Una cortina amarillenta de crochet semiabierta, un rostro femenino nos observa con una sonrisa, pero no inspira confianza. La visión del patio interno de un edificio de apartamentos desvencijado…ventanas con algunos vidrios rotos…y ese sonido que viene subiendo, parece la música producida por vasos de cristal cuando acaricias los bordes con los dedos, ahora un oboe, no, un clarinete. Es una melodía dulce, pero produce el efecto contrario, una angustia me invade. Otro rostro mira estático a la nada, repentinamente parece metamorfosear en Román Polanski, pero es solo un flash. Los títulos nos confirman la presencia del director polaco y luego, Isabelle Adjani y muchos nombres más que en letras blancas acompañan la introducción musical, a lo último siempre ponen la fecha, dice 1976. La música es de Philippe Sarde y la historia está basada en una novela corta de Roland Topor. la película se llama EL INQUILINO.
Estoy en un cine de reposición en Buenos Aires, si mal no recuerdo es 1987 y esto sí lo recuerdo bien, es invierno y llueve a baldes. Era imprescindible para mí ver la tercera de la trilogía de apartamentos de Román Polanski. La primera, Repulsión (1967), se ambientaba en un departamento en Londres que era testigo y cómplice de las alucinaciones traumáticas de una chica belga llamada Carol (Catherine Deneuve). La segunda nos instala en Nueva York, en el edificio Dakota, número 1 de la calle 72, al oeste de Central Park donde, más tarde, John Lennon tuvo la desgracia de toparse con un tipo llamado Mark, hablo nada menos que de El bebé de Rosemary (1968). En la tercera nos mudamos a París, aunque aquí vemos la ciudad muy oscura y sin Champs-Elysées ni nada que recuerde a la postal idílica de las clásicas películas de Hollywood de la era Audrey Hepburn. Solo callejones oscuros, camiones de basura, patios sin vista al exterior. No sé si porque la vi en cine y a las otras en TV, esta es la que más me cautivó.
Trelcovsky (Polanski) se presenta a la conserje (Shelley Winters) de un edificio de apartamentos por un posible alquiler. Ésta le informa que la antigua inquilina intentó suicidarse y se encuentra en estado crítico en un hospital cerca de allí. Decide ir a corroborar el estado de Simone Choule para asegurarse de que puede quedarse con el apartamento. Ahí conoce a Stella (Isabelle Adjani) que va a visitar a su amiga y hablan sobre ella sin entender cómo llegó a tomar esa decisión, una chica normal, quizá demasiado sensible.Se van juntos y entablan una relación, se besan en un cine entre los gritos de Bruce Lee y la mirada insistente de un fisgón desagradable.
Trelkovsky es un personaje insignificante, uno del montón, al que no le gusta sobresalir ni llamar la atención. Una vez instalado en el piso empieza a sentir cierta opresión, aparentemente se han hecho una idea equivocada de él, le advierten que su comportamiento deja mucho que desear y que lo están vigilando, empieza a sentirse prisionero. La escenografía es esencial para eso, las paredes descascaradas, la poca luz, los tonos marrones y los ángulos de visión desde dónde estudia los movimientos dentro del edificio.
Uno de los elementos desconcertantes es cuando encuentra un diente humano oculto en un agujero en la pared, es parte del cuerpo de Simone y esto le hace sentir una conexión entre ambos.
Otra escena inquietante es cuando sorprende a un vecino por la ventana del baño compartido mirando hacia su ventana, como en trance. Todos lo hacen, miran pero no ven. Más tarde descubre que es un jeroglífico egipcio en la pared al lado de la ventana del baño lo que miran, no hay más explicación.
La idea de estar incorporando la personalidad de la anterior inquilina se hace más evidente, los cambios ya no son solo en la personalidad sino que son percibidos físicamente. La opresión se vuelve agresión, empieza a entender porque Simone saltó por esa ventana, no tenía otra opción.
Es el miedo a la opinión de los demás, a no encajar dentro de la sociedad y ser señalado. Trelkovsky se ve obligado a reiterar que tiene ciudadanía francesa a pesar de sus orígenes polacos.
—Ese apellido es Ruso?
—No, polaco —corrige.
—Ah…entonces usted no es francés.
Se siente un intruso y sabe que los otros lo ven con cierto recelo, esa sensación se hace cada vez más densa, nunca sabemos cuanto ocurre en la realidad o en la psique del personaje, lo han descubierto, pero descubierto en que? Si no ha hecho nada reprochable.
Esta película y su estilo para contar la historia, te deja un temor latente, una incomodidad física.

De haber una cuarta historia debería ocurrir, sin dudas, en Buenos Aires. Pienso en cierto departamento de Haedo.
Salgo del cine y cruzo la calle corriendo, saltando charcos. Me quedo a cubierto bajo el toldo de una cafetería. Por la vidriera se ven brownies y medialunas y se aprecia un cálido aroma, decidí entrar y hacer tiempo hasta que calme el temporal, queda bastante lejos la terminal de trenes de Once para ir a pié. Me acodé en la barra. —Un café —pedí—. Y un croissant, por favor. El hombre me miró y me preguntó levantando las cejas: —¿Es usted francés? —Pero tengo ciudadanía argentina —aseguré.




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