El amanecer de los muertos de George Romero se estrenó en Italia el 1° de Septiembre de 1978. Dario Argento se había enterado del proyecto cuando todavía estaba en etapa de preproducción y junto con su hermano Claudio se convirtieron en coproductores de la película a cambio de los derechos de distribución internacionales. Para el estreno en Italia, Argento preparó un nuevo corte de la película y reemplazó la banda de sonido por música de la banda Goblin, la banda de rock progresivo que había compuesto la música de Suspiria y de Profondo Rosso. La película fue un gran éxito comercial en Italia y aprovechando una grieta del derecho de propiedad que les permitía presentar una película como una segunda parte de otra sin rendirle cuentas a la original, el productor Fabrizio De Angelis convocó a Enzo Castellari para filmar una Zombi 2 colgándose del envión publicitario de la de Romero. Castellari terminó dejando el proyecto por no sentirse el tipo adecuado para dirigir una película de terror, y la cosa pasó a manos de Lucio Fulci, que la dirigió pese a su perplejidad ante cómo hacer pasar una película muy diferente como una secuela de la de Romero. La verdad es que más allá de que las dos tienen zombis, son dos películas muy diferentes. Empezando justamente por los zombis.
En El amanecer de los muertos, los zombis de Romero son parte de un fenómeno global sin explicación clara, aunque la acción concentrada en el shopping en donde sucede la mayor parte de la película los relaciona con el fenómeno del consumismo y la actualidad al momento de filmarse la película. Los zombis de Fulci no vienen de la actualidad sino de otra parte. El guionista Dardano Sacchetti quiso traer los zombis de mitos más antiguos, del mito clásico del zombi ligado al vudú y las creencias de las islas del Caribe, saltando por encima de Romero y acercándose más a los zombis de Val Lewton y Jacques Tourneur en I Walked With a Zombie.
La propia presencia y fisonomía de los zombis es diferente en una película y otra. Los de Romero no ocultan su naturaleza de gente maquillada, podríamos decir que nunca se avergüenzan de exhibirse como maquillaje y artificio (sin desmerecer ni un poco con este comentario los extraordinarios efectos de Tom Savini para la película), tienen incluso algo cómico en su apariencia. Los de Fulci meten un poco más de miedo. Como fascinado por su cualidad de cuerpos de carne desenterrada, son zombis en los que se resalta la carne descompuesta y putrefacta, a la que Fulci se acerca en planos detalles, filma también las larvas y los restos que va dejando esa carne en su paso por la película. Sin perder la lentitud característica del zombi, son un poco más resistentes y en algún caso sumamente atléticos (hay un increíble zombi subacuático).
Fulci ya venía trabajando en la industria del cine italiana desde hace veinte años cuando dirigió Zombi 2. Había dirigido un gran número de comedias, películas de espías, en los 60 dirigió algunas películas para los nuevos cantantes de moda italianos, en los 70s trabajó en el giallo y el spaghetti; había ocupado otros cargos como guionista y productor ejecutivo en películas de otros directores. Fue parte del cine italiano que había atravesado la transición entre el clasicismo y la modernidad no como un antes y un después sino logrando sostener a través de esa transición un cine industrial que no dejaba de apuntarle a la taquilla. Con Zombi 2 sin embargo se estaba animando a otra cosa, a liberar el singular cine de terror por el que hoy es más recordado. En esta entrevista genial, un aluvión de historia y anécdotas del cine italiano, Fulci aclara en un momento que hay una diferencia sustancial entre el giallo al que le había ofrendado algunos títulos notables (Non si sevizia un paperino, Sette note in nero) y el cine de terror. Dice Fulci que el giallo siempre se sostenía en un misterio que regresaba a la lógica, y que el director hacía ajustes como de mecánica dentro de ella, mientras que el terror en cambio es lo que quiere estar abierto a lo sobrenatural. Hablaba de “liberación” a través del terror. Fulci tampoco se llevaba bien con la idea de cine de “género” que por otra parte lo acogió toda la vida; decía algo así como que cuando algo se repetía hasta cristalizar en una fórmula, se aburría y quería irse de ahí para hacer otra cosa. Se llamaba a sí mismo “terrorista del género”.
En Zombi 2 hay una escena de un asesinato que empieza en la ducha, lo que inevitablemente hace pensar en Psicosis de Hitchcock, la película que dio vuelta todo. Hitchcock había tenido una de esas ideas simples pero geniales: el miedo asociado a la desprotección que significa estar desnudo, e imaginó esa escena que tensaba y estiraba el suspenso como pocas veces se había visto. Gente como Dario Argento, Brian de Palma, acaso Lucio Fulci, vieron a Hitchcock y aprendieron a dedicarle películas a este trabajo sobre la invención y construcción de grandes escenas memorables (los americanos y los cinéfilos streamers las llaman set pieces). El gran cine de terror de los 70 y 80 se sostiene en buena medida sobre este trabajo obsesivo y manierista hacia el interior de las secuencias. Es una perogrullada, pero el cine tiene que ver con filmar escenas, y el gran descubrimiento del cine de terror es esa imaginación que se mueve estirándolas en su interior y produce asombro y emoción en cómo da cada paso entre un corte y otro de ese estiramiento. ¿A qué viene la escena del zombi subacuático en la película de Fulci? Cuando la chica se tira al agua, lo que sabemos hasta ese momento es que hay zombis dando vuelta, por lo que a eso asociamos el clima ominoso que se instala cuando empieza su buceo. Pero Fulci hace algo inesperado: mete un tiburón. El peligro cambia de naturaleza y sufrimos viendo como la chica intenta escapar de él. Cuando parece que lo logra, entonces sí, aparece el zombi, pero la chica se salva. Quedan el zombi y el tiburón. Entonces la película nos da algo que no estaba en los papeles: la lucha abajo del agua entre un zombi y un tiburón, un regalo que de ese tiempo estirado y la artesanía que realiza un pasaje raro de la imaginación.
Puede que los actores no sean los más sutiles, que la construcción del relato no se distinga por su fineza, pero la película es extraordinaria y lo que causa es fascinación. Uno de los personajes de la película, el Dr. David Menard que hace Richard Johnson, es un médico que quedó apostado en la isla de Matul obsesionado con encontrarle una explicación racional, científica a lo que está pasando, todavía escéptico para creer que los muertos están volviendo a la vida. En algún momento enumera los estudios a los que sometió a los pacientes infectados con ese mal sin identificar que agobia a la isla; anhela que al final algo de lo que están presenciando sus ojos se integre dentro del conocimiento anterior y aprendido. Me tienta decir que contra este personaje filma Zombi 2 Lucio Fulci, aventurado en busca de imágenes no asimilables a lo que el cine ya sabía en 1979.



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