Crítica Bajo naranja: Okupas en clave millennial 

En uno de los capítulos más recordados de Okupas, los personajes de Rodrigo de la Serna, Diego Alonso, Ariel Staltari y Franco Tirri viajaban en el tren Roca hasta Quilmes, donde pasaban una noche en la que convivía el espíritu del reviente de la Nueva Comedia Americana con los flejes más emotivos de las amistades masculinas. Hacían de todo durante esas horas inolvidables: jugaban a los fichines, tomaban cerveza, se divertían con picardías más propias de quinceañeros que de jóvenes adultos y conocían a un grupo de chicas con el que terminaban compartiendo las últimas horas de su excursión en un balneario bañado por las aguas del Río de la Plata, con guitarra y canciones incluidas.

La miniserie, dirigida por Bruno Stagnaro hace casi 25 años, se emitió por primera vez durante el último trimestre de 2000 en Canal 7 (hoy TV Pública), tuvo varias repeticiones en distintos canales de aire y adquirió una nueva vida a partir de su relanzamiento en Netflix en 2021. Aquel episodio capturó muy bien la esencia de los vínculos forjados en la infancia, así como también la errancia de un sector de la juventud que percibía el futuro como una gran sombra negra dispuesta a deglutirlos.

Porque Okupas fue, entre muchas cosas, la ficción que mejor ilustró las consecuencias de los procesos socioeconómicos ocurridos durante la década de 1990 y que terminarían de explotar con la crisis de diciembre de 2001. Como señaló en su momento un colega (no recuerdo quién, si no lo citaría), que un pibe de clase media con posibilidades de ir a la facultad sea amigo de otro de clase baja y con más calle que libros encima es fruto de la convivencia de distintas realidades que durante décadas caracterizó a la educación pública. Una realidad que mutó a partir de la provincialización de los sistemas educativos.

Pero Peliplat no es un sitio sobre política –o no al menos directamente, ya que sabemos que las películas dicen mucho sobre cómo vivimos y cómo pensamos, lo que las vuelve políticas– y esta nota no tiene como finalidad revisitar las políticas implementadas en los últimos años del siglo pasado. La mención a Okupas se debe a que en Bajo naranja hay una secuencia muy parecida en la que sus protagonistas –un grupo de marginales orgullosos de serlo– pasean por playas muy similares, operando como un deleite para los interesados en urbanismo y en cómo es la relación de los espacios públicos con un entorno con cada vez más ámbitos privados.

El yanqui en su laberinto

El detalle más importante es que todo ocurre de día, como si con esa ubicación temporal el primer largometraje del realizador estadounidense con varios años viviendo en la Argentina Michael Taylor Jackson, estrenado en la Competencia de Vanguardia y género de la última edición del Bafici, quisiera ejemplificar simultáneamente la ligazón con Okupas y la diferencia de espíritu con ella: donde antes había nihilismo y un presente regido por el disfrute extremo ante la certeza de que se estaba armando una tormenta social, económica y cultural de proporciones bíblicas, ahora hay una propuesta que circula por los carriles más inocentes y festivos propios de una apuesta lúdica en la que el inconformismo es una circunstancia y todos eligen no preocuparse demasiado por lo que vendrá.

Los motivos que trajeron a Michael Taylor Jackson hasta la Argentina y lo hicieron quedarse mucho más de lo que pensaba explican buena parte de ese enfoque. “Llegué como mochilero y me enamoré de la cultura. Alquilé mi primer departamento en 2010, viví solo por primera vez, y creo que cuando sos joven y atravesás una parte importante de tu crecimiento en un lugar establecés una relación de mucho conocimiento. Estados Unidos tiene una cultura más fría y mecánica, y acá es todo más espontáneo. Y la verdad es que Buenos Aires me inspira muchísimo. Hace poco estuve en Nueva York y me pareció un gran shopping donde todo es transaccional, incluso las amistades y los romances. Ahí no podés tomarte una cerveza en un parque y tenés que pagar quince dólares para hacerlo en un bar”, contó el realizador en diálogo con la prensa luego de la proyección.

Bajo naranja es de esas películas en las que ficción y realidad se cruzan con regularidad incluso cuando esté muy lejos del cine documental. Al igual que Taylor Jackson, el alter ego del realizador llegó con la excusa de conocer la tumba de Hipólito Bouchard, un pirata franco-argentino que conquistó California en 1818. Pero si Taylor Jackson lo hizo sin problemas, a su versión ficticia las cosas se le complican luego de un robo que lo deja con lo puesto. Literalmente, pues pierde documentos, dinero y pasaporte. Es un N. N, un hombre anónimo sin posibilidad de validar su identidad. Busca ayuda en un hotel, y nada. En la Embajada de Estados Unidos tampoco es fácil que solucionen sus problemas con rapidez. Como todos aquí, no se preocupa demasiado.

Sin nada que hacer, termina durmiendo en el cementerio, a metros de la tumba de su admirado Bouchard, donde a la mañana siguiente se cruza con un grupo de artistas bohemios que se hacen llamar Bajo naranja. Interpretados por Sofía Gala Castiglione, Vera Spinetta, Bel Gatti, Gianluca Zonzini, Marcelo Ferrari y Tomás Raimondi, ellos conciben la libertad y su relación con los aspectos más capitalistas del mundo de la misma manera que los jóvenes de En el camino, el clásico beatnik de Jack Kerouac: dejándose llevar por el viento y sus deseos más urgentes, resistiendo a través de travesuras y delitos menores, viviendo en un lugar semiabandonado donde comen lo que hay y hacen obras de teatro para un público tan particular como ellos. Como en la novela de Kerouac, se impone el poliamor y el establecimiento de relaciones para las que no existen rótulos.

Disparen sobre Kissinger

De ellos no sabemos nada: ni de dónde vienen, ni mucho menos hacía donde van. Tampoco importa. Lo que hace el Yanqui ante su nueva realidad es acompañar esa lógica derivativa de la vida y, claro, sumarse a la nueva obra, condición indispensable para ser aceptado. El papel que le toca en suerte es Henry Kissinger, a pesar de que no tenga ni la más remota de quién fue. Mucho menos sabe de la relación entre los Estados Unidos y las dictaduras de los años 1970 y 1980 en la región, así como tampoco de la dependencia económica con la potencia del norte del continente. Es, pues, un viaje hacia el fin de su inocencia, un corrimiento del “americacentrismo” que caracteriza la cultura de la que proviene.

Las aventuras irán tomando una tonalidad cada vez más oscura, con la idea de secuestrar al mismísimo embajador de Estados Unidos en la Argentina. El Jackson director observa el mundo que se dibuja ante sus ojos con la misma sorpresa que el Jackson turista. Hay también una suerte de inocencia generalizada que hace que ninguno de los integrantes del grupo sea muy consciente de la trascendencia de sus objetivos. Mucho menos de sus consecuencias.

Pero lo más interesante de Bajo naranja es cómo desarma la idea según la cual marginalidad y sordidez son dos caras de una misma moneda. Hemos visto muchas series y películas sobre la vida en los márgenes del sistema que están como están porque no tuvieron otra opción. Los modos de vida de estos jóvenes, en cambio, son elegidos y no fruto de las circunstancias, como sí ocurría en Okupas. O al menos con algunos de los personajes, ya que el de Rodrigo de la Serna era un estudiante de Medicina que, en medio de una crisis existencial, dejaba todo de lado para visitar el inframundo social. Una visita de la que volverá con otra piel, cambiado para siempre.

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