Luis Ortega viene filmando hace más de veinte años (debutó con Caja Negra en 2002) y creo que, de alguna manera, merecía una película así, con licencias que exploren el lenguaje cinematográfico, con una buena espalda atrás para soportarla, y que de alguna manera remita a sus films anteriores; porque las posibilidades que da el audiovisual son infinitas y acá vamos a olvidarnos por un instante –solo un instante– del verosímil que tanto le están reclamando por ahí para destacar que es justamente ese olvido lo que distingue al largometraje. Si bien el interés por esas personalidades marginales y autodestructivas había quedado claro desde antes de sus films o series más conocidas como El ángel o El marginal, acá hay, otra vez y por suerte, esquemas de lo que se puede ver en Buenos Aires pero que pocos filmaron. Además, se aferra a una institución de antaño que funciona más como una logia de tradición vetusta que como un deporte, si es que alguna vez lo fue. Si bien no es Dromómanos, encuentra en el turf la excusa perfecta para filmar lo incómodo: las calles, la violencia infantil, las adicciones, la salud mental y los embarazos no deseados. ¿Es un film sobre eso? No, o no necesariamente, pero como los condimentos que hacen a un buen plato, esos detalles aderezan una historia de amores, venganzas, y crisis identitarias.
En El Jockey hay un relato sobre un universo poco explorado que en Argentina tiene una profunda raíz histórica y que está compuesto por el grupo más heterogéneo que se les ocurra; sumado a eso, un esfuerzo por retratar lo más retorcido del mundillo de las carreras y todo el universo que lo rodea.
Remo Manfredini (Nahuel Pérez Biscayart) es un –ya no tan joven– talento de las carreras de caballos con un problema latente: un desinterés total por la vida, una indolencia en grado mil y cierta tendencia suicida: nunca está sobrio, nunca está limpio. Espera un hijo con otra Jockey: Abril (Úrsula Corberó) y ambos trabajan para Sirena (Daniel Gímenez Cacho. Sí, el de Bardo): un empresario del turf, dueño de varios caballos y un representante más del sistema sucio que conoce desde hace años y desde el cual se alimenta. Guionada por el escritor Fabián Casas, Rodolfo Palacios (El ángel) y el propio Ortega, The Jockey entretiene a quienes busquen un drama con tintes de comedia negra sobre un acuerdo roto de manera unilateral pero hipnotizan a quienes se permitan ir un poco más allá, dejándose llevar por el relato y sus intenciones mágicas.
Con vínculos innegables al primer Lynch y algunas cositas de Buñuel, intercalar secuencias oníricas con elementos de realidad puede confundir al espectador que solo está centrado en resolver un crimen o encontrar una persona perdida; pero como ese no es nuestro trabajo, felices los espectadores que puedan separarse de esa historia y disfrutar 100 minutos de la riqueza del cine, de lo versátil de lenguaje audiovisual y las licencias que puedan tomarse para contar una historia. Además, focalizar el relato a través de Remo, implica que pueda ser su cerebro ya tan golpeado o castigado por alcohol y ketamina, el que experimente esas visiones o distorsiones de realidad.
Lo interesante es que The Jockey cumple, por hacer una separación absurda, con los dos tipos de espectador: porque, como dijimos más arriba, la historia también atrapa en la medida en que Remo desaparece después de un accidente y es buscado por Sirena y sus secuaces al mismo tiempo que empieza a coquetear con un pasado que se nos revela a cuentagotas a través de los relatos de la propia diégesis.

Lo único que hace que Remo vuelva a su eje es alejarse de ese personaje que construyó; es decir: dejar de ser Remo y volver a ser Dolores. Algo así como la respuesta de Abril ante su consulta sobre qué tiene que hacer para que lo ame: «morir y nacer de nuevo». Así como se lee, el conflicto identitario está tan en la cara de los espectadores que ¡por fin! no abusa ni sorprende: Remo es un paréntesis en la vida de Dolores, aunque la muerte lo(s) persiga a todos lados.
Pérez Biscayart tiene un protagónico excelente, ya había asombrado al público europeo y festivalero en el film 120 battements par minute de Robin Campillo y ahora repite con creces a días de haber estrenado el film en San Sebastián. Pérez Biscayart y Ortega ya habían trabajado juntos en Lulú (2014) y ahora reaparecen con una apuesta también muy fuerte para el actor: la alternancia entre el laconismo de Remo y la verborragia de Dolores, el interés de la segunda por explicar y tomar las riendas de absolutamente todo se contrapone al desdén manifiesto del Remo pre accidente por andar en el mundo sin nada que perder y, sobre todo, sin interés por ganar. No es su alter ego, es una reencarnación necesaria para controlar la situación y poder manejar su vida con autoridad. El trabajo corporal es impecable, desde las coreografías hasta las carreras: a Remo le da igual estar borracho, drogado, internado, vivo o muerto; ya todo es lo mismo para el jockey.

La tríada Carnaghi-Núñez-Fanego, (QEPD este último, recientemente fallecido) representa lo más rancio y misógino del mundo de los caballos y es otra de las sutilezas que condimentan el largometraje, como los bebés de Sirena y el punto de cocción del bife que come, el ciego sabio que ayuda a Remo, los hijos perdidos de Dolores y tantos detalles que componen al film en su totalidad. El reparto lo completan Luis Ziembrosky, Roly Serrano, Mónica Aguirre –que se luce con un relato breve durante un viaje en auto–, el siempre místico Jorge Prado y la chilena Mariana Di Girolamo (Ema).
El film fue preseleccionado para competir en los Oscars y vamos a leer mucho sobre eso, por tal motivo quiero anticiparme a algunas cuestiones: es una película que toma ciertos riesgos pero ¿quién puede preguntarse si es “correcta” o no la inclusión de una coreografía dentro de un film que no la justifica desde la propia historia? Tal vez la mejor manera de responder esa pregunta sea incluirla de todos modos y preguntarse después de haberla visto ¿por qué no? . El Jockey es una película con distintivos sellos autorales y eso que llamamos licencias, es la impronta de Ortega en el lenguaje audiovisual (siempre creador de sentido); rompe varios moldes permitiendo a sus personajes volar, literalmente. La selección de temas es tan simpática, que los títulos finales pasan rápido mientras uno se queda cantanto en la butaca del cine. La mano de Timo Salminen (colaborador habitual de Aki Kaurismäki y Lisandro Alonso) en fotografía es soberbia, demostrando todo su repertorio. Enhorabuena al cine argentino que "no le importa a nadie".



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