Salió despavorido de Sicilia el niño Vito Andolini, sin mirar atrás. Si no huía, Don Ciccio también lo iba a matar como a su padre, su madre y su hermano. Llegó a Nueva York sin nada, llegó a un mundo desconocido y hostil donde lo esperaban con los brazos abiertos el rechazo y el odio.
¿Qué soñaba Vito mientras viajaba atravesando el Atlántico? Nada. Solo esperaba el desenlace desconocido. Apenas intuía el milagro de estar vivo. ¿A dónde iba? ¿Cuándo volvería? ¿Qué iba a pasarle al siguiente día?.
Como los conquistadores, arribó a la costa del nuevo mundo. Un migrante más, uno cualquiera, perdido entre un torrente de millones que, huyendo de su mala fortuna, corrían buscando otra mejor. Corleone sería llamado en adelante. Era el único recuerdo que quedaba de su origen. La nueva identidad del muchacho que ya había adoptado como hermanas al hambre y la enfermedad.
Más hambre, discriminación, violencia, hacinamiento y cero oportunidades se le unieron de joven, además de una multitud de hijos. Luego llegaron Genco, Clemenza, Tessio, los amigos de miseria, los incondicionales. También la extorsión del paisano, Don Fanucci, la mano negra, el obstáculo que tenía que eliminar para sobrevivir, para imponerse.
Muerto el tirano, ahora él era el nuevo Don, acababa de fundar su famiglia di sangue. Se estableció, era poderoso, inteligente, implacable y generoso. Los hijos crecieron, los negocios también. Estaba en la tierra donde todo era ––donde todo es–– una oportunidad legítima o ilegal. Era amado por la comunidad, respetado por la sociedad, tolerado por las autoridades, encubierto por los políticos y profundamente odiado por los enemigos.
Volvió a su amada isla como el empresario próspero que tenía que recuperar el honor mancillado. Cobró venganza, asesinó a Don Ciccio, el verdugo. Retornó a Estados Unidos y siguió criando a Santino, Frederico, Constanzia y Miguele, que se convirtieron de a poco en Sonny, Fredo, Connie y Michael, italoamericanos modernos que crecieron en la opulencia, bajo la protección de un padre que siempre quiso lo mejor para todos pero no logró nada bueno para ninguno.
Pasó el resto de su vida intentando que los negocios deshonrosos encuadraran en el concepto de la honorabilidad, de la palabra empeñada, del respeto por lo pactado. Quería que sus hijos también lo aprendieran, lo intentó pero nunca pudo. Antes de claudicar, dos de ellos murieron; uno a manos de sus enemigos y otro a manos de su propio hermano, el que el Don había nombrado como poderosos heredero del imperio maldito.
Es curioso: ¿Cuántos Vitos, Clemenzas, Tessios, Gencos, Sonnys, Fredos, Connies, Michaels, Ciccios, Fanuccis, caminan a nuestro lado o trabajan con nosotros? ¿Cuántos llegan y se van de nuestra vida? ¿Cuántos migran al barrio o la ciudad? ¿Cuántos logran sus sueños y cuántos fracasan intentándolo?.
Más de medio siglo después, El Padrino sigue siendo un recuerdo fresco, la inspiración de millones de seres que dejan todo para probar, para pertenecer, para echar raíces en un mundo que no es el suyo, que siempre los mirará como extraños. Muchos seguirán intentándolo, pocos lo lograrán.


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