REFLEXIÓN DE UN TAILANDÉS SOBRE EL (POS)CONFLICTO COLOMBIANO 

Memoria es una película que le exige bastante al espectador, y más al colombiano. Y es que, evidentemente, en el cine colombiano se han perfilado ciertas temáticas en sus ejes centrales: el sicariato, el conflicto armado, la marginalidad; e, igualmente, los espectadores tienden a esperar ciertas cosas de él y de la manera en que se desarrollan las películas. Este, el último largometraje del tailandés Apichatpong Weerasethakul y el primero que hace fuera de su país natal, no es indiferente con el conflicto armado, es, de hecho, un relato cuya base es lo que le hace falta a los colombianos para solventar tantas problemáticas: la memoria de cómo se ha inscrito la violencia en nuestros territorios, cómo resuena la violencia en nuestros territorios.

Para quienes hayan seguido de cerca la filmografía de Weerasethakul, podrán notar el evidente lugar —místico, surreal— que ocupa la selva en sus películas. Por lo que la flora que compone los paisajes colombianos se alía con el director para abrir las posibilidades: puede suceder lo que sea entre esta vegetación, los páramos, las quebradas. En estos lugares se desarrolla la última mitad de la película; antes, todo tiene lugar en la ciudad, y para la sorpresa de algunos sectores de la audiencia extranjera, Weerasethakul muestra ciudadanos que no tienen que cazar su comida, incluso, transitan por calles pavimentadas donde hay vehículos, semáforos y toda la cuestión. Igualmente, vale la pena acotar que la obra de este director se enriquece también en gran medida por un exquisito trabajo sonoro, por lo que resulta deleitable el que haga una película sobre la resonancia de un sonido.

En penumbras empieza la película, se sostiene el plano unos segundos en ese encuadre vacío y oscuro; y entonces, repentinamente, irrumpe en la atmósfera un ruido violento que hace que una mujer, de quien hasta ahora sólo podemos distinguir su silueta, se levante. Esta magistral primera escena es una sinergia entre el valor del inquietante ambiente sonoro, la zozobra de no saber qué yace en las sombras, el ritmo paciente con el que Weerasethakul desarrolla gran parte de la película —la mayoría de escenas se desarrollan en un sólo plano fijo o de movimiento casi imperceptible, algunos sin mucha acción en ellos— y la parca interpretación de una veterana Tilda Swinton.

De aquí en adelante, y poco a poco, Weerasethakul construye una impecable narración basada en el recuerdo, o, mejor dicho, arrebatada del recuerdo. Pues se desarrolla mediante el periplo episódico de Jessica (Swinton) en busca de eso que escucha de vez en cuando —«una bola enorme de concreto que cae en fondo de metal rodeada de agua mar», como ella lo describe— y nos deja en su laberíntica y ambigua memoria: daba por muerto a un dentista que seguía vivo y recibió la ayuda de Hernán (Juan Pablo Urrego), un ingeniero de sonido que aparentemente nunca existió. «Creo que estoy enloqueciendo», dice Jessica, «Lo estás», responde su amiga, «y yo también. Hay cosas peores».

«Las experiencias son dañinas, hacen que la tormenta de mi memoria se vuelva más violenta», concluye un campesino, que también se llama Hernán (un soberbio Elkin Díaz), que escucha memorias de saqueamientos que le relatan los guijarros que lleva. «Quiere avanzar pero los demás no quieren seguirlo», dice, refiriéndose a… ¿los monos aulladores? Así, entre la reservada interpretación de Díaz y la mística narración de Weerasethakul en esa zona campestre, el espectador es inducido en cuestión de minutos en un discreto y fascinante universo donde el silencio absoluto —cuando por fin aparece— trae consigo una tranquilidad electrizante, y donde la humanidad, la empatía y el valor para construir memoria parecen algo impropio de este planeta.

Weerasethakul poco o nada se interesa por las convenciones narrativas tradicionales —por lo que no resulta demasiado extraño que el final de Memoria despertara en la sala aquella risa que generalmente precede al «no jodás» del paisa—, y su relato va casi a lo ionesquiano: rompe los principios de causa-consecuencia, los personajes sufren transformaciones —arcos— abruptas y repentinas y los últimos minutos de la película se desarrollan a un ritmo notoriamente más vertiginoso que los demás. Weerasethakul deja al espectador a merced de la búsqueda de Jessica por su memoria, que resulta dando con las de otro, que también son las suyas, y la suya es también la de él.

Memoria es una película sobre la verdad que necesita quedar inscrita en la historia, la verdad que merece ser escuchada y compartida. Todos parecemos dividirnos cuando concierne a la guerra —«va a perder la empatía», le advierte una doctora a Jessica—: nos encerramos cada uno en su esfera, indiferente un territorio de otro. Pero al final, todos compartimos un mismo suelo, la memoria le pertenece al país entero y, para mal y para bien, los ecos de la violencia resuenan en todos: Desde Jessica hasta Hernán, desde la citadina hasta el campesino.

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