la narración propiamente dicha, pocos son tan significativos como los que se hallan en el primer minuto del corto. Durante esos segundos, Ana da inicio a su fábula con imágenes y videos del cuarto de su abuela, y tales retratos del espacio nos otorgan miles de revelaciones.
Para empezar, el desorden propio de la tercera edad. El amontonamiento de los objetos más diversos en cada centímetro de la habitación. Cosas que fueron a parar a uno u otro sector de la mesita de luz o del escritorio y que ya no se moverán de ahí. Los elementos que nuestros mayores ya no tienen fuerza para ordenar, siquiera levantar. Solo alcanzar, utilizar, y volver a depositar. Todo tiene que estar a mano, y en esa generalización entran tanto el vasito de agua como el teléfono fijo, las fotos familiares como los anteojos. Cada una de las imágenes generadas por dichos materiales es mágica, pero, sin duda alguna, la de la radio al lado de la almohada es la más potente. Compañía eterna de los que van quedando solos.
Luego, la directora nos traslada al espejo del baño, más específicamente, al pequeño sector adjunto en el que se guardan las cosas que se utilizan con frecuencia, y el escenario es igual de interesante. El tocador se compone solo de perfumes que aguardan ser exprimidos de sus últimas gotas, y, al costado, los cepillos de dientes pierden protagonismo entre el rimmel, los labiales y las brochas repletas de rubor.
En el reconocimiento detallista del cuarto y el baño de su abuela, Ana nos cuenta una gran parte de su mundo, y no necesita más que los objetos de su cotidianidad para llenarnos de certezas. Como aquel famoso consejo de escritura que recomienda construir personajes imaginando las cosas que guardarían en los cajones de sus mesitas de luz, Chicha se configura a través de los elementos que ya no pueden reposar en un lugar formal, sino que deben estar, como se dijo antes, en todas partes al mismo tiempo. Piezas de un desorden insoportable para cualquiera que lo sufra, pero que se pinta exquisito gracias a los dones de la cámara.

La última vez que maté a mi madre
La abuela posa gloriosa para Ana, exhibiendo sus labios pintados de rojo y unos anteojos de sol que no tendrían dilema alguno en volverla protagonista central de Romance de la ternura tardía. Entonces, aparece una segunda voz: la de su hija, madre de quien documenta.
Nos es introducida al responder la pregunta de si Chicha era coqueta y, a partir de ese momento, se ubica en una posición secundaria con respecto de quien la parió, no solo porque la última sea la figura central del documental, sino por una dinámica madre-hija que se revela desigual como cualquier otra, pero con sus propios detalles. Mediante los relatos siempre chocantes de la madre y la abuela de Ana, se teje el relato errático de una relación llena de eclipses, donde las dos fuerzas parecen nunca haber logrado balancearse en perfecto equilibrio, aunque sea por un momento.
La revelación espectacular por parte de este segundo personaje es su ocupación como escritora, y su libro “La última vez que mate a mi madre”. El texto, según su sinopsis, examina “la relación conmovedora y patética con una madre antológica”. De la misma forma, el documental revisa las contradicciones que habitan ambos extremos de lo enternecedor y lo humillante, apuntando a descifrar, de forma transversal, cuál es el asesinato del que habla la protagonista de la segunda generación.
Además de la sangre, Ana es la única razón por la que Chicha y su hija siguen conectadas. Aunque se mantienen en contacto por urgencias y necesidades básicas de la tercera edad, varios resentimientos del pasado las mantienen alejadas. El montaje reanuda las pocas latencias restantes de dicho lazo, que se restablece únicamente en la diégesis tejida por la directora y su habilidad para crear conversaciones asincrónicas entre las mujeres que le dieron la vida.
Estas se acompañan de fotos que no cumplen la mera función de complementar el relato, sino que se configuran como una segunda línea narrativa por sí mismas. A veces afirman lo dicho por las protagonistas y agregan información, mientras que aprovechan otras ocasiones para negarlo y develar un secreto tácito. Pero nunca representan una profundidad falsa, plástica. La elección de agregar imágenes es perfecta en cada una de sus reiteraciones, y más específicamente en aquella escena donde los rostros fueron recortados.

Lo que es de todos y de algunos en el cine sobre la familia
Como se mencionó al principio, el cine y las investigaciones familiares son dos caras de la misma moneda. Bases de un rompecabezas al que siempre van a faltarle piezas, porque estos lazos predestinados son tan individuales como universales, repletos de experiencias que son personales, pero que pueden reflejar las de muchas otras personas. En otras palabras: nunca vamos a poder esbozar un concepto total de tales temáticas, porque sus contenidos son infinitos e inclasificables. Por eso, siempre celebramos la aparición de un título que consiga encapsular una o dos verdades infalibles, y Romance de la ternura tardía merece varios aplausos por haber llegado a ellas.
La esencial sintetiza que, por muy raro que parezca, no hay testimonio de una vida más certero que los objetos. Guardan tanto de nuestra existencia, que hasta podría ponerse en duda su carácter de inertes. Las cosas que nos rodean contienen cada una de nuestras primeras y últimas veces, las rutinas de lo bello y de lo odioso que organizaron nuestros días, y se constituyen como testamentos tangibles de que estuvimos acá. Esto ya lo sabemos (¿quién no guarda algo de alguien que ya partió?), pero Ana traslada tal conciencia al lente de la cámara y logra una producción única en su género.
Por otro lado, proyecta una segunda verdad, que es la de los asesinatos necesarios dentro de un árbol familiar. Las cosas con las que decidimos quedarnos y las que elegimos desechar de nuestra ascendencia, y que de ello optamos por transmitir a nuestra descendencia, son el eje central del documental. La muerte de lo que heredamos y su renacimiento en lo que engendramos. La madre de Ana lo ejemplifica con una teoría de la psicología acerca del narcisismo trasladado de madres a hijas, y tal idea del desplazamiento cubre a la producción de principio a fin.



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